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CUMPLE AÑOS TODAVÍA CASADO CON CAROLINA

El príncipe Ernesto de Hannover 'se bebe' sus 60 años a grandes sorbos

“De pocos matrimonios se habla tanto”. Con esta frase, y hace ya tres meses, describía la revista 'Bunte' la relación entre Carolina y Ernesto que este lunes cumple 60 años

Foto: Ernesto de Hannover en 2003 mientras disfrutaba de unas vacaciones en Austria. (I.C.)
Ernesto de Hannover en 2003 mientras disfrutaba de unas vacaciones en Austria. (I.C.)

“De pocos matrimonios se habla tanto”. Con esta frase, y hace ya tres meses, describía la revista alemana Bunte la relación entre Carolina de Mónaco y Ernesto de Hannover, que este lunes cumple 60 años.

Casado con la princesa en enero de 1999, el matrimonio tuvo a su primera y única hija, Alejandra, en julio de ese mismo año. Sin embargo, aquello de a la tercera va la vencida no terminó de ‘cuajar’ en la vida de la mayor de los Grimaldi. Diez años después, el matrimonio comenzaría a alimentar los rumores sobre una crisis que, finalmente, ha terminado por confirmarse. Ya en 2012, Carolina comenzó a ejercer de soltera acudiendo en solitario a los enlaces y celebraciones de diferente índole de la aristocracia no sólo monegasca sino también del resto de Europa.

El motivo de su separación -física, porque la Casa Real monegasca aún no ha confirmado el fin de su matrimonio por la vía legal- vino por la pérdida de aquel anonimato del que gozaba el príncipe de Hannover en los años 70 y 80, cuando él y su por aquel entonces esposa, Chantal Hochuli, hija de un multimillonario arquitecto suizo, campaban a sus anchas por Ibiza y el resto del continente sin ser apenas conocidos. Con la mosca detrás de la oreja desde hace ya varios años, Chantal decidió divorciarse en 1997 tras publicarse unas fotografías de ambos viajando por Londres, Tailandia y Nueva York.

Foto de la boda civil de 1999. (I.C.)
Foto de la boda civil de 1999. (I.C.)
El amor entre ellos fue tan fuerte que, incluso, el príncipe de Hannover renunció a sus derechos dinásticos en Inglaterra, donde ocupaba el puesto 445 en la línea de sucesión, al casarse con una católica. Sin embargo, los excesos y los drásticos cambios de humor de Ernesto por su querencia a la bebida comenzaron a desquebrajar al matrimonio. Tanto es así, que su gusto por beberse la vida a grandes tragos le pasó factura en 2005 cuando tuvo que ser ingresado por una pancreatitis aguda que le llevó a permanecer en coma profundo unas horas antes de la muerte del padre de la princesa Carolina, Rainiero de Mónaco. Lejos de aprender de los errores Ernesto volvió a las andadas y en julio de 2011, mientras se encontraba de vacaciones en Ibiza, tuvo que ser hospitalizado de urgencia aquejado de una fuerte pancreatitis que a punto estuvo de costarle la vida.

A esta mezcla explosiva también habría que añadir su más que constatada mala educación y su agresividad, que va en aumento cuando también aumentan las copas. Sólo un año antes de casarse ya mantuvo varios rifirrafes con la prensa aunque cabe destacar la agresión a un fotógrafo, al que tuvo que pagar una indemnización de 50.000 euros. Otros 250.000 le costó la patada que propinó a la fotógrafa que le captó orinando en el pabellón de Turquía en la Expo de Hannover en el año 2000 y 175.000 la paliza que le propinó al propietario de una discoteca de una exótica isla de Kenia, a quien le rompió varias costillas y le provocó heridas en la cara, el cuello y el pecho.

Ante este bochorno público, la princesa Carolina decidió no volver a dejarse ver con su marido a partir del verano de 2009, cuando celebraron juntos el décimo cumpleaños de su hija Alejandra en la isla de Córcega, y dejar la residencia en la que el matrimonio vivía cerca de París para instalarse en Mónaco con su hija.

La princesa Carolina y su hija Alejandra en marzo de 2012. (I.C.)
La princesa Carolina y su hija Alejandra en marzo de 2012. (I.C.)

Desde aquella fecha, el foco mediático se ha ido alejando de Ernesto, que ha decidido disfruta  de su vida hasta el último segundo. Así, Alemania e Ibiza son sus dos grandes bastiones. De hecho, es en la isla pitusa donde el príncipe de Hannover vive como un auténtico 'hippie'. Se levanta a las once porque, tal y como publicó Bunte, “sus vecinos son noctámbulos” y acude a fiestas en las que, curiosamente, se encuentra con el exprimer marido de su todavía mujer, Philippe Junot, que el próximo mes de abril cumplirá 74 años.

Con una fortuna que parece infinita y sin ninguna necesidad de trabajar, sus únicos quehaceres en la actualidad son gestionar sus bienes, continuar adelante con sus dos exclusivas boutiques dedicadas al mundo de los relojes -su gran pasión y lo más cerca que ha estado de trabajar-, y conocer a mujeres que bien podrían ser sus hijas. De hecho, si la separación ‘oficial’ fue en 2009, ese mismo año Ernesto hizo gala de la máxima ‘el tiempo es oro’ y fue visto en las playas de Tailandia con la publicista y relaciones públicas marroquí, Myriam Aboussahden, que trabajaba en varias inmobiliarias de Mónaco. Poco le duró el romance ya que en octubre de ese año se dejó acompañar por Simona, una joven rumana que apenas cumplía los 30 que estuvo a su lado antes y después de su segunda pancreatitis.

Portada de la revista 'Bunte' de noviembre
Portada de la revista 'Bunte' de noviembre
Lejos de sentar cabeza con el paso de los años, el marido de Carolina volvió a cambiar de pareja a finales del año pasado dejándose ver en el puerto deportivo de Ibiza con una morena de pelo rizado evidenciando, una vez más, lo poco que le importa la imagen pública que ofrece. 

Cada nueva conquista no sólo ha sido para Ernesto de Hannover una ‘medalla’ más en su currículo sentimental, sino un desaire a su todavía mujer, a quien hiere su dignidad con su nueva vida.

Ahora, y con seis décadas a sus espaldas, el estilo principesco poco tiene que ver con Ernesto de Hannover. Con dos matrimonios, una cuenta corriente de lo más abultada y tres hijos, la fama de la que ha gozado no siempre la ha sabido gestionar. De hecho, lejos de ser reconocido por algún que otro mérito prácticamente inexistente, la prensa apenas se refiere a él con su nombre y apellido, sino con los apodos que se ha ido ganando a lo largo de estos años como el príncipe de las palizas o el príncipe de la resaca (por el símil de hangover –resaca en inglés- con Hannover).

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