La muerte de Tatiana Radziwill cubre de luto el Palacio de Zarzuela: su papel en la boda de Juan Carlos y Sofía y los veranos en Marivent
Primas desde la infancia y amigas íntimas durante toda una vida, compartieron el exilio, la historia y una lealtad inquebrantable lejos de los focos
Aunque apenas conocida por el gran público, pues siempre prefirió el anonimato del segundo plano lejos del foco mediático, la recién fallecida princesa Tatiana Radziwill ha sido una figura de extraordinaria relevancia en la vida de la reina doña Sofía en la que, sin duda, ahora queda un gran vacío. Primas y amigas íntimas desde la infancia, ambas han compartido de forma discreta, y al margen de las luminarias, vidas llenas de contenido y sujetas a no pocos avatares.
Juntas las pilló, en la primera infancia, la invasión italo-alemana de Grecia en los albores de la Segunda Guerra Mundial, sus dos familias se vieron obligadas a marchar al exilio, primero en Egipto y posteriormente en Sudáfrica, y posteriormente vivieron a la par la restauración de la monarquía griega en 1947 y las largas décadas de acontecimientos de toda suerte que jalonaron sus vidas.
Un linaje europeo marcado por la historia
Tatiana, perteneciente al gran clan nobiliario de los Radziwill, una de las más elevadas familias de lo nobleza polaca, nació el 28 de agosto de 1939 en una clínica de la ciudad francesa de Ruan en vísperas del estallido de la Gran Guerra. Su madre, la princesa Eugenia de Grecia, era prima hermana del rey Pablo de Grecia; su abuela materna, la princesa María, era una Bonaparte; su abuelo el príncipe Jerónimo Radziwill murió en un gulag soviético en Polonia en 1945; y su otra abuela, la archiduquesa Renata de Austria, era prima hermana del rey Alfonso XIII.
Una familia cosmopolita -su tío Karol Radziwill casó con una de las más opulentas familias de la Argentina-, culta -su abuela María fue una brillantísima psicoanalista- y plurinacional -su bisabuelo el archiduque Carlos Esteban pudo haber sido rey de Polonia- que, por azares del destino, terminó muy fuertemente vinculada a Grecia y a su familia real.
Tatiana compartió su primera formación con sus primos griegos Constantino, Sofía e Irene en las escuelas Arsakion fundadas por la reina Federica de Grecia. Posteriormente, y tras el divorcio de sus padres y el segundo matrimonio de su madre con el príncipe germano-italiano Raimondo della Torre e Tasso, duque de Castel Duino y apasionado arqueólogo, marchó a vivir con ellos entre París y el castillo francés de Malbrouk. Su padre, por su parte, había contraído segundas nupcias con la heredera norteamericana Lida Lacey Bloodgood, con quien se había instalado en el palacio Taverna de Roma.
Entre palacios, viajes y confidendencias
La presencia de Tatiana en Grecia, junto a sus primos, fue siempre constante y nunca faltó a las vacaciones de verano con ellos en el palacete Mon Repos, en Corfú. Estancias en aquella isla, y también en el palacio de Tatoi, de las que alguien que la conoció en aquellos años recuerda verla siempre junto a doña Sofía y a su hermana la princesa Irene, a quien tanto se parecía en el físico. Juntas en todo momento e interesadas en la psicología y la filosofía, compartieron confidencias porque, como doña Sofía declaró a su biógrafa Pilar Urbano, “Bueno, Tatiana y yo, hemos sido siempre muy amigas. Íntimas. Antes de casarnos, después de casarnos […] Nos vemos a menudo y todos los veranos vienen a Marivent”.
De adolescentes participaron en el Agamenón, “el crucero de los reyes”, en 1962 ella fue la única princesa no real -los Radziwill son Altezas Serenísimas- que ofició de dama en la boda de doña Sofía, y lo mismo sucedió dos años después en la boda del rey Constantino de Grecia. En 1960, junto a su madre y su abuela María Bonaparte, viajó a Japón, India, Tailandia, Hong Kong, Sri Lanka y Camboya, entrando en contacto con la filosofía y la religiosidad de aquellas tierras que tanto interesaban a aquella abuela psicoanalista que tanto influyó en su personalidad.
También, en aquellos años 60, la prensa noruega rumoreó sobre su posible boda con el príncipe heredero Harald, pues la reina Ingrid de Dinamarca parecía tener cierto interés en ello en momentos difíciles para él cuya verdadera novia y futura esposa, Sonia Haraldsen, acababa de pasar por un intento de suicidio en 1965. Planes que no llegaron a nada, porque ella, que dijo “la felicidad vale todos los tronos del mundo”, había preferido estudiar enfermería con especialidad en bacteriología en la Sorbona de París, donde había conocido a Jean Fruchaud, un estudiante de medicina que terminaría siendo un eminente cardiólogo.
Un matrimonio por amor y una vida discreta
Un matrimonio por amor que se celebró en Atenas el 24 de marzo de 1966, en presencia de toda la familia real griega y la reina Ingrid de Dinamarca y en la que, por parte del novio, ofició de padrino su amigo el príncipe francés Jorge de La Tour d’Auvergne. La pareja se instaló entonces en Francia, entre su departamento parisino en el 35 de la rue de Grenelle, la finca “les Marronniers” propiedad de su madre en la elegante localidad de Saint Cloud y la casa familiar de Saint Tropez. En París nacieron sus dos hijos, Fabiola en 1967 y Alexis en 1969, pero su relación con doña Sofía nunca perdió en cercanía.
Por ello, tras la restauración de la monarquía en España, los “Fruchaud” nunca faltaron a los veranos de Marivent siempre discretos, fieles y leales. Tanto, que salvo en el caso del libro de Pilar Urbano, y en ese caso por indicación expresa de doña Sofía, Tatiana nunca ha concedido ninguna entrevista a medio alguno ya sea en España o en el extranjero. Como apuntaba otra de sus primas, la difunta reina Ana de Rumanía, “Tatiana no habla, es discreta, leal y no es accesible a esas cosas”.
Asiduos del palacio de la Zarzuela y de Marivent, Tatiana, que hablaba cinco idiomas y tocaba el piano, y su esposo acompañaron a doña Sofía en innumerables ocasiones y viajes. Ella y la reina viajaron juntas, a título privado, a Inglaterra -¡cuántas estancias en el Claridge’s!-, Bolivia, Italia o Checoslovaquia compartiendo siempre su pasión por ayudar, en particular a los niños. Con entrada directa, por derecho propio, en las cortes de Londres, Oslo, Estocolmo y Copenhague, y también muy unida a los príncipes destronados de Serbia, Rumanía y Bulgaria, Tatiana no faltó ni a las bodas de los tres hijos de los reyes Juan Carlos y Sofía ni a los funerales por los condes de Barcelona.
Hijos, nietos y continuidad familiar
Su hija Fabiola, que es una gran amazona y ha participado en numerosos concursos hípicos, pasión que comparte con la infanta Elena, casó en 1994 con Thierry Herrmann en una ceremonia en la que estuvieron presentes doña Sofía, la reina Ana María de Grecia, los reyes de Rumanía y la gran duquesa Josefina Carlota de Luxemburgo. Madre de una hija llamada Tatiana, tras su divorcio contrajo un segundo matrimonio con el francés Didier Fradin, junto a quien dirige un hotel en el castillo de Maudétour y con quien tiene una hijo, Eduardo. Alexis Fruchaud, por su parte, trabaja para el Royal Bank of Scotland y reside en Londres con su esposa, Natalia Ruth Chandler y su hija Thalia.
Tatiana, que recibió ese nombre en recuerdo de la asesinada hija del zar Nicolás II de Rusia, será muy llorada por todos sus primos de la vieja guardia de la realeza europea cada vez más cercenada por la edad tras el fallecimiento de la duquesa de Kent, el príncipe Miguel de Grecia y otros tantos caracteres relevantes. Pero a pocos les pesará tanto como a doña Sofía, de quien fue la amiga más fiel y sobre quien ella misma dijo a Pilar Urbano: “Siempre es ella misma, en casa y en la calle, en familia y en público. Siempre es natural. Nunca finge. Nunca tiene dos caras. No sabe disimular… Ama tanto la verdad y la sinceridad -no soporta la doblez, ni la hipocresía ni la mentira- que en ella todo es espontáneo, sin afección. Nunca interpreta un papel”.
Aunque apenas conocida por el gran público, pues siempre prefirió el anonimato del segundo plano lejos del foco mediático, la recién fallecida princesa Tatiana Radziwill ha sido una figura de extraordinaria relevancia en la vida de la reina doña Sofía en la que, sin duda, ahora queda un gran vacío. Primas y amigas íntimas desde la infancia, ambas han compartido de forma discreta, y al margen de las luminarias, vidas llenas de contenido y sujetas a no pocos avatares.