Dra. Cristina de Hoyos, dermatóloga tricóloga: “Solo debemos aplicar el champú en el cuero cabelludo, masajeando con las yemas de los dedos”
La dermatóloga médico-quirúrgica especializada en dermatología estética, tricología y trasplante capilar nos da las claves para lavarnos el cabello de la manera correcta
Lavarse el pelo es uno de esos gestos automáticos que hacemos sin pensar demasiado. Entra dentro de la rutina, como lavarse la cara o cepillarse los dientes. Pero, igual que ha pasado con el cuidado de la piel, cada vez hay más conversación alrededor de cómo hacerlo bien. Porque no, no todo vale. Y en el caso del cabello, hacerlo mal de forma repetida puede terminar pasando factura.
La Dra. Cristina de Hoyos, dermatóloga médico-quirúrgica especializada en dermatología estética, tricología y trasplante capilar, lo resume bastante claro: “Lavar el cabello es un gesto cotidiano que, sin embargo, no siempre se realiza de forma adecuada. Una técnica incorrecta o el uso de productos inadecuados pueden dañar tanto la fibra capilar como el cuero cabelludo”.
Aquí hay un primer punto clave que suele pasarse por alto: el foco no está tanto en el pelo como en el cuero cabelludo. Es decir, en la piel. “Uno de los errores más comunes es pensar que el cuidado debe centrarse únicamente en el cabello, cuando en realidad el protagonista es el cuero cabelludo”, explica la especialista. Tiene sentido si se piensa bien: es ahí donde se produce la grasa, donde pueden aparecer problemas como descamación o sensibilidad y, en definitiva, donde empieza todo.
Por eso, antes incluso de hablar de técnica, conviene ajustar el tipo de champú. No es lo mismo un cuero cabelludo graso que uno seco o sensible, y usar el producto equivocado puede descompensar más que ayudar. En cueros cabelludos con tendencia grasa, la recomendación pasa por lavados más frecuentes con fórmulas ligeras que limpien sin saturar. En cambio, cuando hay sequedad o daño, mejor apostar por champús hidratantes y evitar sulfatos agresivos. Y si hay sensibilidad, fragilidad o incluso un trasplante reciente, la clave está en fórmulas suaves que respeten la piel.
Hasta aquí, bastante lógico. El problema viene en cómo aplicamos todo esto en la práctica. Porque sí, el gesto de lavarse el pelo también tiene su técnica, y no es especialmente intuitiva. La Dra. de Hoyos lo deja claro en una frase que desmonta uno de los errores más extendidos: “Solo debemos aplicar el champú en el cuero cabelludo, masajeando con las yemas de los dedos”.
Nada de repartir producto por todo el cabello como si fuese un gel. El champú limpia la raíz y, al aclarar, la espuma que cae es suficiente para arrastrar la suciedad de medios a puntas sin necesidad de frotar. De hecho, frotar es justo lo que hay que evitar. “Evitar el uso de las uñas o el frotado excesivo”, insiste. Es un gesto bastante habitual, sobre todo cuando se busca esa sensación de limpieza profunda, pero puede irritar el cuero cabelludo y debilitar la fibra capilar.
Utilizar agua tibia, evitando temperaturas elevadas
Otro punto importante es la temperatura del agua. El agua muy caliente puede resultar agradable, especialmente en invierno, pero no es la mejor idea para el cabello. “Utilizar agua tibia, evitando temperaturas elevadas”, recomienda. El calor excesivo puede alterar la barrera cutánea y favorecer la sequedad, además de afectar al brillo del pelo.
Y luego está el aclarado, que muchas veces se hace rápido y sin prestar atención. Error. “Aclarar completamente para prevenir la acumulación de residuos” es clave. Restos de champú o acondicionador pueden apelmazar el cabello, restar volumen e incluso generar irritación en el cuero cabelludo.
Hablando de acondicionador, aquí también hay margen de mejora. La norma es sencilla: de medios a puntas, nunca en la raíz. Aplicarlo cerca del cuero cabelludo puede aportar peso innecesario y favorecer la sensación de suciedad más rápida.
El ritual no termina en la ducha. El secado también cuenta, y bastante. Aquí la dermatóloga insiste en algo que se ve mucho (y no debería): frotar el pelo con la toalla. “Recomienda retirar el exceso de agua con una toalla mediante presión suave, sin frotar, para evitar el encrespamiento”. Es un gesto pequeño, pero marca diferencia en el acabado final.
En cuanto al uso de herramientas térmicas, no hace falta eliminarlas por completo, pero sí utilizarlas con cierta cabeza. Temperaturas medias, mantener distancia, al menos 15 centímetros y, en el caso de cabellos lisos, dirigir el secador de arriba hacia abajo para ayudar a sellar la cutícula y reducir el frizz.
En consulta, la Dra. de Hoyos detecta una serie de errores que se repiten con bastante frecuencia: lavar el cabello con agua muy caliente, aplicar acondicionador en la raíz, no aclarar bien el champú, utilizar productos agresivos o simplemente no adaptados, y algo muy habitual: dormir con el cabello húmedo o mojado. Este último punto, además de resultar incómodo, puede favorecer problemas en el cuero cabelludo y debilitar la fibra capilar.
Al final, todo se resume en entender que el lavado no es solo una cuestión estética. “Un lavado adecuado no solo limpia, sino que también protege los folículos, previene daños y prepara el cabello para tratamientos posteriores”, señala la especialista.
No hace falta complicarlo demasiado ni seguir rutinas imposibles. Pero sí conviene revisar ciertos gestos que damos por hechos. Porque, igual que ocurre con la piel, pequeños cambios en lo cotidiano pueden marcar bastante la diferencia a largo plazo.
Lavarse el pelo es uno de esos gestos automáticos que hacemos sin pensar demasiado. Entra dentro de la rutina, como lavarse la cara o cepillarse los dientes. Pero, igual que ha pasado con el cuidado de la piel, cada vez hay más conversación alrededor de cómo hacerlo bien. Porque no, no todo vale. Y en el caso del cabello, hacerlo mal de forma repetida puede terminar pasando factura.