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ESCAPADAS

Por qué tienes que ir a Nantes, el nuevo destino preferente de la infanta Cristina

Nantes ha vuelto a nuestras cabezas ahora que la hermana del Rey tiene a uno de sus hijos jugando allí al balonmano. La Isla de las Máquinas, la casa de Julio Verne, el arte del estuario... Tanto para ver

Foto: El Gran Elefante de Nantes, en acción. (©Atout France / Antoine Lorgnier)
El Gran Elefante de Nantes, en acción. (©Atout France / Antoine Lorgnier)

Cualquier excusa es buena para ir a esta bella ciudad que está en la recta final de la Francia más occidental, en el departamento del Loira Atlántico, que suena a castillos y muy, muy bien. Y ahora ha vuelto a nuestros oídos no ya por Les Machines de l'Île, que es un prodigio inimaginable pero salido de la portentosa imaginación del gran Leonardo y siguientes, ni siquiera por el visionario Julio Verne, sino porque una de nuestras infantas, Cristina, tiene allí a uno de sus hijos, Pablo, jugando al balonmano, en el HBC Nantes. Esto quiere decir que Nantes se ha convertido para la Borbón en destino preferente. Te contamos por qué tiene que serlo para ti también. Asómate por la puerta de la Bretaña.

Nantes, una ciudad artística

Si hay algo que llama poderosamente la atención cuando se ponen los pies en Nantes es la manera en la que el arte ha colonizado la ciudad. Porque uno puede asombrarse ante el poderío del castillo de los duques de Bretaña, emocionarse en la casa de Julio Verne, fotografiarse hasta la extenuación en el pintoresco barrio de Trentemoult, al otro lado del Loira, pero tal vez nunca se haya imaginado algo como la Isla de las Máquinas, tan fabulosamente real, o un estuario, el de Nantes a Saint-Nazaire, donde incluso las instalaciones artísticas con vocación de efímeras se han vuelto perennes.

Sí, la modernidad aquí se ha hecho provocación: una casa no a orillas del río, sino en medio del río y a punto (siempre y nada más que a punto) de hundirse, una serpiente gigante con vocación de oceánica, una ninfa habitando las aguas, una villa chimenea a 15 metros de altura (Villa Cheminée, del artista japonés Tatzu Nishi, donde te puedes quedar a dormir, desde 119 euros; no te pierdas tampoco las Micr'Home, para alojarte en pleno centro histórico, a partir de 99 euros) o un barco blando como soñado por Dalí. Y todo esto pasa en una ciudad que ya enalteció lo suficiente la aristocracia antigua. El viaje, más allá de Julio Verne -pero también, cómo no, por él-, promete ser extraordinario.

Julio Verne y hasta el capitán Nemo

Podrá estar bañada por el Loira, salpicar su estuario de arte, podrá ser mil veces navegable y cosmopolita, pero Nantes es la ciudad donde nació en 1828 el hombre que tanto empeño puso en quitar las fronteras de los mapas. Antes de que quisiéramos coleccionar guías, ya habíamos bajado al fondo del mar, dado la vuelta al mundo o conocido por dentro la Siberia. Hay una escultura de Julio Verne niño sentado en un banco desde donde se ven los barcos pasar. A su lado, el capitán Nemo.

Y hay una casa-museo llena de sus libros, manuscritos, documentos, ilustraciones, cartas, juegos y otros cachivaches que invita precisamente a 'viajar al centro de la escritura verneana'. Jules Verne y su esposa Honorine reciben al visitante que llega hasta esta casa-mirador en lo alto de la colina de Santa Ana, en el barrio Chantenay, antiguo bastión obrero de los astilleros. Los amantes de la aventura podrán subir los 121 escalones que van desde el muelle. Después, solo quedarán ganas de leer y ya sabemos qué.

Un parque de atracciones con extrañas criaturas

Kipling nos acostumbró a las excentricidades de los elefantes, pero quién nos iba a decir que una de estas criaturas, de acero y madera, iba a sacarnos a pasear por los antiguos astilleros de Nantes, frente al Loira, con su alucinada tripulación a cuestas. Solo la imaginación desbordante de Julio Verne aplicada a los artefactos que parecían imposibles de Leonardo da Vinci podía alumbrar algo así: La Isla de las Máquinas o viceversa y en francés, Les Machines de l’Île.

El Gran Elefante, de 12 metros de alto, que puede llevar hasta 50 pasajeros, es el mayor reclamo de este parque de atracciones tan teatral (los maquinistas, por cierto, son actores y además en acción). La Galería de las Máquinas, poblada de extrañas criaturas, es un laboratorio artístico que juega a ser un bestiario: se puede visitar el taller, meter las narices en el proceso de creación, subirse a lomos de esos monstruos, dar vueltas en el Carrusel del Mundo Marino (imaginario) y andarse por las ramas del Árbol de las Garzas, aún en construcción. En la isla está también el Hangar de las Bananas (1950), solo que en vez de plátanos como antaño, procedentes de Guinea, hay cafés, bares y discotecas a la carta.

El último castillo del Loira antes del océano

Se puede hacer la famosa ruta de los castillos del Loira o quedarse en Nantes a pie de su castillo, que es el último antes del océano. Esta fortaleza medieval primero y palacio ducal después, de los duques de Bretaña, da cobijo a edificios de los siglos XV y XVII y también al Museo de Historia y al café-restaurante Les Oubliettes, en la antigua torre maestra, del siglo XIV. Era entonces cuando la ciudad latía alrededor de la plaza de Bouffay y su mercado, todo aún ceñido por el cinturón de sus murallas. Este barrio, donde quedan casas medievales con entramado de madera y mucho encanto, es un casco antiguo en toda regla. Tiene su lado bohemio.

Trentemoult, el barrio de pescadores

Hay casas azules, amarillas, verdes, moradas y rosas en Trentemoult, el viejo pueblo de pescadores que está en la margen izquierda del Loira, y que se ha llenado de bohemia, flores, cierta extravagancia y comedida modernidad. Y solo hay que cruzar el río. Lo demás son callejuelas, gatos y muchas terrazas y chiringuitos. Si vislumbras algún jardín exótico rodeando alguna decimonónica mansión, piensa en el capitán que vino de tierras lejanas y acertarás. En Nantes y alrededores tú también querrás ser un Nemo: los barcos, barquitos, canoas y demás son como coches y autobuses aquí.

De La Cigale a Le Lieu Unique

A la brasería La Cigale (4 Place Graslin) hay que entrar. Si no es a sucumbir a las tentaciones de su carta -rendida al pescado y al marisco, pero también a la cocina de autor-, sí al menos a mirar. Sus mosaicos modernistas, su ambiente y su decadente exotismo -fue inaugurada en 1895- bien merecen tu curiosidad. Además, es salón de té. Le habría gustado al Verne de barba blanca y al joven y muy adelantado (¿hipster?) Da Vinci. Otro tanto pasa con el Passage Pommeraye, una galería comercial de las de antes de antes (1843), con aires de museo. No importa que no compres, lo importante es que recorras sus galerías y bajes y subas sus escaleras mientras sus estatuas neoclásicas te contemplan. Y qué decir de Le Lieu Unique, realmente un lugar único, que fue parte de la fábrica de las galletas LU y hoy es un centro cultural, de arte y ocio (por tener, tiene hasta hammam y una torre que gira con una panorámica de 360º). A orillas del canal de Saint-Félix (2 Quai Ferdinand Favre), tú también te sentirás feliz.

Ocio
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