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ENCUESTA LOS PUEBLOS MÁS BONITOS DE ESPAña

Cadaqués: por qué tienes que ir ya a este pueblo del Alto Ampurdán (más allá de Dalí)

Porque lo pisaron Lorca, Éluard y Buñuel, porque está en el Cabo de Creus, porque es marinero a rabiar, porque en él abunda lo bohemio, artístico y tabernario, y porque entre barcas se vive bien

Foto: Y allá en el frente, el bello pueblo del Alto Ampurdán. (Visit Cadaqués)
Y allá en el frente, el bello pueblo del Alto Ampurdán. (Visit Cadaqués)

No es solo Salvador Dalí, hay mucho más. Pero hay que admitirlo, con un reloj blando en la mano: no se puede estar en Cadaqués sin pensar en él, que se aparece dalinianamente por todos sus cielos, a poco que uno deje volar su imaginación, como si fuera uno de sus poblados sueños, a lo largo de las calles que van a dar al mar como en un poema, mucho antes de cruzar el umbral de su fastuosa casa en Port Lligat y en medio de esa bohemia mediterránea que se afrancesa y se hace Alto Ampurdán. Un pueblo de pescadores con todo el encanto (y más), sí, pero también ese lugar de peregrinación lírico-artístico que le lleva a uno a caer en brazos de Gala, Paul Éluard, Duchamp o Federico (García Lorca) para luego ir a recorrer no sin erotismo las veleidades del prodigio geológico del Cabo de Creus, donde parece salir a la superficie el mismísimo fondo del mar. Cadaqués también es, como Frigiliana y Combarro, uno de nuestros candidatos a ser el pueblo más bonito de España. Lo quieren hasta las musas, tal vez las que más. ¿Le votarás?

•​ ​Un pueblo de postal (o de cuadro). Es blanquísimo, está al borde del mar, tanto que no lo podría estar más; tiene playa, conserva su aire endiabladamente marinero, de nudos, cantinas, salazones y todo a babor o a estribor, y presume de iglesia con torre que lo redondea aún más. Nada como perderse por sus calles, atender a sus fachadas, algunas con detalles modernistas, y sentirse en el laberinto como un minotauro a lo Dalí, entre tabernas y artesanías, para al cabo salir al mar. Es un regalo.

Cadaqués, blanco, junto al mar y coronado por su iglesia. (Hotel Blaumar)
Cadaqués, blanco, junto al mar y coronado por su iglesia. (Hotel Blaumar)

•​ ​El surrealismo está en Port Lligat. Pero habrá que dar la vuelta a la redonda por el Cabo de Creus para arribar a esta proverbial cala donde buscó refugio el ínclito Salvador, sembrada de barquitas de colores y con su casa (museo, cómo no) presidida por el gran huevo que anticipa su fertilidad (creativa). Si entras, te creerás un invitado de los del pintor, como el gran oso polar ataviado con alhajas cual Gala vista por su esposo, dentro de lo que este consideraba una gran estructura biológica: “A cada nuevo impulso de nuestra vida le correspondía una nueva célula, una cámara”. Sea como sea y tras la consabida dosis de surrealismo y oda a lo estrafalario, lo suyo es echarse a la mar, siempre que quiera la Tramontana.

•​ ​La atracción del Oriente. Si una vez quisimos ir al Cabo da Roca por eso de pisar el punto más occidental de la Península Ibérica, en las inmediaciones de la bella Lisboa y la increíble, por más que la miremos y la miremos, Sintra, ahora hacemos lo propio pero al otro lado de la brújula, en el punto más oriental de esta nuestra casi isla. En Cadaqués estamos en pleno Cabo de Creus, en su costa de levante, aislado a su manera por el Puig de Pani y el de Bufadors del resto del Ampurdán. Este pueblo tiene mucho de punto y final.

El refugio de Dalí en Port Lligat. (Visit Cadaqués)
El refugio de Dalí en Port Lligat. (Visit Cadaqués)

•​ ​Lo que hay que ver. Además de mirar y mirar con cierto síndrome de Stendhal y de penetrar -el verbo es a propósito- en la casa de Gala y Dalí, no hay que perderse la iglesia gótica con retablo barroco de Santa María, del siglo XVII, en el punto más alto del casco antiguo, que estuvo amurallado, adonde hay que subir sí o sí (las visitas son impagables: de la bahía, el Cucurucuc, islote de pizarra, y del faro de Cala Nans) entre inolvidables callejas pavimentadas con el típico rastell, y donde se celebra el Festival Internacional de Música de Cadaqués (del 4 al 15 de agosto), y hay que atender a lo que es el doll, el cántaro verde que la mujeres utilizaban antiguamente para ir a por agua a la fuente, y al dialecto salado, fruto de su aislamiento geográfico, que hoy persiste (de otro modo). Después, solo querrás ir a Púbol, adonde se trasladó el divo a la muerte de Gala, y a Figueras, su cuna. Puro Dalí.

Un rincón del Cabo de Creus y en lo alto el faro. (Empordà Turisme)
Un rincón del Cabo de Creus y en lo alto el faro. (Empordà Turisme)

•​ ​El faro, como una canción. Si Cadaqués te conquistará como el mejor de los estrategas, qué decir del Parque Natural del Cabo de Creus, que es marítimo (3.000 hectáreas) y terrestre (11.000), y está considerado curiosamente como el área deshabitada más amplia de la costa mediterránea española, tan desalmadamente urbanizada. Por tierra se llega a Llansá -el feudo del chef estrellado Paco Pérez y su Miramar-, a Pau, el Port de la Selva o a Rosas. Por mar a una colección inigualable de calas, islas, acantilados y toda una orgía geológica capaz de poner los dientes largos al más reacio a los submarinismos. Obligado es llegar a la punta y ponerse a la sombra de su faro y sentarse a comer en su improbable pero cierto restaurante. Verlo para creer. Amor total.

•​ ​Literal y literariamente maravilloso. A los poemas iluminados de Paul Éluard, que fue el marido de la Gala pre-Dalí, a la impronta de Lorca, Josep Pla y Buñuel, hay que sumar que aquí se vivió también una (o muchas) de piratas, con el temible corsario turco Barbarroja como protagonista, que asaltó el pueblo en 1543. Para recrearse en todos estos escenarios, nada como conquistar el monasterio románico, toda una fortaleza, de Sant Pere de Rodes, un balcón como ninguno sobre este privilegiado territorio. Aviso a navegantes: entre sus muros, casi un espejismo, sobre todo en agosto, hay restaurante-bar.

Una calle en blanco y azul de este pueblo de pescadores. (Visit Cadaqués)
Una calle en blanco y azul de este pueblo de pescadores. (Visit Cadaqués)

•​ ​Para comérselo. Ya no el pueblo, por bello, sino el pescado y el marisco que da el Cabo: las sardinas, las anchoas, la dorada, el mero, la langosta, el bogavante, los mejillones, los erizos de mar. Cadaqués y los cadaquesencs son de bares... y los turistas también; los hay por doquier, muchos mirando al mar. Hay que hacer lo posible por sentarse a la mesa del Compartir de Oriol, Mateu y Eduard, que se curtieron en los fogones de El Bulli, y disfrutar de su pica-pica al centro. Ya lo hemos dicho, pero lo repetimos: también hay que dejarse querer por Chris Little, el chef propietario del restaurante del Faro de Cap de Creus, entregarse a su arroz de mariscos y plantel de pescados frescos, y a la inmensidad de la soberbia panorámica.

Así es el restaurante Compartir.
Así es el restaurante Compartir.

•​ ​Dónde dormir. El propio restaurante Compartir cuenta con apartamentos para dos y cuatro personas en su mismo edificio (desde 59 euros), en una calle tranquila tomada por las galerías de arte. Otra opción es el ya clásico hotel Blaumar, a la orillita del mar (desde 85 euros) para saber lo que es bueno. O el Calma Blanca, integrado completamente en el paisaje, con terrazas hacia el gran azul, piscina y jardines, en la avenida Salvador Dalí (desde 370 euros).

Un rincón del hotel Calma Blanca.
Un rincón del hotel Calma Blanca.

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