Hotelazo, mar, cultura y luz otoñal en Valencia para reequilibrar los sentidos
Entre la brisa del Mediterráneo y el bullicio del casco antiguo, Valencia despliega su mezcla perfecta de tradición y vanguardia. Aquí y ahora: dos hoteles de diseño —toca elegir— y nueve planes irresistibles para saborear la ciudad del Turia
La luz de Valencia es única y en otoño se agradece aún más, como esta que envuelve al hotel Estimar Marina Farnals. (Cortesía)
Valencia se entiende caminando, con el sol como brújula y el mar como horizonte. Moderna sin perder su esencia, la ciudad combina arquitectura futurista —digna de 'Star Wars'— con plazas históricas y preciosos edificios que hablan de pasados gloriosos, también arte contemporáneo y mercados que huelen a huerta y azahar. En solo 48 horas, se puede experimentar todo: dormir entre columnas modernistas o junto a la playa —dejándose acunar por el vaivén de las olas—, degustar una paella mirando al Mediterráneo o cerrar el día con un romántico paseo surcando la Albufera en una barca de percha.
Para dormir con estilo y a cuerpo de rey te sugerimos dos hoteles, tan flamantes como elegantes: uno de corte moderno y otro más sofisticado —se siente, pero toca elegir—. Si prefieres dormir a diez metros del mar, te recomendamos Estimar Marina Farnals, en playa de La Pobla de Farnals, un destino emergente a veinte minutos del centro. Este hotel, inaugurado en junio de 2024, es de corte Miami, ya que todo gravita en torno a su preciosa piscina, y en él se respira lujo contemporáneo y práctico con vistas al Mediterráneo.
Ciudad de las Artes y las Ciencias. (Getty Images)
En Marina Farnals mandan los tonos arena, los negros elegantes y un relax al que le sienta especialmente bien el sustantivo sofisticación. Las camas son gloria bendita, los balcones invitan a la contemplación y los desayunos —perfecta y mediterráneamente pertrechados— saben a gloria bendita mientras sientes la caricia de los primeros del día y los gorriones esperan a que se te caigan algunas migas. Aura, el rooftop del hotel, bien merece un cóctel (o dos) al caer el sol, porque luego hay que bajar a Lúa, el estupendo restaurante del hotel en el que dominan como nadie el punto exacto del pescado: materias primas de primera bien tratadas, con una jefa de sala especialmente profesional y encantadora.
Estimar Marina Farnals. Avda. del Mar, 1, La Pobla de Farnals, Valencia. (Cortesía)
Si en vez de relax buscas bullicio urbano —pero sin pasarse, recuerda que en esta escapada prometiste bajar el ritmo—, te proponemos Estimar Valencia, en el centro-centro de la ciudad, junto al Centro Cultural La Nau.Este hotel, inaugurado también en junio de 2024, es un refugio elegante marcado por una atmósfera en la que mandan el mármol, el latón y la madera de roble. La luz natural que todo lo envuelve y las obras de arte contemporáneo te harán sentir que estás en la casa de tu primo, el rico.
Postales de Valencia. (Getty Images)
El edificio, un antiguo banco de los años 20, rehabilitado por el estudio de Rosa Rosselló, cuenta 65 habitaciones, un confortable restaurante urbano —The Banker's Bar—, un spa boutique y una terraza perfecta para practicar el noble arte de ver y dejarse ver —The Coin Rooftop— que una envidiable panorámica a los tejados, cúpulas y torres de la Ciutat Vella. Estimar Valencia es el punto de partida ideal para conquistar la bella Valencia.
Hotel Estimar Valencia. Calle del Pintor Sorolla, 17. (Cortesía)
El fin de semana empieza con un clásico: horchata y fartons en Santa Catalina, confitería abierta desde el siglo XIX. Sus azulejos y su aroma a almendra molida preparan el ánimo para un paseo por el casco histórico: la Catedral, el Miguelete y la Plaza de la Virgen condensan siglos de historia. Muy cerca, el Mercado Central deslumbra con su cúpula modernista de hierro y cerámica, donde los aromas a fruta y marisco fresco se mezclan entre risas y conversaciones locales.
Mercado Central. (F. Zubizarreta)
El siguiente alto está en el Centro de Arte Hortensia Herrero, en el Palacio de Valeriola. El edificio barroco acoge obras de Anish Kapoor, Jaume Plensa, Cristina Iglesias o Ugo Rondinone, un diálogo entre arte contemporáneo y patrimonio que convierte cada sala en un viaje sensorial.
Centro de Arte Hortensia Herrero. (Cortesía)
A mediodía, el cuerpo pide paella frente al mar. En El Cabanyal o La Malvarrosa, restaurantes como Casa Carmela o La Pepica mantienen viva la tradición de cocinarla a leña. Después, nada como un paseo por el Paseo Marítimo, con el rumor del mar como banda sonora.
Por la tarde, el Jardín del Turia, uno de los parques urbanos más largos de Europa, invita a recorrerlo a pie o en bicicleta, cruzando puentes históricos hasta llegar a la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Un conjunto diseñado por Calatrava y Candela, donde ciencia, arte y arquitectura conviven con la doble condición de localización galáctica —véase la serie Andor—.
L'Hemisfèric. (F. Zubizarreta)
De vuelta al centro, el Mercado de Colón es la parada perfecta para una merienda o una copa. Bajo su estructura modernista se esconden cafeterías y restaurantes como Habitual, de Ricard Camarena, o Ma Khin Café, ideales para observar el ir y venir de la ciudad.
Cuando cae la tarde, el barrio de Ruzafa nos llama como un imán. En Doña Petrona, coctelería y cocina argentina se mezclan con acento valenciano. Su Margarita del Turia o el Negroni Criollo son el preludio perfecto para una noche entre locales de moda.
Y si algo no puede faltar es el atardecer en la Albufera. Desde El Palmar, las barcas se deslizan entre arrozales mientras el sol se va. Es el último recuerdo de un fin de semana en el que Valencia se revela como lo que es: una ciudad con luz propia.
Valencia se entiende caminando, con el sol como brújula y el mar como horizonte. Moderna sin perder su esencia, la ciudad combina arquitectura futurista —digna de 'Star Wars'— con plazas históricas y preciosos edificios que hablan de pasados gloriosos, también arte contemporáneo y mercados que huelen a huerta y azahar. En solo 48 horas, se puede experimentar todo: dormir entre columnas modernistas o junto a la playa —dejándose acunar por el vaivén de las olas—, degustar una paella mirando al Mediterráneo o cerrar el día con un romántico paseo surcando la Albufera en una barca de percha.