Pau del Val Roca: "Morante nos ha hecho un regalo a abuelos, hijos y nietos"
Morante de la Puebla, tras quitarse la coleta, sigue marcando historia. Pau, hijo de Juan del Val y Nuria Roca, concede su primera entrevista para hablar de como este torero de época ha cautivado a las nuevas generaciones
Desde el domingo, la noticia de que Morante de la Puebla se quitara —no cortara— la coleta ha atravesado los límites del ámbito taurino. No se habla de otra cosa. Detrás de las lágrimas derramadas en el centro de la arena, mientras la multitud de Las Ventas suplicaba “no, no lo hagas”, late la historia de un niño nacido en una familia humilde de La Puebla del Río (Sevilla). Un hombre que, más allá de su condición de torero, ha tenido la osadía de exhibir su fragilidad no en el albero, sino en la existencia.
Fue de los primeros en su oficio en pronunciar sin vergüenza palabras que hasta entonces eran casi sacrílegas: salud mental, tristeza, duelo. Y en ese acto de humanidad encontró un vínculo nuevo con los jóvenes: la certeza de que incluso los héroes también se rompen.
“Morante de la Puebla es un referente para los jóvenes porque tenemos la sensación de ver a una leyenda viva”, dice Pau del Val, hijo de Nuria Roca y Juan del Val. Estaba en Madrid el domingo pasado y, cuando el torero se quitó —no cortó— la coleta, saltó al centro de la plaza para sacarlo a hombros. “Me encontré con muchos amigos de mi edad. Estábamos todos llorando”, recuerda.
Hay dos hilos que todavía cosen a los jóvenes con la tauromaquia: la herencia y el relato. Tradición y gesto: “Se ha hablado mucho del momento de la coleta, que fue impactante y sin duda histórico, pero no solo lo que hizo sino lo que organizó Morante el domingo 12 de octubre es algo irrepetible. Un torero de Sevilla que le hizo un gran regalo a Madrid”, continúa Pau.
"Morante consiguió unir abuelos, hijos y nietos en una plaza"
Morante había organizado el festival en homenaje a Antoñete, aquel torero madrileño que, recuerda Pau, un día hechizó a su padre. Logró que Curro Vázquez, el torero de referencia de su abuelo, con setenta y cuatro años, se enfrentara de nuevo a un toro; que César Rincón, con sesenta, y Carlos Escolar (Frascuelo), con setenta y ocho, volvieran al albero; que Enrique Ponce compartiera cartel con Olga Casado, la juventud hecha muleta. Fue una tarde donde coincidieron abuelos, hijos y nietos. Tres generaciones respirando al mismo compás. “Yo lo viví con mi abuelo y mi padre, es algo que nunca voy a olvidar”, confiesa.
Antonio Chenel –Antoñete– simboliza ese tiempo en el que la tauromaquia aún no se había partido en bandos: cuando intelectuales, artistas, poetas, de cualquier color o credo, se daban cita en los tendidos para mirar de frente a la belleza y al miedo.
Un día antes del festival y la corrida de la Hispanidad, se inauguró su estatua frente a Las Ventas. Una piedra erguida para recordar al hombre que hizo de la pausa un arte. Luego vino la faena benéfica por la mañana y, al caer la tarde, el final que todos conocemos y que ya forma parte de la historia.
Decía Juan Belmonte: “Nací con esta enfermedad del toreo, y no se me cura”. Morante ha recordado en alguna ocasión dicha reflexión que podría haber escrito con su propia sangre. En su caso, puede que el torero salve a la persona. Sin el rito, la identidad en cierta forma se disuelve. Pepi, su madre, lo sabe. En la habitación 219 del Wellington, donde el periodista Zabala de la Serna retrató la intimidad del torero para El Mundo, ella le miraba con un miedo silencioso: “¿Y ahora qué?”, murmuraba. La misma pregunta se repetía abajo, entre miles de gargantas. Pero ya no desde el amor materno, sino desde el desgarro del aficionado.
“Esperábamos en la parte baja del Wellington a que se asomara a la ventana —cuenta Pau—, y no dejábamos de escuchar lo mismo: ¿Y ahora qué?”.
Llama la atención cómo un torero de época ha logrado llenar plazas repletas de jóvenes. El 12 de octubre fue prueba de ello. “Antes de reaparecer, en una entrevista en ABC de Sevilla, habló de su enfermedad, de la salud mental… Eso creo que nos tocó. En mi generación esos temas importan, y ver a alguien como Morante hablándolo abiertamente nos conmovió. Además, sabemos que es historia viva. Sentir que estás viendo algo que se recordará dentro de cincuenta años… es brutal”, dice el mediano del clan Del Val Roca.
"Mi padre dice que los toros son la excusa perfecta para vivir bien"
Su padre le suele decir que los toros son la excusa perfecta para vivir bien: compartir una comida previa entre amigos, la copa de después hablando de todo lo que ha ocurrido, ir en familia… Eso es lo que hace él, Pau del Val, un reflejo de las nuevas generaciones de aficionados que dice tener la esperanza de que no sea un adiós definitivo.
Y quizá no lo sea. Personas muy próximas al torero, consultadas por Vanitatis, prefieren guardar silencio. No por desdén, sino por respeto. Porque hay gestos que aún no se cierran, decisiones que flotan en el aire.
Ahí está el recuerdo de Juan Ruiz 'Espartaco', que se retiró sin cortarse la coleta y catorce años después reapareció un Domingo de Resurrección en Sevilla. Fue entonces, y no antes, cuando su hijo le puso fin al rito. Por eso, al recibir nuestra llamada, el propio Espartaco elige la cautela: “No puedo decir nada. Él ha dicho que se la ha quitado, no cortado”.
Tal vez solo los toreros entienden la diferencia.
Pero aquel domingo en Las Ventas nadie olvidará que Morante fue capaz de detener el tiempo con un movimiento de su cabeza. Que un hombre puede ser frágil y valiente al mismo instante. Y que, en ese espacio entre el adiós y la continuidad, solo él sabe lo que significa vivir con la tauromaquia como latido del corazón.
Desde el domingo, la noticia de que Morante de la Puebla se quitara —no cortara— la coleta ha atravesado los límites del ámbito taurino. No se habla de otra cosa. Detrás de las lágrimas derramadas en el centro de la arena, mientras la multitud de Las Ventas suplicaba “no, no lo hagas”, late la historia de un niño nacido en una familia humilde de La Puebla del Río (Sevilla). Un hombre que, más allá de su condición de torero, ha tenido la osadía de exhibir su fragilidad no en el albero, sino en la existencia.