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En el corazón de la Fundación A la Par, o cuando los protagonistas de las invitaciones de boda no son los novios
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DESDE DENTRO

En el corazón de la Fundación A la Par, o cuando los protagonistas de las invitaciones de boda no son los novios

Vanitatis vive en primera persona una jornada de trabajo con el equipo que elabora artesanalmente la papelería que sale de la Fundación A la Par. Lo que a lo mejor no sabes es que ese equipazo lo componen hombres y mujeres con discapacidad intelectual

Foto: Las invitaciones de boda de la Fundación A La Par. (Cortesía)
Las invitaciones de boda de la Fundación A La Par. (Cortesía)

En plena era del 'te lo mando por WhatsApp', las invitaciones en papel siguen resistiendo como un pequeño gesto de lujo emocional: no son solo un medio, son una declaración de intenciones. Hay algo en el peso del sobre, en la textura del papel y en ese instante casi ceremonioso de abrirlo que ningún PDF consigue replicar. Para muchos novios, las invitaciones marcan la primera gran elección de su gran día y en manos de los invitados, son la carta de presentación de la boda, un objeto que no se pierde entre notificaciones y que, con suerte, acaba guardado en un cajón junto a otros recuerdos importantes. Lo digital es práctico, sí, pero el papel sigue teniendo ese punto de romanticismo tangible que convierte lo cotidiano en ocasión.

Lo normal es que ellos, los novios, sean los protagonistas del tarjetón que se esconden dentro del sobre, pero si escogen el taller de la Fundación A la Par, los protagonistas de las invitaciones son las personas que elabora artesanalmente cada elemento. Lo que a lo mejor no sabes es que ese equipazo lo componen hombres y mujeres con discapacidad intelectual. Vanitatis vive desde dentro y en primera persona una jornada de trabajo junto a ellos para que, como comprobamos, su esfuerzo y talento sea reconocido y valorado por todos.

placeholder La Fundación A la Par. (Cortesía)
La Fundación A la Par. (Cortesía)

Es media mañana de un día de primavera en Madrid. Me dirijo a Montecarmelo, un barrio ubicado en el distrito de Fuencarral-El Pardo. El punto de encuentro, la calle del Monasterio de Las Huelgas, 15, no es nuevo para mi. A lo largo de los últimos años he cruzado esas puertas para asistir a Funda Market, el mercadillo que se levanta en su interior un par de veces por temporada, y a Funda Land, donde se celebran las fiestas de cumpleaños para niños más demandas de la capital.

Esta ocasión es diferente. Llego al edificio principal donde se alberga el colegio A la Par, el centro de educación especial que forma a alumnos (de entre los 12 a 22 años) con discapacidad intelectual. Dos de sus alumnas me conducen hasta el despacho de Paloma Aguado, directora de comunicación y marketing de la fundación, ella será mi guía durante la jornada.

placeholder Sobres de la Fundación A La Par. (Cortesía)
Sobres de la Fundación A La Par. (Cortesía)

El proyecto inicial arrancó con Carmen Pardo-Valcarce en 1948 y fue en 1990 cuando se transformó en la fundación que es hoy. El trabajo de la Fundación A la Par tiene como objetivo lograr que las personas con discapacidad intelectual tengan una vida lo más normal e independiente posible, acompañándolas desde la formación hasta el empleo. A través de sus programas, aprenden oficios, desarrollan habilidades y acceden a trabajos reales en distintos sectores, lo que les permite ganar autonomía y formar parte activa de la sociedad. Todo ello desde un enfoque muy práctico y cercano, que pone el foco en sus capacidades y en abrirles oportunidades reales en el día a día.

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placeholder Las invitaciones que se crean allí. (Cortesía)
Las invitaciones que se crean allí. (Cortesía)

Todas las instalaciones y todos los servicios que oferta la fundación están regentados por mujeres y hombres con discapacidad intelectual: fábrica de muebles, imprenta, obrador de chuches, huerto, taller de lavado de coches y mecánica rápida, o manipulación y embalaje. Distribuidos por las 7 hectáreas de superficie que ocupa la fundación, punto a punto, nave a nave, llegamos al final. Allí se ubica el taller de las invitaciones de boda. Allí trabajan más de 20 personas coordinadas por Cuca Gómez-Acebo, responsable de ese taller.

No he venido a mirar, he venido a trabajar con ellos y que me enseñen a crear mis propias invitaciones. Me reciben con los brazos abiertos y muy ilusionados. La ilusión es mutua. Distribuidos en diferentes puestos, cada uno tiene un rol y una función. Montaje de los sobres, doblado de las invitaciones, pegado de las cintas adhesivas e incluso, regalos para los invitados. Minuciosamente, a mano, y uno a uno, se elaboran las piezas que después entregan a los novios y ellos a los invitados. Son unas invitaciones especiales. A simple vista por los diseños y en el fondo, por las personas que las crean. Estilo y solidaridad en un solo sobre.

placeholder Las manos que crean las invitaciones. (Cortesía)
Las manos que crean las invitaciones. (Cortesía)

Mis profesores van a ser Andrés Peláez, Carlos Corvillo, Lucía Romero y Tati Jiménez. Uno a uno, me explican cuál es su trabajo en el taller de invitaciones para acto seguido, proceder. El primer paso es escoger los forros de los sobres entre la gran variedad de papeles y motivos estampados que la Fundación A la Par oferta a los novios. Andrés y Carlos me ayudan con ese proceso. Un pincel fino, cola y precisión, estos son los imprescindibles para pegar el forro. Para que quede perfectamente sellado, nos ayudamos de un pulidor y un peso. Después y con un pequeño cutter colocamos las tiras que servirán para cerrar el sobre.

Con Lucía y Tati montó una de las cajas que los novios regalan. Ellas se dedican a colocar las flores que adornan esos pequeños presentes que se llevarán los invitados en la boda. 'Gracias', se lee en las cajas, y gracias también a Lucía y Tati. Su amabilidad y cercanía son el verdadero regalo del día.

placeholder Las invitaciones con más corazón del mercado. (Cortesía)
Las invitaciones con más corazón del mercado. (Cortesía)

Salgo del taller con las manos aún impregnadas de cola y papel, pero sobre todo con una sensación difícil de poner en palabras. En un mundo que va tan deprisa, donde casi todo se envía y se olvida con un clic, aquí el tiempo parece detenerse para recordar lo importante: las manos, la dedicación, la paciencia y la alegría de hacer algo juntos. De superarse con sus limitaciones y de ser quien ellos quieren ser, porque sí pueden. Me voy con la certeza de haber vivido una de esas experiencias que no se cuentan solo con datos ni con frases bonitas, sino con emoción pura. Porque más allá de las invitaciones, de los sobres o de los detalles de una boda, lo que realmente se queda es la forma en la que te reciben, la forma en la que te enseñan y la manera en la que, sin darte cuenta, te hacen sentir parte de algo mucho más grande.

En plena era del 'te lo mando por WhatsApp', las invitaciones en papel siguen resistiendo como un pequeño gesto de lujo emocional: no son solo un medio, son una declaración de intenciones. Hay algo en el peso del sobre, en la textura del papel y en ese instante casi ceremonioso de abrirlo que ningún PDF consigue replicar. Para muchos novios, las invitaciones marcan la primera gran elección de su gran día y en manos de los invitados, son la carta de presentación de la boda, un objeto que no se pierde entre notificaciones y que, con suerte, acaba guardado en un cajón junto a otros recuerdos importantes. Lo digital es práctico, sí, pero el papel sigue teniendo ese punto de romanticismo tangible que convierte lo cotidiano en ocasión.

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