El análisis, basado en miles de personas de Estados Unidos y Europa, trazó una trayectoria emocional que inquieta tanto como fascina. Según el estudio, la felicidad es alta en la juventud, va descendiendo lentamente durante la adultez y alcanza su punto más bajo alrededor de los47 años. Después, y contra lo que muchos podrían esperar en un momento de mayor madurez, la curva vuelve a ascender. Blanchflower sintetiza este fenómeno en una frase que ya circula entre economistas y psicólogos: “La felicidad tenía forma de U con la edad y la infelicidad tenía forma de joroba”. Lo más llamativo es que esta curva se mantiene intacta incluso al ajustar variables como nivel educativo, ingresos, estado civil, empleo o país.
Los expertos suelen asociar el desplome del bienestar entre los 30 y los 40 años a la llamada “carga acumulada”: responsabilidades profesionales cada vez más exigentes, presiones económicas, crianza y cuidado familiar, y la sensación creciente de que el tiempo nunca es suficiente. Es una etapa en la que se acumulan obligaciones más rápido que satisfacciones visibles. Sin embargo, el giro llega a partir de los 50: la curva cambia de sentido y sube de forma lenta pero constante durante décadas. Personas de 50, 60 e incluso 70 años reportan niveles de satisfacción comparables a los de su infancia o adolescencia. Vuelve la perspectiva, se reducen las comparaciones y las prioridades se clarifican.
La ciencia no puede evitar que lleguemos a ese valle emocional, pero sí puede ofrecer una certeza inesperada: no dura para siempre. Después de los 47, la curva vuelve a subir… y con fuerza. Por primera vez, la estadística funciona como un pequeño consuelo: la felicidad, casi inevitablemente, regresa.