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Patricia Gil, nutricionista: "Cosas que afectan a tu salud completamente normalizadas y no hay nada que puedas hacer"
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Patricia Gil, nutricionista: "Cosas que afectan a tu salud completamente normalizadas y no hay nada que puedas hacer"

La nutricionista pone el foco precisamente ahí, en esos factores cotidianos que afectan al bienestar y que, aunque no siempre podamos cambiar, sí conviene reconocer

Foto: La nutricionista Patricia Gil, en una foto de redes sociales. (Tiktok/ @patriciagilcostera)
La nutricionista Patricia Gil, en una foto de redes sociales. (Tiktok/ @patriciagilcostera)

Vivimos rodeados de decisiones “pequeñas” que, sin darnos cuenta, se repiten cada día: qué picamos entre horas, cuánto nos movemos, cómo descansamos o qué hacemos cuando estamos estresados. Y muchas veces lo planteamos como un fallo de voluntad cuando, en realidad, también pesa (y mucho) el entorno: cómo está diseñada la vida moderna, qué mensajes recibimos y qué estímulos tenemos a un clic.

Desde esa idea parte la nutricionista Patricia Gil, que en uno de sus últimos vídeos ha puesto nombre a varias cosas que, según ella, afectan a la salud y se han normalizado hasta el punto de que ya ni las vemos. “Cosas que están afectando tu salud están completamente normalizadas”, avisa, con un matiz importante: no se trata de demonizarlas ni de vivir enfadados, sino de ser conscientes. “Siento que deberíamos enfadarnos menos con el mundo y con el tipo de vida que hemos creado, y decidirnos a actuar con lo que ya hay”, plantea.

A partir de ahí, Gil enumera varios “ingredientes” del día a día que influyen en lo que comemos, en cómo nos comportamos y en cómo gestionamos el estrés. Uno de los más evidentes es la presión constante del marketing alimentario. “Comida, comida, comida”, resume, en referencia a anuncios, promociones y estímulos permanentes que disparan el deseo de comer incluso sin hambre. A eso añade lo que llama “propaganda de la confusión”, con mensajes como bajo en grasa o sin gluten que hacen que ciertos productos se perciban como más saludables, aunque no siempre lo sean.

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Otro punto central es la mecanización de la vida: trabajos, transportes y rutinas que empujan hacia el sedentarismo. Gil recuerda que no es solo que nos movamos menos por elección, sino que muchas veces el día está montado para que ocurra así. Y ese patrón se refuerza con un ocio cada vez más sedentario (televisión, videojuegos, pantallas), que va sustituyendo actividades más activas.

La nutricionista también apunta a cambios claros en la forma de comer. Habla del consumo ocioso de alimentos: snacks disponibles a cualquier hora, picoteo dulce o salado, comer “porque está ahí”. “¿Es malo directamente? No”, matiza, pero sí reconoce que condiciona. A esto suma el aumento del tamaño de las porciones, una tendencia que se ha ido asentando tanto fuera como dentro de casa y que modifica lo que consideramos normal.

placeholder El entorno predispone al consumo de comida rápida poco saludable. (Freepik)
El entorno predispone al consumo de comida rápida poco saludable. (Freepik)

Más allá de lo físico, Gil pone el foco en lo emocional: la reducción de mecanismos para afrontar el estrés cotidiano sin tirar de soluciones rápidas. Cuando alguien se encuentra “regulinchi”, dice, tiene a mano comida, entretenimiento o distracciones que alivian a corto plazo y evitan afrontar lo que pasa. Y aquí insiste en un punto que atraviesa todo su discurso: “De nuevo, no es nuestra culpa, es lo que nos han enseñado”.

Entre los factores que menciona aparece también el aumento de personas medicalizadas, algo muy extendido y socialmente aceptado. “No menospreciemos los fármacos”, aclara, pero lo incluye como parte del contexto que define cómo entendemos la salud hoy. Y cierra con otra idea que, a su juicio, está muy presente: la cultura hedonista alrededor de la comida, donde comer muchas veces se asocia sobre todo a la experiencia y el placer.

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Gil recuerda que estas variables “se han colado poco a poco” y van inclinando la balanza en nuestra toma de decisiones. Identificarlas no cambia el mundo de golpe, pero sí puede cambiar el punto de partida: menos autoexigencia ciega y más estrategia para cuidarse “con lo que ya hay”.

Vivimos rodeados de decisiones “pequeñas” que, sin darnos cuenta, se repiten cada día: qué picamos entre horas, cuánto nos movemos, cómo descansamos o qué hacemos cuando estamos estresados. Y muchas veces lo planteamos como un fallo de voluntad cuando, en realidad, también pesa (y mucho) el entorno: cómo está diseñada la vida moderna, qué mensajes recibimos y qué estímulos tenemos a un clic.

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