El cambio de hora, una práctica habitual en muchos países con la llegada de la primavera y el otoño, vuelve a situarse en el centro del debate científico. Más allá de sus supuestos beneficios energéticos, cada vez más investigaciones advierten de sus efectos negativos sobre la salud. Un reciente estudio internacional en el que participa el investigador Darío Acuña pone el foco en cómo esta alteración impacta directamente en el organismo humano, especialmente a través del desajuste del ritmo circadiano.
Este ritmo, también conocido como reloj biológico, es el sistema interno que regula funciones esenciales como el sueño, la temperatura corporal o la liberación de hormonas. Se encuentra en una pequeña región del cerebro llamada núcleos supraquiasmáticos, situada en el hipotálamo, y actúa como un mecanismo de precisión que se sincroniza con los ciclos de luz y oscuridad. Cuando se produce el cambio de hora, este sistema no se ajusta automáticamente, lo que genera una desincronización entre el tiempo externo y el interno.
Todo es un ciclo: más dificultad para dormir, más inflamación, más estrés… y el ciclo se repite (Pexels).
Uno de los efectos más inmediatos es la alteración del sueño. Muchas personas experimentan insomnio, dificultad para conciliar el sueño o problemas para despertarse durante los días posteriores al cambio. Este desajuste puede prolongarse durante varios días, afectando al rendimiento diario, al estado de ánimo y a la capacidad de concentración. Pero las consecuencias van más allá del descanso. El estudio advierte de un aumento temporal del riesgo cardiovascular, incluyendo episodios como infartos o accidentes cerebrovasculares. Este fenómeno se relaciona con la falta de sueño, el estrés y la alteración de los ritmos biológicos que regulan funciones clave del organismo, como la presión arterial.
La clave de este proceso está en la melatonina, conocida como la “hormona del sueño”. Producida por la glándula pineal, su liberación depende de la luz ambiental. Durante el día, la luz solar inhibe su producción, manteniendo al cuerpo en estado de alerta. Al caer la noche, su concentración aumenta, preparando al organismo para el descanso. Sin embargo, el cambio de hora altera esta dinámica, especialmente al incrementar la exposición a la luz por la tarde, lo que retrasa la producción de melatonina y dificulta el inicio del sueño.
Dormir es esencial para la salud. (Pexels/ Marcus Aurelius)
Según el consenso científico en el que participa Acuña, el horario de invierno sería el más adecuado para el bienestar humano, ya que respeta mejor los ciclos naturales de luz. El horario de verano, en cambio, introduce un exceso de luz en las horas finales del día, lo que interfiere en el sistema cronobiológico y provoca lo que los expertos denominan “cronoriesgo”: un conjunto de efectos adversos que incluyen problemas cognitivos, alteraciones del sistema inmunológico e incluso un empeoramiento de enfermedades crónicas.
Además, el impacto del cambio horario no se limita a un único sistema del cuerpo. Cada célula del organismo cuenta con su propio reloj biológico, sincronizado gracias a la señal de la melatonina. En total, se estima que el cuerpo humano alberga unos 30 billones de estos “relojes”, que pueden verse alterados cuando se rompe la armonía del ciclo natural. Esta desincronización generalizada afecta a procesos tan fundamentales como la división celular o la respuesta inmunitaria.
El cambio de hora, una práctica habitual en muchos países con la llegada de la primavera y el otoño, vuelve a situarse en el centro del debate científico. Más allá de sus supuestos beneficios energéticos, cada vez más investigaciones advierten de sus efectos negativos sobre la salud. Un reciente estudio internacional en el que participa el investigador Darío Acuña pone el foco en cómo esta alteración impacta directamente en el organismo humano, especialmente a través del desajuste del ritmo circadiano.