Miguel Pita, genetista: “Existe una lista mental que guía de quién nos enamoramos”
La forma en la que nos enamoramos no es tan aleatoria como parece, el cerebro funciona con una especie de patrón interno que influye en quién nos atrae, aunque no seamos conscientes de ello y que cambia con nuestras experiencias y el paso del tiempo
El genetista habla sobre cómo nos enamoramos bajo un criterio mental (@aprendemosjuntosbbva)
¿Por qué una persona nos deslumbra y otra, aparentemente igual de interesante, no despierta nada parecido? La pregunta lleva décadas rondando la ciencia, la psicología y también las conversaciones cotidianas. Sobre esa idea ha reflexionado el genetista Miguel Pita, que plantea una explicación tan sugerente como fácil de entender: el cerebro trabaja con una especie de patrón interno que influye en la elección amorosa, aunque no seamos conscientes de ello.
Su formulación es muy gráfica. Según explica, “existe una lista mental” con varios rasgos que asociamos, sin saberlo del todo, a la pareja ideal. No sería una lista escrita ni algo racionalmente accesible, sino una especie de filtro interno que el cerebro compara con las personas que vamos conociendo. Cuando alguien encaja en varios de esos puntos y, además, coincide con un momento biológico favorable, aparece el enamoramiento.
La idea de Miguel Pita parte de una observación que resulta familiar para casi todo el mundo: no nos atrae cualquiera ni nos enamoramos de forma completamente aleatoria. El genetista sostiene que, para explicar por qué una persona concreta nos impacta de esa manera, puede pensarse en “algo semejante a una lista mental” formada por varias características que el cerebro considera importantes.
Esa lista fluctúa con el tiempo
Lo interesante es que, según su explicación, no tenemos acceso consciente a esa lista. Es decir, no siempre sabemos con exactitud qué buscamos, aunque nuestro cerebro sí maneje esa información de fondo. Esa plantilla interna, por tanto, no se activa como una decisión racional del tipo “esta persona cumple mis requisitos”, sino como una comparación mucho más sutil y automática.
No elegimos de quién nos enamoramos (Pexels)
Miguel Pita añade un matiz importante: no basta con que aparezca alguien que encaje con ese patrón interno. También tiene que darse una cierta disposición fisiológica. En sus palabras, el enamoramiento se favorece cuando estamos en “el momento ideal para enamorarnos”, algo que relaciona con una mayor presencia de hormonas sexuales y con un contexto biológico propicio para ese tipo de vínculo.
Esa idea conecta el amor con algo más complejo que la simple compatibilidad. No solo importa quién aparece, sino cómo estamos nosotros cuando esa persona llega. El encuentro entre ambos factores sería lo que explica por qué ciertas historias despegan y otras no, incluso cuando sobre el papel podrían parecer parecidas.
Uno de los puntos más interesantes de la reflexión del genetista es que esa lista no sería fija. Al contrario: se transforma con el tiempo. Cambia según las personas que conocemos, la educación recibida, las experiencias afectivas previas y también los aprendizajes acumulados tras relaciones buenas o malas.
Miguel Pita explica que esa lista “fluctúa con el tiempo” y que se va reconfigurando a medida que vivimos. Lo que en una etapa podía parecernos esencial, más adelante deja de serlo; y cualidades a las que antes no dábamos importancia pasan a ocupar un lugar central. Esto ayuda a entender por qué no buscamos lo mismo a los veinte que a los cuarenta, y por qué nuestras elecciones sentimentales suelen volverse más complejas con la edad.
A partir de esa misma idea, Pita lanza una observación muy reconocible: con los años, enamorarse suele resultar más difícil. A menudo se atribuye solo a un descenso hormonal o a una pérdida de espontaneidad, pero él introduce otra explicación complementaria. Según plantea, no solo cambia el cuerpo: también aumentan los requisitos.
Conocer a alguien que cumpla una lista mental (Pexels)
Cuanta más experiencia acumulamos, más afinado está ese filtro interno.Sabemos mejor lo que no queremos, detectamos antes ciertas incompatibilidades y añadimos nuevas exigencias a la idea de pareja ideal. Eso hace que resulte más complicado encontrar a alguien que reúna suficientes elementos de esa lista y que, además, coincida con un momento personal favorable para enamorarse.
Por eso concluye que la elección amorosa habla menos de la otra persona de lo que imaginamos y más de nuestra propia configuración interna. El flechazo, visto así, no sería solo una cuestión de destino, química o casualidad, sino también el resultado de un sistema íntimo de preferencias que el cerebro ha ido construyendo con el tiempo.
¿Por qué una persona nos deslumbra y otra, aparentemente igual de interesante, no despierta nada parecido? La pregunta lleva décadas rondando la ciencia, la psicología y también las conversaciones cotidianas. Sobre esa idea ha reflexionado el genetista Miguel Pita, que plantea una explicación tan sugerente como fácil de entender: el cerebro trabaja con una especie de patrón interno que influye en la elección amorosa, aunque no seamos conscientes de ello.