Gabriel Rolón, psiquiatra, sobre los casi algo: "Nadie es tan dueño de sus emociones para no aspirar a algo más"
El psiquiatra señala la dificultad de permanecer en relaciones indefinidas sin esperar que evolucionen, recordando que las emociones rara vez se conforman con quedarse a medio camino
Gabriel Rolón, en una de sus publicaciones en redes sociales. (Instagram/@gabriel.rolon)
Hay relaciones que empiezan sin nombre, avanzan sin definirse y se sostienen en una especie de acuerdo implícito donde todo ocurre, pero nada se concreta del todo. Son los llamados "casi algo", un terreno emocional cada vez más habitual y también más difícil de habitar de lo que parece. Sobre esa ambigüedad reflexiona el psiquiatra Gabriel Rolón, que pone el foco en una idea clave: por mucho que intentemos racionalizarlo, las emociones rara vez se conforman con quedarse a medias.
Rolón desmonta una de las creencias más repetidas en este tipo de vínculos: la idea de que uno puede mantenerse en una relación indefinida sin que aparezca el deseo de avanzar. Porque, según explica, aunque se acepte mentalmente la situación, emocionalmente suele surgir la expectativa de que eso evolucione.
El psiquiatra parte de un punto que resulta bastante reconocible: todas las relaciones comienzan siendo una posibilidad. “Todos comenzamos siendo casi algo”, señala, recordando que nadie llega a un vínculo completamente construido desde el inicio. Hay una fase natural de tanteo, de descubrimiento, incluso de cierta indefinición. El problema, según su planteamiento, no es ese comienzo, sino cuando esa etapa deja de ser transitoria y se convierte en un lugar permanente.
Para explicarlo, recurre a una imagen muy clara: la del puente. Estar en un "casi algo" sería como situarse en medio de un paso que conecta dos lugares. Se puede entender que es un momento, una transición. Pero, en el fondo, "todo puente tiene vocación de camino". Es decir, está pensado para continuar, no para quedarse en él indefinidamente.
Esa metáfora resume bastante bien lo que ocurre en muchos de estos vínculos. Aunque una persona se diga que está bien así, que no necesita más o que prefiere no definir, lo habitual es que exista una expectativa, aunque sea silenciosa, de que la relación avance. Ahí aparece la tensión entre lo que uno intenta controlar desde la cabeza y lo que realmente siente.
Rolón pone palabras a esa contradicción sin juzgarla. No habla de error ni de debilidad, sino de algo profundamente humano: el deseo de continuidad cuando hay vínculo. Por eso sostiene que es difícil sostener durante mucho tiempo un lugar ambiguo sin que aparezcan preguntas incómodas. Qué somos, hacia dónde va esto, qué lugar ocupa el otro en mi vida.
También introduce una idea importante sobre la elección personal. Porque si bien reconoce que no siempre es fácil salir de ese "casi", también sugiere que quedarse indefinidamente en él tiene un coste emocional. A veces, explica, la dificultad no está en entender la situación, sino en decidir qué hacer con ella.
Ahí aparece una de las frases más reveladoras de su reflexión: "A veces es mejor mojarse un poco que quedarse toda la vida en un lugar donde uno no quiere estar". La imagen apunta directamente al miedo que muchas veces sostiene estos vínculos: el miedo a perder, a incomodarse o a enfrentarse a una realidad que no coincide con lo que se esperaba.
El gesto que delata que tu pareja quiere dejar la relación. (Pexels)
Su planteamiento no propone respuestas cerradas, pero sí invita a una reflexión: hasta qué punto una persona puede sostener un vínculo que no termina de avanzar sin dejar de lado lo que realmente desea. Porque una cosa es aceptar el proceso de una relación y otra muy distinta acostumbrarse a un lugar que no encaja.
Al final, la idea que atraviesa todo su discurso es bastante sencilla, aunque no siempre fácil de asumir: los sentimientos no suelen quedarse quietos en el "casi". Tienden a moverse, a crecer o a pedir definición. Y cuando eso ocurre, ignorarlo no hace que desaparezca, solo lo pospone.
Hay relaciones que empiezan sin nombre, avanzan sin definirse y se sostienen en una especie de acuerdo implícito donde todo ocurre, pero nada se concreta del todo. Son los llamados "casi algo", un terreno emocional cada vez más habitual y también más difícil de habitar de lo que parece. Sobre esa ambigüedad reflexiona el psiquiatra Gabriel Rolón, que pone el foco en una idea clave: por mucho que intentemos racionalizarlo, las emociones rara vez se conforman con quedarse a medias.