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Crítica de 'Se tiene que morir mucha gente', la serie para asumir que también somos egoístas y malas personas
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Crítica de 'Se tiene que morir mucha gente', la serie para asumir que también somos egoístas y malas personas

El humor de Victoria Martín sin moralinas ni sentimentalismos en una serie que dispara a matar contra la hipocresía, los peajes de la corrección política, el postureo y las terapias facilonas que justifican nuestros actos

Foto: Fotograma de 'Se tiene que morir mucha gente'. (Movistar Plus+)
Fotograma de 'Se tiene que morir mucha gente'. (Movistar Plus+)

Hay algo en el humor despiadado de Victoria Martín que la distingue del resto de cómicas de la era Podimo. Lo que en otras resulta aleccionador o suena a (a veces zafia, y no diremos nombres) moraleja, en ella resulta un espejo, a veces deformante, en el que mirarnos.

Un humor brillante, con toda su escatología salpicada de guiños pop (que jamás se convierten en un ‘name dropping’ exhibicionista) y sus constantes referencias a conceptos muy de moda como la ‘batería social’ o los ‘postureos’ (su cuenta de Instagram se llama, precisamente, ‘LivingPostureo’) de esta bendita época que nos ha tocado vivir.

Todos esos elementos estaban presentes en su novela ‘Se tiene que morir mucha gente’y vuelven a estarlo en la serie homónima creada por ella misma que se estrena en Movistar Plus+ este mismo jueves. 

La protagonista es Bárbara, una especie de alter ego de Martín; una treintañera que pasa por una época de mierda en la que su salud mental hace aguas, mientras aguanta un trabajo como guionista de un humorista malhostiado y algo maltratador.

Bárbara comparte piso con Maca, una aspirante a actriz que vive de su trabajo como camarera y una de las pocas personas que la acepta tal como es. "Nunca has tenido empatía", le reprocha en un momento con una sinceridad frontal. 

placeholder Fotograma de 'Se tiene que morir mucha gente'. (Movistar Plus+)
Fotograma de 'Se tiene que morir mucha gente'. (Movistar Plus+)

La llegada a su piso de una tercera amiga, Elena, que está embarazada y las conoce a ambas desde la infancia; una privilegiada que hasta ese momento ha vivido cómodamente instalada en un chalé con un marido bastante más mayor, acabará por alterar su ya caótico día a día.

Lo primero que destaca en esta serie, además de unos diálogos perfilados hasta el infinito y más allá, son los recursos narrativos que diferencian de la típica producción de treintañeras en crisis. Es como si las ácidas y desencantadas protagonistas de ‘Ghost World’ se hubiesen mudado al Madrid de los pisos compartidos, los psicoanalistas y los chalés de La Moraleja. 

placeholder Las actrices en el festival Canneseries. (EFE/  Pol Lloberas Cardona)
Las actrices en el festival Canneseries. (EFE/ Pol Lloberas Cardona)

En la mayoría de secuencias, Bárbara aparece acompañada de su yo infantil (un recurso woodyallenesco que acentúa el lado más incisivo de la sátira) que no deja de señalar los errores que puntúan su existir diario. Un Pepito Grillo malévolo con cara de angelito al que solo ve ella y que también es un Belzebú (magnífica la niña Sofía Otero) que la lleva a cometer fechorías; esos pequeños actos de egoísmo propios de una persona al límite y hasta las narices de todo. 

Aunque las frases de la protagonista son las más ocurrentes ("Es como Jeffrey Dahmer pero vestida de Purificación García", dice sobre el personaje de Macarena García), las del resto de roles no se quedan atrás. Los estallidos de Elena resultan brillantes en las manos de una Macarena García que se enfrenta a un tipo de personaje en el que la hemos visto poco, la de una pija que se miente a sí misma y a los demás de manera patológica y para ocultar su propia infelicidad.

placeholder Cartel promocional de 'Se tiene que morir mucha gente'. (Movistar Plus+)
Cartel promocional de 'Se tiene que morir mucha gente'. (Movistar Plus+)

Maca, el personaje de Weissmahr, es quizá un punto de cordura entre las tres amigas, pero es una virtud de los guionistas no convertirla en ejemplarizante ni utilizarla para dejar caer algún tipo de lección moral. 

La serie la evita, como evita el sentimentalismo de autoayuda (en la secuencia final incluso se frena en seco la canción que acompaña las imágenes para dejar claro que esta nunca fue una historia destinada a ser ‘bonita’) o las canciones melosas y buenrollistas de producciones similares. 

Se puede decir que huye como la peste de los subrayados innecesarios (unas notas de Paganini son la única banda sonora de fondo en muchas secuencias). 

placeholder Macarena García y Anna Castillo, en plena psicoterapia. (Movistar Plus+)
Macarena García y Anna Castillo, en plena psicoterapia. (Movistar Plus+)

Era bastante fácil caer en el abismo de esos recursos pero en el universo Martín (por fortuna) no tienen lugar. ‘Se tiene que morir mucha gente’ dispara a matar contra la hipocresía, los peajes de la corrección política, el postureo y las terapias facilonas que justifican nuestros actos. 

Como el humor de la propia Victoria Martín, es una imagen especular que nos obliga a reconocer que, con ayuda o sin ayuda de esta sociedad desalmada, a menudo podemos llegar a ser muy malas personas y muy egoístas. Aunque esos defectos también sean aquellos por los que nos queremos y por los que también queremos a los demás.

Hay algo en el humor despiadado de Victoria Martín que la distingue del resto de cómicas de la era Podimo. Lo que en otras resulta aleccionador o suena a (a veces zafia, y no diremos nombres) moraleja, en ella resulta un espejo, a veces deformante, en el que mirarnos.

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