El médico y divulgador Gabor Maté ha reflexionado recientemente sobre esta cuestión desde una perspectiva evolutiva. Su planteamiento parte de una idea sencilla: los seres humanos no estamos preparados para vivir desconectados unos de otros porque, durante casi toda nuestra historia, sobrevivimos gracias a la comunidad.
Maté recuerda que el Homo sapiens existe desde hace entre 150.000 y 200.000 años y plantea una comparación muy visual para entenderlo. Explica que, si toda la evolución humana se comprimiera en una hora de reloj, “hasta hace tres minutos vivíamos en pequeños grupos de cazadores-recolectores totalmente conectados entre sí”.
Durante miles de generaciones, la vida humana estuvo organizada alrededor del grupo. Las familias extensas convivían juntas, los niños crecían acompañados por tíos, abuelos y vecinos, y las tareas diarias dependían de la colaboración constante. La conexión social no era un complemento emocional, sino una herramienta básica de supervivencia.
Por eso, según explica el experto, el cerebro y el cuerpo humano evolucionaron esperando ese tipo de vínculos. Cuando una sociedad fomenta el aislamiento individual, entra en conflicto con necesidades profundamente arraigadas en nuestra biología.
Diversas investigaciones médicas llevan años apuntando en esa dirección. La falta de relaciones sociales estables se ha relacionado con niveles más altos de estrés crónico, alteraciones del sueño, inflamación y mayor vulnerabilidad cardiovascular. El cuerpo interpreta la desconexión como una amenaza sostenida.
Maté también pone el foco en cómo han cambiado las dinámicas sociales modernas. Las familias viven más separadas, los vínculos vecinales son más débiles y muchas relaciones cotidianas han pasado a desarrollarse de forma digital o más superficial. A eso se suma un estilo de vida cada vez más individualista que, según él, agrava la sensación de desconexión.
Por eso, el aumento de la soledad no puede entenderse únicamente como un problema personal o circunstancial. Para muchos especialistas, se trata también de una cuestión social y de salud pública que afecta a distintas generaciones y que sigue creciendo, especialmente en las grandes ciudades y en contextos donde las redes de apoyo son cada vez más frágiles.