Durante décadas, recibir un diagnóstico cardiovascular podía asociarse casi automáticamente con una recomendación: reposo y cuidado con los esfuerzos. La medicina ha ido matizando considerablemente esa idea. Tener una enfermedad cardiaca no significa necesariamente que el ejercicio esté prohibido, aunque el tipo, la intensidad y la supervisión necesaria dependen de cada paciente.
Abellán lo explica de una forma muy gráfica: mediante el ejercicio estamos enseñando al corazón “a acelerarse, a equilibrarse y saber cuándo tiene que frenarse”. Con el entrenamiento regular se producen distintas adaptaciones cardiovasculares que permiten responder de manera más eficiente a las demandas del organismo.
Tras un año, señala Abellán, quienes habían realizado ejercicio no solo presentaban una mejor condición física, sino que habían reducido considerablemente el tiempo que permanecían con la arritmia. El especialista utiliza estos resultados para cuestionar la idea de que cualquier aceleración del corazón debe evitarse cuando existe un problema cardiovascular.
Ejercicio sí, pero no “a lo loco”
Existe, sin embargo, un matiz fundamental en su explicación: el ejercicio estaba supervisado. Que la actividad física pueda resultar beneficiosa para determinados pacientes no significa que cualquier persona con una enfermedad cardiaca deba comenzar por su cuenta un entrenamiento intenso.
Los ejercicios de fuerza pueden adaptarse a cualquier edad y nivel de condición física. (Magnific / Freepik)
Una arritmia, una insuficiencia cardiaca o una cardiopatía coronaria requieren situaciones y recomendaciones diferentes. La capacidad funcional, la medicación, los síntomas y el estado clínico ayudan a determinar cuánto ejercicio puede realizar una persona y con qué intensidad. Ante una enfermedad cardiovascular diagnosticada, el entrenamiento debe individualizarse siguiendo las indicaciones de los profesionales sanitarios.
Abellán condensa esta idea con una frase: “Si el ejercicio hace eso con un corazón enfermo, imagínate lo que protege a un corazón sano”. Más que interpretar el esfuerzo como algo de lo que el corazón debe protegerse, el planteamiento consiste en entender que, cuando se realiza de manera adecuada, el ejercicio es precisamente uno de los estímulos que permiten al sistema cardiovascular mantenerse preparado para responder a las exigencias de la vida diaria.
Durante décadas, recibir un diagnóstico cardiovascular podía asociarse casi automáticamente con una recomendación: reposo y cuidado con los esfuerzos. La medicina ha ido matizando considerablemente esa idea. Tener una enfermedad cardiaca no significa necesariamente que el ejercicio esté prohibido, aunque el tipo, la intensidad y la supervisión necesaria dependen de cada paciente.