Carmen Martínez-Bordiú, 75 años de una intensa vida que ahora quiere que sea invisible
Tras años de protagonismo social, Carmen Martínez-Bordiú vive hoy alejada del foco mediático. De su intensa vida sentimental y familiar a su discreta etapa actual, repasamos la historia de la nieta de Franco y su transformación pública
Carmen Martínez-Bordiú, en una imagen de archivo. (Gtres)
Hace tiempo que Carmen Martínez-Bordiú no quiere celebraciones a lo grande por su cumpleaños. Y en realidad por ninguna fecha señalada. Desde que murió su madre, Carmen Franco, su primogénita dejó de ser personaje principal en la vida social. De ese estado mediático donde era imprescindible junto a su amiga Isabel Preysler pasó a otra etapa en forma de invisibilidad. Es el tiempo en el que se encuentra ahora. Así lo eligió y así lo ha mantenido estos años.
De ella se supo todo desde que nació. Así quedó reflejado en su biografía, ‘Carmen Martínez-Bordiú, A mi manera’, (Ediciones B). A la niña Carmencita la vigilaba la Guardia Mora del abuelo y las nanis. Los padres estaban a otra cosa. Sobre todo el marqués de Villaverde, que además de mantener una vida afectiva paralela llegaba a su bar preferido en la calle de Serrano de Madrid, donde había una foto del dictador, y le saludaba con un “Hola, suegro”. Estaba visto que le gustaba que le rieran las gracias.
Carmen Martínez Bordiú, en una visita a Madrid, en una imagen de archivo. (Gtres)
Carmen cambió de niña mimada por la abuela, de joven constreñida por un padre que veía, como en el refrán, la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo, a una mujer libre que se enamoró de un francés republicano, de mente abierta, culto y fundamentalmente demócrata. Este cóctel afectivo resultó terrible para los intolerantes y, cuando se instaló en París con Jean Marie Rossi, la llamaron de todo menos bonita.
Utilizaron palabras muy duras para calificar su decisión. Entre ellas la de mala madre, que el duque de Cádiz utilizó en la solicitud de anulación matrimonial en el Tribunal de la Rota. En sus alegaciones, las más suaves fueron las siguientes: “Ha tenido que recibir una buena formación religiosa, pero no se ha reflejado prácticamente en su vida. Se ha visto en ella la carencia de unos fundamentos fuertes como mujer, como esposa y como madre. Ha sido una esposa poco madura, irreflexiva, ligera, maniática en el orden y en otras muchas cosas”.
Alfonso de Borbón y Dampierre y Carmen Martínez-Bordiú en su boda. (Gtres)
Y la suegra, Emanuela Dampierre, casada con Jaime de Borbón, hijo de Alfonso XIII, la llegó a calificar de hechos terribles por el supuesto abandono de hogar. Olvidaba la señora que ella se divorció del infante sordomudo y abandonó en un internado en Suiza al duque de Cádiz y a su hermano Gonzalo cuando se enamoró de otro señor. Lo de siempre, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Carmen fue feliz en París. Y sobre todo generosa. Hacía sus reportajes millonarios en la revista Hola, pero en cambio facilitaba la vida a los periodistas cuyos medios no pagaban. Fui una de ellas. En varias ocasiones en las que le trasladé el interés de realizar una entrevista, no solo no pidió nada, sino que en París nos invitó a comer en uno de sus lugares preferidos cerca de Avelino, la tienda de antigüedades de Jean Marie Rossi. Y en otra ocasión nos recibió en su casa de Rueil-Malmaison, en el distrito de Nanterre, a doce kilómetros de la capital. Lo curioso de este domicilio era que el de su ex mujer se encontraba también en el mismo lugar, con una separación de un pequeño jardín.
Después llegaría la separación, un novio poco recomendable que no le dio buena vida y más tarde José Campos, con el que no acabó muy bien. Cuando llegó el divorcio hubo demandas y contrademandas.
Carmen Martínez-Bordiú, en una imagen de archivo. (Gtres)
La boda en Cantabria dio para mucho. Varios invitados se liaron entre ellos mientras las parejas dormían. Y hubo experiencia rural para Isabel Preysler, que montó una excursión por carretera con el grupo de amigas de siempre de la novia. A mitad de camino pararon para comer. No lo hicieron en un restaurante de lujo, sino en medio del campo. Isabel, como siempre, había dispuesto hasta el último detalle: la mesa con mantel, servilletas de tela, platos, copas y un menú variado de la pastelería Mallorca.
Campos dejó de formar parte del historial de la exduquesa de Franco
Muy lejos quedan los reportajes absolutamente únicos donde lo mismo aparecía en la selva como protagonista de Gorilas en la niebla, o con fondo de pirámide y estilismo beduino, que celebrando su tercera boda vestida de emperatriz. No eran reportajes cursis, sino distintos, que marcaban la personalidad de la que nunca quiso ejercer de Alteza Real.
Lo fue por matrimonio con el duque de Cádiz, con el que nunca debería haberse casado. Tenía veinte años, un padre que controlaba su vida hasta que decidió casarse con el pretendiente que le habían buscado. Como he contado, llegaron novios, maridos, amantes y quizá el que mejor la trató y de quien dijo públicamente que había sido el hombre del que más enamorada había estado fue Luismi Rodríguez, el dueño de Desguaces La Torre, con el que sigue manteniendo una bonita amistad.
Hace tiempo que Carmen Martínez-Bordiú no quiere celebraciones a lo grande por su cumpleaños. Y en realidad por ninguna fecha señalada. Desde que murió su madre, Carmen Franco, su primogénita dejó de ser personaje principal en la vida social. De ese estado mediático donde era imprescindible junto a su amiga Isabel Preysler pasó a otra etapa en forma de invisibilidad. Es el tiempo en el que se encuentra ahora. Así lo eligió y así lo ha mantenido estos años.