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20 años sin Rainiero II, el príncipe que levantó Mónaco: de las ambiciones de su hermana a su matrimonio con Grace Kelly
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PRINCIPADO DE MÓNACO

20 años sin Rainiero II, el príncipe que levantó Mónaco: de las ambiciones de su hermana a su matrimonio con Grace Kelly

20 años después de su fallecimiento, recordamos todo lo que hizo Rainiero II por Mónaco. A él le tocó llevar a cabo una ardua tarea de reconstruir y de mantener incólume la existencia de un estado minúsculo

Foto: Rainiero de Mónaco junto a Grace Kelly y sus dos hijas, Carolina y Estefanía. (Gtres)
Rainiero de Mónaco junto a Grace Kelly y sus dos hijas, Carolina y Estefanía. (Gtres)

Aquellos que residen en Mónaco, y que gozan del privilegio de formar parte de su todavía exclusiva sociedad, no tienen sino palabras de elogio para recordar al añorado príncipe Rainiero quien, a lo largo de sus 56 años de reinado, dotó al principado de un brillo incomparable que, todavía a día de hoy, vive de aquellos réditos. Algo que no son palabras vacías, porque a él le tocó llevar a cabo una ardua tarea de reconstruir y de mantener incólume la existencia de un estado minúsculo de nula relevancia. De una roca que si gracias al afamado casino había atraído a grandes duques rusos, millonarios americanos y príncipes europeos de toda suerte a finales de la belle époque, había quedado muy golpeada por la Primera Guerra Mundial y enredada en una crisis dinástica para los Grimaldi (en realidad Goyon de Matignon)

Al viejo y apreciado príncipe Alberto I le había sucedido en 1922 su hijo, Luis II, que era un solterón impenitente a quien seguían en el orden sucesorio sus primos alemanes, los duques de Urach, a quienes la República Francesa había puesto el veto total como enemigos de guerra. La dinastía tenía que proveer en la sucesión y Luis II recurrió a rescatar a una hija ilegítima, que años antes había nacido de su relación con una joven de quien se dice que, o bien era una lavandera de Argel o una cabaretera de París. Fue así como la pequeña Carlota, después flamante duquesa de Valentinois, pasó a convertirse en heredera del principado mientras se le buscaba esposo entre lo mejor de la nobleza francesa. El príncipe Javier de Borbón-Parma le hizo ascos y terminó casándose con el refinado conde Pierre de Polignac, poco interesado por las damas. Un matrimonio de muy corto recorrido y muchos desencuentros terminado en divorcio en 1933, pero del que nacieron los príncipes Antoinette y Rainiero en quienes, con su madre fuera de escena, iba a recaer la sucesión.

placeholder Rainiero y su hermana, Antoinette, practicando esquí acuático. (Gtres)
Rainiero y su hermana, Antoinette, practicando esquí acuático. (Gtres)

Eran tiempos de horas bajas, Rainiero fue enviado a estudiar en Inglaterra para afirmar su carácter pero, a su regreso a Mónaco, apenas conocía a nadie temiendo que fuese su hermana quien se hiciese con el trono a la muerte de su abuelo. Una princesa con personalidad, ambición, nacionalista y cercana al fascismo italiano, que podía poner en peligro la delicada neutralidad del principado clave para su singular supervivencia. La llegada de la Segunda Guerra Mundial, en la que Rainiero participó alistado en el ejército de la Francia libre, puso freno momentáneo a aquellas ambiciones de su hermana, que se repetirían años después llegando a un intento de golpe de estado con Rainiero ya en el trono a partir de mayo de 1949.

Soltero impenitente y sin hijos, la sombra de Antoinette, ya madre de tres hijos con el tenista y abogado monegasco Alexandre Noghès, era muy alargada con un principado a la baja con graves problemas económicos derivados de las gruesas deudas contraídas durante la guerra. Cabía actuar, y casar al tímido y taciturno príncipe, por entonces entretenido en una relación amorosa con la actriz francesa Gisèle Pascal, y en esas apareció en escena el creso Aristóteles Onassis quien, con gran inteligencia, se había hecho con la mayor parte del accionariado de la Sociedad de Baños de Mar, gestora de los principales activos financieros del principado: el Casino, la Ópera y el lujoso Hotel de París.

Se cuenta que Onassis le propuso tres nombres de mujeres por entonces en lo más alto de su fama, como posibles esposas que pudieran contribuir a convertir el principado en la nueva meca de los ricos y los poderosos: Natalie Wood, Gene Tierney y la mismísima Marilyn Monroe. Sin embargo fue la blanca y virginal Grace Kelly quien, a través de Olivia de Havilland, se llevó el gato al agua (su adinerado padre aportó dos millones de dólares de dote) cuando la un tanto más snob realeza europea no contemplaba un enlace con los Mónaco, con quienes únicamente mantenía un parentesco lejano. Un matrimonio que dio un vuelco a la situación llevando el interés de la prensa internacional al principado, que comenzó a atraer a las fortunas importantes gracias a los grandes nombres de la escena y a los notables de la gran sociedad internacional: los duques de Windsor, Charlie Chaplin, David Niven, Cary Grant y tantísimos otros.

placeholder Rainiero junto a su familia y su hermana. (Gtres)
Rainiero junto a su familia y su hermana. (Gtres)

En 1962, y tras desafiar el poder de Francia enfrentándose al general De Gaulle que atacaba el régimen fiscal del principado, Rainiero consiguió alcanzar una reconciliación familiar con Antoinette ya casada en segundas nupcias con el jurista y político monegasco Jean Charles Rey, y ahora titulada por su hermano baronesa de Massy. Así, y alcanzada la paz familiar, él pudo ocuparse de reducir al mínimo el peligroso poder de Onassis quien en 1966 abandonó finalmente el principado dejando en manos del príncipe el control total de la Sociedad de baños de Mar.

Comenzaban los años de vino y rosas con Mónaco como parada obligada de todos los importantes, la reina Victoria Eugenia de España ayudó a Grace a introducirse con notable glamour entre la realeza europea (brilló particularmente en la boda de don Juan Carlos y doña Sofía en Atenas en 1962) y Rainiero se convirtió en el príncipe constructor que otorgaba permisos para la elevación de grandes rascacielos, al tiempo que Grace creaba eventos de gran renombre como los bailes de la Rosa y de la Cruz Roja que desde entonces, y año tras año, congregan a ricos y glamorosos.

El urbanismo y la imagen del principado cambiaron de forma espectacular, el príncipe dotó al país de una constitución, promocionó los estudios oceanográficos y la protección de Mediterráneo, consiguió la entrada del principado en las Naciones Unidas y en el Consejo de Europa y contribuyó a la creación de nuevas e importantes infraestructuras como el moderno e imponente dique del puerto.

placeholder Rainiero y Grace junto a sus tres hijos. (Gtres)
Rainiero y Grace junto a sus tres hijos. (Gtres)

Él y Grace conformaron el tándem perfecto, que consiguió poner durante años a Mónaco y a la familia principesca en el centro de la atención internacional. Sin embargo, la inesperada y temprana muerte de ella en 1982, con su fuerte impacto emocional, dieron paso a un lento declinar del príncipe en medio de los no pocos escándalos protagonizados por sus hijos. Mantener alto el pabellón sin Grace ya no era tan fácil, pero ahí estaba él para sostener a su pequeño estado del que se sentía tan orgulloso y en el que era tan querido.

Su fallecimiento en 2005, coincidente con el del papa Juan Pablo II cuatro días antes, levantó una oleada de reconocimiento tanto local como internacional y a su solemne funeral asistieron el rey Juan Carlos de España, el rey Alberto de Bélgica, la reina Sonia de Noruega, el presidente francés Jacques Chicac, el príncipe Andrés de Inglaterra y Farah Diba entre otros muchos personajes notables que quisieron rendirle justo homenaje.

Aquellos que residen en Mónaco, y que gozan del privilegio de formar parte de su todavía exclusiva sociedad, no tienen sino palabras de elogio para recordar al añorado príncipe Rainiero quien, a lo largo de sus 56 años de reinado, dotó al principado de un brillo incomparable que, todavía a día de hoy, vive de aquellos réditos. Algo que no son palabras vacías, porque a él le tocó llevar a cabo una ardua tarea de reconstruir y de mantener incólume la existencia de un estado minúsculo de nula relevancia. De una roca que si gracias al afamado casino había atraído a grandes duques rusos, millonarios americanos y príncipes europeos de toda suerte a finales de la belle époque, había quedado muy golpeada por la Primera Guerra Mundial y enredada en una crisis dinástica para los Grimaldi (en realidad Goyon de Matignon)

Rainiero de Mónaco
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