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murió el sábado a los 104 años

Olivia de Havilland: la prematura muerte de su hijo de la que no quería hablar

La protagonista de 'Lo que el viento se llevó' y 'La heredera' tuvo una vida poco complicada, pero sufrió la pérdida de su hijo mayor en 1991

Foto: Olivia de Havilland y su hijo Benjamin. (Cordon Press)
Olivia de Havilland y su hijo Benjamin. (Cordon Press)

Olivia de Havilland fue toda una dama. Tanto o más que la Melania Hamilton de 'Lo que el viento se llevó', la película de su filmografía por la que más le preguntaron hasta el fin de sus días. Si alguien bucea en la hemeroteca verá que, a la hora de hablar de su eterna guerra fraticida con Joan Fontaine, fue esta última la que más habló del tema. La protagonista de 'Rebeca' llegó a echar pestes de Olivia incluso con Terenci Moix en un maravilloso (y hoy impensable) programa de Televisión Española en el que se dedicó a traer a nuestro país a las grandes luminarias del viejo Hollywood.

Fallecida este sábado a los 104 años, Olivia de Havilland no fue una mujer que hablase en exceso de sus desvelos más privados. Ni siquiera sobre Dragon Lady, el apodo con el que calificaba a su hermana Joan. Tampoco de Benjamin, el hijo que tuvo en 1949 y al que perdió muy pronto, en 1991, cuando apenas superaba los 40 años.

Olivia de Havilland y su primer marido junto a Benjamin, recién nacido en 1949. (Cordon Press)
Olivia de Havilland y su primer marido junto a Benjamin, recién nacido en 1949. (Cordon Press)

Benjamin llegó a la vida de Olivia cuando todo le sonreía en su vida personal y profesional. A finales de los 40 acababa de rodar 'La heredera', película por la que ganaría su segundo Oscar interpretando a Catherine, la antiheroína salida de la pluma de Henry James; un alma cándida a la que el despecho y el desprecio de su padre acaban convirtiendo en un alma resentida. Era una especie de evolución del icono acaramelado de Olivia, que había demostrado tener una personalidad más litigante que la que se le presuponía viéndola como la damisela en apuros de las películas con Errol Flynn en los años 30; mucho más aguerrida que la bondad de su dulce Melania. Además, se había librado del yugo de la Warner en 1943, cuando ganó el pleito que pondría nombre a la 'ley de Havilland'; un escrito que hizo que los intérpretes dejaran de sufrir esos leoninos contratos que los ataban a una empresa durante siete años y los obligaban a hacer películas en las que no querían estar.

El padre de Benjamin era Marcus Goodrich, un escritor y periodista con el que Olivia se había casado en 1946 después de una serie de romances con Howard Hughes, James Stewart y John Huston. Las primeras fotografías de Marcus y Olivia revelan lo orgullosos que los padres primerizos se sentían del pequeño Benjamin. Las fotos promocionales de entonces, en las que era habitual ver a la estrella de turno con su retoño, también muestran a la actriz feliz y sonriente junto a su primogénito. Pero el divorcio rompió, en 1952, la paz familiar en la casa de la estrella. La propia Joan Fontaine ya había mirado con escepticismo el matrimonio de su hermana. "Todo lo que sé de él es que ha tenido cuatro esposas y escrito un libro. Qué lástima que no sea al revés", cuentan que dijo, irónicamente, la protagonista de 'Rebeca'.

Olivia de Havilland, en un retrato.
Olivia de Havilland, en un retrato.

En 1955, Olivia se volvió a casar; esta vez con el francés Pierre Galante. En su decisión de trasladarse definitivamente a París no solo influyó la nacionalidad de su marido, sino también la custodia de Benjamin, que la actriz no quería perder. Finalmente, se pudo instalar en Francia con Galante, su primogénito y la hija que vino después, Gisèle, nacida en 1956. Fue por aquella época cuando a de Havilland empezó a dejarle de interesar el mundo de Hollywood y de las películas. Cuando aparecía en alguna, era de forma esporádica, como aquella vez que sustituyó a una enferma Joan Crawford en el rodaje de 'Canción de cuna para un cadáver', cinta que la volvió a unir a su gran amiga Bette Davis.

Benjamin siguió creciendo a caballo entre Francia y Estados Unidos, entre París y Los Ángeles. A los 19 años le fue diagnosticado un linfoma de Hodgkin. Eso no impidió que estudiase en la Universidad de Texas y se acabase convirtiendo en un reconocido matemático. Tanto quería a su madre que en 1964 rompió su anonimato y participó en un programa de 'This is your life' dedicado a ella. El espacio, una especie de 'Sorpresa, sorpresa' sesentero y norteamericano, agasajaba a una estrella invitando al plató a sus familiares y amigos. Tristemente, la vida de Benjamin fue corta, ya que una dolencia cardiaca provocada por la enfermedad de Hodgkin acabó con su vida en 1991, cuando tenía 41 años. Su madre estuvo con él hasta el final, pero pocas veces mencionó su pérdida en los medios.

Olivia de Havilland, premiada ante George Bush en 2008. (Reuters)
Olivia de Havilland, premiada ante George Bush en 2008. (Reuters)

Olivia, que se había cansado de los oropeles de la fama durante su reclusión francesa, sufrió una especie de 'síndrome Katharine Hepburn' conforme fue envejeciendo. Como ocurrió con la Hepburn, a partir de los 90 fue más fácil entrevistarla y no se perdió ni una sola entrega de los premios que le otorgaban: desde la Medalla de las Artes que el entonces presidente Bush le entregó en 2008 al de Dama del Imperio Británico que le interpuso la mismísima Isabel II cuando ya había cumplido los 100 años, en 2017. A mediados de la década de los 2000 también asistió a una ceremonia de los Oscar o participó en los extras del DVD de 'Lo que el viento se llevó'. Incluso aceptó una larga entrevista y unas fotografías con su cuello rodeado de perlas cuando ya era centenaria. Parecía como si, de repente, se hubiese dado cuenta de que ella era el último eslabón de un Hollywood que ya sonaba a eco lejano, a naftalina para las nuevas generaciones.

Pese a las apariciones públicas, pocas veces hablaba de su hijo Benjamin y de su fallecimiento en las entrevistas. Olivia era una dama de hierro que aseguraba querer vivir hasta los 110 años. Solo quería que la viesen frágil en el cine, en aquellas películas de los inicios de su carrera en las que la dulzura fue parte indisociable de su icono. Y como los grandes de la era dorada de Hollywood, prefirió cultivar una imagen y no revelar demasiado de sus propias penas y miserias. La realidad siempre fue mucho peor que aquel cine cargado de estrellas, sueños y delirios de grandeza.

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