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Egipto, el imperio del desierto y el Nilo
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Egipto, el imperio del desierto y el Nilo

Egipto es de esos lugares que dejan un sabor agridulce en los labios y cuyo recuerdo perdura en la memoria de quien lo ha visitado de

Foto: Egipto, el imperio del desierto y el Nilo
Egipto, el imperio del desierto y el Nilo

Egipto es de esos lugares que dejan un sabor agridulce en los labios y cuyo recuerdo perdura en la memoria de quien lo ha visitado de la misma forma que sus monumentos se mantienen en pie casi como si fueran a durar eternamente.

Aterrizamos en Asuán, allí donde el Nilo resurge tras la unión del Nilo Blanco y el Nilo Azul para convertirse en el ‘Nilo Faraónico’, ya sin aquellos feroces cocodrilos que acosaban a los aventureros en las películas de Hollywood. Desde la construcción de la presa ya no hay ninguno en las aguas desde esta zona, en la frontera con Sudán, hasta la desembocadura en el Mar Mediterráneo.

Ese río, al que los antiguos llamaban Iteru (‘el gran río’), sin el que el desarrollo de la humanidad no hubiese sido el mismo, nos espera con los brazos abiertos. Ese es otro de los regalos del Nilo: poder observar desde las aguas 5.000 años de historia.

De esa historia, y tras la construcción de las dos presas de Asuán, han rescatado el templo de Abu Simbel. Para llegar hasta él desde la ciudad hay que recorrer el desierto durante unas horas en una caravana guiada por militares que sale a las 4 de la madrugada. Son los inconvenientes de las normas de seguridad de un país que vive del turismo. Por el otro lado, el lujo que supone ver amanecer sobre las doradas ondas del desértico paraje.

Y merece la pena. Un inmenso templo dedicado a Ramsés II con colosales estatuas de 20 metros de altura, que representa como ninguno el estilo arquitectónico del Egipto Nubio. Junto al templo de Ramsés se alza otro de similares características dedicado a Nefertari, una de las esposa de este faraón, que alcanzó la categoría de dios y que gobernó durante 66 años las tierras egipcias (se calcula que fue entre los años 1279 y 1213 a.C).

Pero las aguas del Nilo, que estuvieron a punto de tragarse este templo, tienen más que mostrar a lo largo de su transcurso hasta la desmbocadura. Los templos de Kom Ombo, la isla elefantina e infinidad de templos dedicados a divinidades como Osiris, Isis, Horus y por supuesto, el dios Ra, o Amón Ra, el más importante de todos los dioses para los tebanos.

Llegamos a Luxor, la antigua Tebas, allí donde cuenta la leyenda que Edipo, desterrado, resolvió el enigma que la esfinge le proponía, provocando su muerte al saltar de la roca en la que se encontraba. Luxor acoge no sólo el templo que lleva el nombre de la ciudad sino también el de Karnak y da acceso al Valle de los Reyes (donde fue hallada la tumba de Tutankamon), al de las reinas y a los colosos de Memnon.

El templo de Luxor es probablemente uno de los más conocidos del valle del Nilo. Su edificación, que se inició con Amenhotep III, aunque fue Ramsés II quien la terminó. De los dos obeliscos gemelos que había en su interior tan sólo queda uno. El otro fue trasladado a París en el año 1833 y permanece desde entonces en la plaza de la Concordia.

Seguimos nuestro camino hacia El Cairo. Una ciudad poblada por 16 millones de habitantes y que no conoce los pasos de peatones ni los semáforos. Junto al sonido del muecín se mezclan los miles de claxon que los conductores hacen sonar. Curiosamente los cairotas no golpean la bocina de sus vehículos para reclamar a alguien que ha cometido una imprudencia, sino para avisar de que son ellos quienes van a hacerlo. Algo que es de agradecer en una ciudad con un tráfico caótico en la que más de uno desearía poder volar para no tener que cruzar ninguna de esas calles en las que no hay límite de velocidad, ni semáforo, ni señal de tráfico que valga.

A lo lejos vemos las pirámides de Gizah. Aunque antes de ir hasta allí tenemos que descubrir los rincones que El Cairo (del árabe, Al-Qāhira, ‘la fuerte’) puede ofrecernos. Como la ciudadela de Saladino, que gobierna la ciudad desde lo alto. O su zoco, Khan El Khalili, donde siempre habrá un platero, que se ha apodado a sí mismo como Jordi, (herencia de su paso por Barcelona) dispuesto a hacer un descuento a los estudiantes españoles que pasen por allí. Se confiesa un enamorado de España, y al mismo tiempo, en ocasiones, en su voz se nota un cierto resquemor hacia el país que nunca sabremos si es real.

Y es que, de la misma forma que los paisajes egipcios se presentan ante nuestros ojos como algo entre la ficción, también sus habitantes se pronuncian ante los extraños con la misma ambigüedad. Amables hasta el extremo y avispados y desconfiados por el otro.

Los egipcios persiguen, regatean, aprenden inglés, ruso, chino o español, dicen que algo es más barato que cualquiera de nuestras cadenas de hipermercados e incluso, alguno que otro, recurre a ajados chistes televisivos que algún turista desaprensivo les hizo conocer sin saber bien que significa. Tan sólo que provoca una carcajada y eso, al final, son monedas de más. Son nobles de corazón, pero la necesidad les ha enseñado a ocultar la cara amarga de un país en el que la principal fuente de ingresos es el turismo.

Y por eso nos miman. Nos muestran su barrio copto, sus magníficas mezquitas y, por fin, nos llevan a ver la única de las antiguas siete maravillas que se mantiene en pie: La pirámide de Keops. Junto a ella, un poco menores están la de Kefren y la dedicada a Micerinos, siempre vigiladas por una esfinge que no puede oler ya nuestra presencia por culpa de un cañonazo certero. Pero nos vigila, vela por los tesoros que algunos aún sueñan que hay bajo la arena dorada que envuelve a las verdaderas joyas: unas edificaciones que se mantienen en pie más de 40 siglos después de su construcción.

Egipto es de esos lugares que dejan un sabor agridulce en los labios y cuyo recuerdo perdura en la memoria de quien lo ha visitado de la misma forma que sus monumentos se mantienen en pie casi como si fueran a durar eternamente.