Lily Allen: más música y menos copas
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Lily Allen: más música y menos copas

Tómense doce canciones inconfundiblemente pop, popquesí, y recúbranse con una fina capa de actitud. Envuélvase todo en un bello traje de gala y unas zapatillas deportivas

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Lily Allen: más música y menos copas

Tómense doce canciones inconfundiblemente pop, popquesí, y recúbranse con una fina capa de actitud. Envuélvase todo en un bello traje de gala y unas zapatillas deportivas y a continuación riéguese delicadamente con botellas de ginebra y otros productillos más o menos fuera de la ley. Ponga a diez paparazzi a fotografiar todo hasta el más mínimo detalle y voilà, tendrá usted entre sus manos a Lily Allen. Más de dos años después de su primer trabajo la británica vuelve esta semana a las tiendas de discos –físicas y virtuales– con It’s not me, it’s you, su segundo álbum de estudio. En un gesto que dice mucho de una de las primeras estrellas que surgió de Internet, Allen colgó en streaming todo el contenido de su disco en MySpace hace algo más de una semana y lo venderá a un precio muy reducido durante unos días.

Las cartas –o las rayas de cocaína, quien sabe– están sobre la mesa desde el primer tema: Everybody’s at it (algo así como Todo el mundo le da, o Todo el mundo se pone) habla sobre drogas, algo de lo que ella sabe bastante. Porque conoce la mala vida, pero también la buena, y sobre todo trata de no quedarse nada dentro del tintero: sus salidas de tono (como “que te jodan, Elton [John], tengo 40 años menos que tú y toda la vida por delante”) son ejemplo para algunos de una diarrea mental imparable y para otros, fruto de una mente brillante que canta las verdades del barquero de la industria del pop que nadie se atreve a decir.

Allen vuelve a abrir su diario personal y a contar en canciones lo que le ocurre en el día a día: si en su primer álbum hablaba de la paliza que le metían sus amigos a un ex novio infiel o de las sobredosis de marihuana de su hermano pequeño ahora toca hablar de la vida de la celebrity acosada, aunque sus tópicos siguen ahí: la obsesión por la figura perfecta que transmiten los medios, el brillo de las joyas y cierta crítica política: por ejemplo el tema Fuck you (la traducción es bastante innecesaria) está dedicada al ex presidente estadounidense George W. Bush.

 

Hace algo más de tres años Lily Allen comenzó a colgar sus temas en MySpace, de modo que cuando su primer disco, Alright Still, llegó a las tiendas en 2006 ya tenía una legión de fans en Internet. El suyo fue un caso pionero y la prensa británica la convirtió en su personaje favorito del momento. Lo malo –según como se vea– es que los periodistas, sobre todos los de los tabloides sensacionalistas, se fijaban más en sus melopeas antológicas que en su música. Lily era una pieza jugosa: forma parte de la aristocracia artística británica de las últimas décadas por herencia familiar y creció con Damien Hirst o Damon Albarn, amigos de su padre Mike Allen (el ‘camello’ de la película Trainspotting), a su lado.

 

Si hay algo que le sobra es la capacidad de reírse de si misma y de la industria musical. Igual cuelga en su Myspace fotos suyas mientras un guardaespaldas la tiene que meter en un coche medio borracha que se marca una versión unplugged del ‘Womanizer’ con el que Britney Spears ha regresado al mundo de la música apoyándose con un piano y una pandereta que deja en evidencia la versión orginal de la de Louisiana. Pija o macarra, inteligente o simplemente una 'jeta'... Lily es una reina del pop que construye piedra a piedra su propio imperio. 
 

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