Vamos a decirlo claro: Meryl Streep nunca ha sido un referente de estilo. Ni lo ha intentado. Durante años ha jugado a otra cosa. A ser la mejor actriz de su generación, que no está mal, y a dejar la moda en un segundo plano bastante evidente.
Si miras fotos de hace veinte años, cuando estaba con El diablo viste de Prada, todo encaja. Traje sastre sin complicarse, blusas que no dicen nada, algún vestido correcto sin más. Era ese tipo de look que no molesta, pero tampoco te acuerdas al día siguiente. Y esto no era casual. Era una decisión bastante clara: no competir con el personaje, no robar foco, no meterse en un terreno que no le interesaba especialmente. Pero ahora la cosa ha cambiado.
Desde 2024, más o menos coincidiendo con su separación de Don Gummer después de más de cuatro décadas, hay un giro bastante evidente. Y si además metes en la ecuación a Martin Short —actor, divertido, cero encorsetado— ya tienes el cóctel completo.
Porque sí, su vida personal ha cambiado. Y eso, queramos o no, se acaba viendo en la ropa. No es magia. Es bastante lógico.
Meryl en la primera promoción de 'El Diablo Viste de Prada' (Getty Images)
Ahora mismo estamos volviendo a verla mucho por la promoción de 'El diablo viste de Prada 2', y es imposible no comparar. Porque tenemos el “antes” muy claro. Y el “ahora” también. Y ahí es donde te das cuenta de que ya no se está vistiendo en piloto automático.
Por ejemplo, ese vestido burdeos de los SAG Awards. Antes habría ido a algo mucho más plano, más neutro. Aquí no. Aquí hay transparencia, bordado, una silueta más trabajada.
Luego está el traje blanco. Que podría ser clásico, sí, pero lo lleva con camisa de rayas, con ese rollo un poco relajado, con sombrero, con gafas oscuras. Hay styling. Hay ganas de jugar un poco. Y el abrigo de leopardo.
Que es probablemente el mejor ejemplo de todo esto. Porque no es tanto la prenda en sí, sino lo que representa. Hace unos años era impensable verla ahí. No porque no pudiera, sino porque no iba con su narrativa. Ahora le da igual.
Meryl Streep en 2024 (Gtres)
También se nota mucho en cómo mezcla. Antes todo era más uniforme, más “seguro”. Ahora hay combinaciones más abiertas: estampados, accesorios con más intención, gafas que ya no son solo gafas, sino parte del look.
No es que de repente sea una fashion victim. Ni falta que hace. Pero sí hay un punto nuevo de “me apetece esto y me lo pongo”. Porque cuando alguien lleva décadas vistiendo de una manera tan controlada, en cuanto suelta un poco la cuerda, se nota muchísimo.
No parece un cambio impuesto por estilista ni una estrategia de imagen. No hay ese rollo de “ahora voy a ser moderna”. Es más sencillo.
Está en otro momento. Y eso se traduce en que se permite cosas que antes no.
Este año (Gtres)
Hay una frase que se ha repetido bastante estos meses en prensa internacional, atribuida a gente de su entorno: “Está feliz y eso se ve en todo, también en cómo se viste”. No es una cita suya directa, pero encaja perfectamente con lo que estamos viendo.
Porque más allá de las prendas, lo que ha cambiado es la actitud. Menos pendiente de hacerlo perfecto y más cómoda con la idea de no encajar del todo en lo que se espera.
Y ahí es donde entra también Martin Short. No porque él le diga cómo vestir —eso sería simplificar demasiado—, sino porque es un perfil completamente distinto a lo que tenía antes alrededor. Más ligero, más irónico, menos rígido.
Al final, el estilo no cambia de un día para otro porque sí. Cambia cuando cambian otras cosas. Y aquí han cambiado muchas.
Por eso ahora vemos looks que tienen más capas. Sigue habiendo elegancia, porque eso no lo pierde, pero hay más intención, más juego, incluso algo de humor.
Y funciona. Porque no está intentando ser otra persona, sino ampliando lo que ya era, que es justo lo que mejor suele quedar. Así que sí, el titular fácil sería decir que “el divorcio le ha sentado bien”, pero en realidad va un poco más allá: le ha dado margen. Margen para probar, para equivocarse si hace falta, para no ir siempre tan correcta y, sobre todo, para disfrutar un poco más de la moda. Que tampoco pasa nada. Y en su caso, después de tantos años jugando sobre seguro, se agradece bastante verlo.
Vamos a decirlo claro: Meryl Streep nunca ha sido un referente de estilo. Ni lo ha intentado. Durante años ha jugado a otra cosa. A ser la mejor actriz de su generación, que no está mal, y a dejar la moda en un segundo plano bastante evidente.