El pueblo a una hora de Madrid que parece sacado de un cuento: con una muralla, laberinto de calles y un castillo musulmán con vistas increíbles
Un pueblo-laberinto tras una muralla, suspendido sobre el río y cargado de historia, que demuestra hasta qué punto ingenio y naturaleza pueden convivir
Jorquera, el pueblo atalaya sobre el meandro del río Júcar. (Foto: Xuq)
Castilla-La Mancha está llena de pueblos que parecen haber sido diseñados más por la geografía que por el urbanismo. Toledo es el ejemplo más conocido, pero a poco más de 40 kilómetros de Albacete capital existe una localidad mucho más pequeña que repite la hazaña a una escala casi íntima y sorprendente. Se trata de Jorquera, un pueblo de menos de 400 habitantes que desafía al vértigo y conquista al visitante desde el primer vistazo.
Jorquera no se entiende sin su emplazamiento. El casco urbano se encarama a un cerro y se adapta con precisión casi milimétrica al meandro que dibuja el río Júcar a sus pies, elevándose sobre un cañón con cortados que alcanzan los 200 metros de altura. El resultado es un conjunto urbano que parece colgado del paisaje, con vistas espectaculares tanto desde los alrededores como desde sus propias calles.
La posición estratégica del lugar explica su larga historia. La zona estuvo habitada ya en época prehistórica, y los romanos supieron aprovechar el enclave, aunque sería durante el dominio musulmán, especialmente en época almohade, cuando Jorquera alcanzó su mayor esplendor. Fue entonces cuando se desarrolló un urbanismo ingenioso que convirtió el cerro en una auténtica atalaya defensiva, con un control visual privilegiado de kilómetros a la redonda.
Ese pasado sigue muy presente. El pueblo creció fusionándose con el terreno, dando lugar a un trazado laberíntico de calles estrechas, empinadas y sinuosas que hoy obligan a caminar despacio y mirar en todas direcciones. Es fácil perder la orientación, pero también dejarse llevar por la sensación de estar recorriendo un lugar detenido en el tiempo. Entre los vestigios más llamativos se conservan restos de las murallas almohades y el antiguo castillo musulmán, hoy reconvertido en el cementerio municipal. Su visita es gratuita y ofrece uno de los mejores miradores sobre el cañón del Júcar, una experiencia tan sobrecogedora como reveladora del valor defensivo del enclave.
El paseo permite observar cómo se mezclan las zonas de origen musulmán con las posteriores ampliaciones cristianas. En este recorrido destaca la Torre Blanca, hoy utilizada como centro de exposiciones, así como la parroquia de la Asunción, del siglo XVI, y la casa del Corregidor, un edificio señorial de estilo barroco que habla de etapas más recientes de prosperidad. Ya junto a la ribera del río se encuentra uno de los lugares más singulares del municipio: el santuario de la Virgen de Cubas, con cúpula y parcialmente excavado en la roca, integrado de forma casi orgánica en el paisaje.
Más allá de su valor patrimonial, Jorquera mantiene una economía ligada a la agricultura de secano y regadío, aprovechando la fertilidad de la ribera del Júcar. Algunas familias conservan también la producción de azafrán, un cultivo tradicional que forma parte de la identidad local. En los últimos años, el turismo rural ha ganado peso, atraído por la singularidad del lugar y su entorno natural. Desde el pueblo parten numerosas rutas de senderismo y bicicleta, de distinta dificultad, que permiten enlazar con otras localidades de la zona o simplemente disfrutar del paisaje fluvial que atraviesa la provincia.
Castilla-La Mancha está llena de pueblos que parecen haber sido diseñados más por la geografía que por el urbanismo. Toledo es el ejemplo más conocido, pero a poco más de 40 kilómetros de Albacete capital existe una localidad mucho más pequeña que repite la hazaña a una escala casi íntima y sorprendente. Se trata de Jorquera, un pueblo de menos de 400 habitantes que desafía al vértigo y conquista al visitante desde el primer vistazo.