Con más de 1.800 kilómetros de costa, Cerdeña presume de algunas de las playas más espectaculares de Europa. La mítica Costa Smeralda es conocida por su arena blanca y su mar cristalino, pero la isla ofrece mucho más allá de los enclaves exclusivos. En el golfo de Orosei, calas como Cala Luna o Cala Goloritzé sorprenden por su belleza salvaje, rodeadas de acantilados y naturaleza intacta. Son rincones donde el tiempo parece detenerse y el turismo masivo todavía no ha borrado la sensación de descubrimiento.
Pero Cerdeña no es solo mar. En el interior, pueblos como Bosa, con sus casas de colores junto al río Temo, o Alghero, con su herencia catalana y su casco antiguo amurallado, invitan a perderse entre callejuelas y terrazas. También sorprenden los vestigios arqueológicos de la civilización nurágica, con construcciones megalíticas únicas en el mundo que hablan de un pasado milenario.
La gastronomía es otro de los grandes reclamos de la isla. Lejos de la pizza y la pasta más conocidas del imaginario italiano, aquí reinan el porceddu (cochinillo asado a fuego lento), los quesos de oveja como el pecorino sardo y una amplia variedad de panes artesanos. El mar aporta pescados y mariscos fresquísimos, mientras que los vinos locales, como el Vermentino, completan una experiencia culinaria que combina tradición y carácter.
Viajar a Cerdeña es también apostar por un ritmo distinto. Las jornadas se alargan entre baños en aguas transparentes, siestas a la sombra y cenas sin prisas frente al mar. No hay necesidad de una agenda frenética: basta con dejarse llevar por la luz, el aroma del mirto y el sonido del viento en los acantilados.