De Lobatón a Lobatón: todo lo que nunca le había preguntado a mi padre
En el Ateneo de Madrid, antes de que recoja el Ondas 2025, me siento frente a mi padre, Paco Lobatón, para recorrer juntos su historia profesional, vital y emocional que lo ha hecho quien es
"Nací en una calle que se llamaba Porvenir", recuerda Paco Lobatón, y su voz, pausada y precisa, parece abrir la luz sobre un tiempo antiguo. “Luego nos trasladamos al Paseo de las Delicias, a una granja, y no puedo imaginar una infancia más feliz que la que tuve”. Hay en sus palabras una certeza simple y radical: que la vida puede nacer ya siendo un regalo, que la alegría de los primeros años imprimió una huella indeleble en los caminos de su Jerez de la Frontera natal.
Tras más de medio siglo habitando la esfera pública, esta es la primera ocasión en la que se expone a mis preguntas. Como hija he sido parte de su vida pero no de su relato público, me convierto ahora en interlocutora y testigo. Y su voz, por primera vez en este territorio común, recorre sin defensas los hilos afectivos y familiares que sostienen la trayectoria que hoy se reconoce con un Premio Ondas de honor.
Las desconocidas raíces
Muchos lo conocen como presentador de Telediarios o como el rostro del mítico programa de los 90 'Quién sabe dónde'. Pocos, sin embargo, saben que antes de ocupar ese lugar ante el país fue niño de granja,escritor precoz, soñador incansable, actor en teatros inventados; más tarde, joven inconformista que abrazó la democracia como causa vital, y obligado al exilio. Su historia no comenzó en un plató, sino en una casa donde convivían diez hermanos; él era el séptimo, bajo la guía de sus padres, Pedro y Rosario.
Paco Lobatón junto a su hija menor, Berenice, en un momento de la entrevista en el Ateneo de Madrid. (Valentina Viceconte )
“Mi madre venía de una familia de farmacéuticos; su hermana incluso ejerció, pero a ella le tocó cuidar a los demás. No estudió, y sin embargo aprendió a leer el mundo con una inteligencia natural: escribía con caligrafía impecable y contaba historias como si fueran de García Márquez”, evoca con delicada gravedad al recordar que me quedé a un año de poder abrazar su presencia.
"La bondad de mi madre es herencia y forma parte de la memoria de nuestra familia"
“Me habría encantado que pudieras haberla conocido. Tener diez hijos le pasó factura: problemas circulatorios por los que le amputaron primero una pierna, luego otra. Y aun así, en esa situación en la que mucha gente se enfada con la vida, con la divinidad... se convirtió en la persona más bondadosa del mundo. Esa bondad es herencia y forma parte de la memoria de nuestra familia”.
Paco Lobatón junto a su hija Berenice. (V. V.)
Recuerda con ternura cómo, con diecisiete años, su primer billete pagado por sus padres lo llevó de Jerez a Madrid, al Teatro Real. “Fue en el instituto; interpreté varias obras con un grupo de teatro, una de Bertolt Brecht, muy de vanguardia entonces, y la clásica Sandalias del Pescador. Pero al llegar a aquel inmenso teatro, me asusté… y como se sabe, tomé otros caminos”, relata.
Luchador demócrata, antes que presentador
Al llegar a la Universidad Complutense de Madrid adoptó el apodo de Poe, abreviatura de poeta, por su habilidad escribiendo panfletos, manifiestos y declaraciones dentro del movimiento estudiantil. En Jerez ya se movía en círculos de cristianismo progresista; en Madrid se encontró con un movimiento que luchaba, junto a obreros y otros colectivos sociales, por libertades negadas: derecho de asociación, manifestación, expresión...
El periodista Paco Lobatón en el Ateneo de Madrid. (Valentina Viceconte )
“Intentaron detenerme en varias ocasiones”, rememora, y subraya aquel día en que Billy el Niño, policía franquista, lo apuntó con una pistola, lo introdujo en una furgoneta y, en pleno Parque del Oeste, ordenó al conductor: “Bájate aquí, que a este nos lo cargamos antes de llegar”. “¿Sentí miedo? No. Incluso traté de apartarlo, consciente del riesgo de que disparara. Era la inconsciencia de la juventud, sumada a la certeza de no actuar en soledad, de representar a mis compañeros y a una causa compartida".
"De vuestra generación me preocupa que no tengáis toda la información"
Esa experiencia, que le llevó a la cárcel de Carabanchel y al exilio en Suiza, dialoga con el presente: ¿qué anhelas del mundo en que creciste y qué te preocupa del mundo en que yo crezco? “Que no tengáis toda la información necesaria. Nosotros tuvimos el privilegio de conocer la vida de manera contundente. Vosotros crecéis en una sociedad conquistada gracias a aquella lucha: con libertad de expresión, de asociación, de manifestación… pero es vital entender cómo se logró. Me alegra ver que algunas producciones audiovisuales están ayudando a suplir este déficit de memoria histórica. Sin ella, algunos jóvenes parecen añorar formas de autoritarismo impensables. Como decía José Saramago —a quien conocí y traté directamente—, la historia debe enseñarse desde el presente hacia atrás, para comprender de dónde venimos y cómo llegamos aquí. La cura es memoria histórica actual”.
Paco Lobatón junto a su hija menor, Berenice en un momento de la entrevista en el Ateneo de Madrid. (V. V.)
El día que nació un personaje
Recuerda con una mezcla de asombro y distancia aquel instante en el que comprendió que había nacido un personaje. Llegó a Madrid para integrarse al equipo de informativos de Televisión Española, sin la intención de ocupar un plató de telediario. Sin embargo, la vida lo llevó a enfrentarse a las cámaras: primero al lado de Concha García Campoy, luego al telediario nocturno junto a Ángeles Caso, el espacio de máxima audiencia, aquel que veía todo un país porque solo había dos canales y los espectadores solían ser una media de veinte millones concentrados en una única mirada colectiva.
“Yo no era consciente de nada de esto en aquel momento”, confiesa con voz medida. Vivía en un piso cerca del Pirulí de Torrespaña, recorría el mismo trayecto diario y apenas se cruzaba con nadie. La magnitud de su impacto todavía no lo rozaba.
Paco Lobatón junto a su hija Berenice en un momento de la entrevista en el Ateneo de Madrid. (V. V.)
Todo cambió un fin de semana en Toledo, cuando viajó con mis hermanos mayores. La apoteosis llegó de manera inesperada: personas no solo lo reconocían, sino que se acumulaban y se acercaban a él mientras decían: “El del telediario”. “Ahí fue cuando tomé consciencia de que había nacido un personaje que era el presentador del Telediario, que naturalmente tenía que ver conmigo, pero que tenía vida propia. Tenía una capacidad de atracción formidable sobre los ciudadanos, la audiencia a la que yo no había visto de manera individualizada, y aquel día sí pude”. Ese descubrimiento se convirtió en una reflexión profunda: la notoriedad, medida en millones de miradas, no transforma la esencia del hombre, sino que le concede una figura pública que exige respeto, atención y discernimiento. La curiosidad y la contradicción de convivir con aquel personaje, reconoce, han sido compañeras constantes. No era él más grande, ni más importante; era el personaje quien crecía, y él debía aprender a caminar a su lado sin confundir los planos.
El personaje, comprende, no le pertenece por completo: es un cuerpo prestado, una figura que la audiencia ha tejido y modelado con sus expectativas. “El público se apropia del personaje y tiene todo el derecho a hacerlo”, dice como quien señala una verdad elemental. “Fíjate, el concepto de credibilidad tiene que ver con el concepto de crédito: la gente te concede una confianza, un crédito de confianza, y tú tienes que devolverlo. ¿Cómo? Haciendo bien tu trabajo y no fallando a las expectativas que tiene respecto de ti”.
Paco Lobatón junto a su hija Berenice. (V. V.)
Aquel personaje luego pasó a ser la cara visible de Quién Sabe Dónde. El presentador encorbatado no lloraba ante las cámaras, pero más de treinta años después, he sido testigo de la emoción diaria que brota en mi padre a través del trato y compromiso con los familiares de personas desaparecidas a través de su Fundación QSD Global.
"El periodismo tiene sentido si es útil a la sociedad. No es un mérito militar en las causas, creo que es un deber"
La fama, explica, no se viste de gala. “Siento la popularidad como un traje de faena, no como un vestido de fiesta. La fama es un bien prestado; te la presta la gente para que la lleves con decoro. Pero no es tuya, y solo puedes esperar que algún día te la devuelvan o se convierta en un recuerdo cariñoso”.
“Quién Sabe Dónde fue la puerta de entrada a un universo doliente que desconocía y que el país que somos, España, desconocía. Para mí, ese descubrimiento fue trascendental y marcó un antes y un después, no solo en lo profesional por el impacto que tuvo el programa, sino por el impacto que tuvo en mí: el conocimiento del dolor profundo, de la hondura de la angustia de quienes viven en la incertidumbre, de lo que significa escuchar a una madre reclamar un lugar para llevar flores a su hijo antes que seguir sin recibir noticias. Imagínate lo que eso supone: preferir una muerte definitiva antes que la agonía de no saber si su hijo está vivo…”.
“Ya decían los grandes periodistas que este no es un oficio para cínicos. Y creo firmemente que no lo es, creo que el periodismo tiene sentido si es útil a la sociedad y no es un mérito militar en las causas como es el de las personas desaparecidas, creo que es un deber”.
La paternidad
Hoy habita su tierra natal con la misma intensidad contenida con la que antes llenaba platós. Una vida medida, en la que los viajes a Madrid para ir a Directo al Grano y otros compromisos se insertan con delicadeza, como trazos precisos en un lienzo que él ha decidido pintar según su propio pulso. “Siempre cuidé mucho mi privacidad. Cuando comprendí la magnitud pública del personaje, separé a la persona y protegí a mis hijos”, me confiesa mientras hablamos de familia.
Esa decisión no fue un gesto de retirada, sino un arte del cuidado, la conciencia de que la vida íntima requiere límites precisos, cada nota en su lugar, cada silencio con valor. “Siempre tuve una gran vocación de padre. Lo fui a los veintiocho, luego a los treinta, y a ti te tuve con cincuenta, pero siempre fruto del deseo y de un proyecto amoroso. Ese es el mayor patrimonio que un hijo puede tener”.
En esa vida interior aprendimos que la verdadera comunicación no se mide en palabras, sino en presencia y respeto, que cada gesto, cada decisión cotidiana, habla más alto que cualquier discurso. “En mi trabajo he visto tantas historias que, cuando miras a fondo, tienen que ver con una mala comunicación. Lo más importante es no perderla”, dice, y no se refiere al flujo de información, sino a escuchar el latido de cada ser, a reconocer su autonomía y acompañar sin invadir: “Los hijos nuestros son, sobre todo, suyos; de ellos mismos. Eso hay que tenerlo muy claro, porque en nombre de la responsabilidad a veces se cae en un exceso de proteccionismo.”
Hoy esa filosofía se despliega en la familia que ha construido, donde los hijos de sus hijos representan nuevas voces en la cadena de afectos, y donde los vínculos circulan libres pero contenidos, como corrientes que alimentan un mismo río. Yo, la pequeña de esa cadena, lo escucho mientras añade: “Espero estar en condiciones, cuando a ti te llegue, para ejercer esa segunda dimensión de la paternidad que es ser abuelo y que tanto disfruto con tus hermanos”.
Paco Lobatón junto a su hija Berenice en un momento recorriendo el Ateneo de Madrid. (V. V.)
Y entonces aparece la síntesis de todo, el esfuerzo por mantener la ecuación imposible que todo buen padre conoce: “Me esforcé mucho en mantener un equilibrio que creo que es la clave: ternura y firmeza. Porque los hijos necesitan pautas, pero sobre todo sentirse queridos. Los padres tenemos que aprender esa fórmula prácticamente química”.Ese equilibrio conecta el personaje público, que habitó platós y millones de pantallas, con el hombre que vive con discreción y construye la vida familiar con la misma intensidad con la que construyó una carrera televisiva que pertenece al imaginario colectivo de la comunicación en España. Porque al final, la comunicación más esencial, la que sostiene la vida, no necesita cámaras ni titulares: solo tiempo, atención y el respeto por aquello que no puede ser poseído, solo acompañado.
Quizá, como ha señalado mi padre, la persona y el personaje han coexistido separados y a la vez acompañados, en una tensión armoniosa que nunca se disolvió. Hoy, Paco Lobatón recibe un Premio Ondas que consagra su trayectoria profesional, y yo, como hija, conservo como enseñanza cardinal uno de los valores que me ha transmitido: la primacía de la bondad, el cuidado escrupuloso de los afectos y la entrega hacia quien lo necesita. Gracias, papá, por revelarme que la verdadera magnitud no se mide en reconocimientos, sino en la constancia de la humanidad puesta en acto.
"Nací en una calle que se llamaba Porvenir", recuerda Paco Lobatón, y su voz, pausada y precisa, parece abrir la luz sobre un tiempo antiguo. “Luego nos trasladamos al Paseo de las Delicias, a una granja, y no puedo imaginar una infancia más feliz que la que tuve”. Hay en sus palabras una certeza simple y radical: que la vida puede nacer ya siendo un regalo, que la alegría de los primeros años imprimió una huella indeleble en los caminos de su Jerez de la Frontera natal.