Carlos Sainz: "Sentí miedo cuando mi hijo decidió perseguir su sueño"
Carlos Sainz regresa como imagen de Hackett London junto a su hijo, y aprovecha la ocasión para ofrecer, como nunca antes, un retrato íntimo de la humanidad que siempre ha acompañado al piloto detrás del casco
“¿Te imaginas la pasión que uno debe sentir cuando mantiene la misma ilusión desde los doce o trece años?”, se pregunta Carlos Sainz, padre, tras más de medio siglo compitiendo de manera profesional.
Su sueño nació en los umbrales de la adolescencia, una noche bajo la sierra madrileña, cuando los rallies se corrían a oscuras. El joven Sainz de apenas doce años se estremecía con cada giro de las luces y el rugido de los motores, mientras sus padres le concedían el privilegio de trasnochar para asistir a aquel ritual mecánico y su cuñado, Juan Carlos Oñoro, ya piloto entonces, le abría la puerta a un mundo que lo marcaría para siempre. “Recuerdo el ruido, las luces, el olor… todo quedó grabado”, rememora mientras se ajusta una de las chaquetas de Hackett que viste en esta campaña, una colaboración que comparte con su hijo, piloto en otra disciplina.
En este diálogo con Vanitatis, Sainz padre no habla desde la estadística ni desde la épica deportiva, sino desde la condición humana: la curiosidad, la paciencia y el impulso que lo acompañan desde aquella primera noche. Como en la campaña que lo llevó del Dakar a la moda, se mueve con naturalidad entre mundos, convencido de que salir de la zona de confort —ya sea un desierto o un estudio fotográfico— es parte de la misma disciplina vital que lo ha guiado desde niño.
“Fui campeón de España de Squash, pero sabía que el motor era lo mío”
El hilo de su infancia se estira hasta los dieciocho años, cada día pesado de espera, mientras su único anhelo era sacarse el carné de conducir: “Desde que descubrí los rallies hasta que pude sacarme el carnet de conducir la espera se me hizo eterna”. Tenía clara su vocación desde siempre, aunque entre tanto jugaba al fútbol y al squash —deporte de raqueta en el que llegó a proclamarse Campeón de España—, como si su cuerpo buscara desde temprano un ritmo propio, una coordinación que luego desplegaría al volante.
Recuerda su primer tramo: La Silla de Felipe II, con un pequeño Renault 5 TS para el Rally Shalymar, que partía del Parque del Oeste. “Estaba tan nervioso porque llegara ese día como si fuese a correr mi primer rally del Mundial, y eso que era un rally pequeño aquí, en Madrid”, dice, mientras su memoria reconstruye con exactitud la tensión limpia de aquel inicio.
Con la mayoría de edad, su sueño comenzó a desplegarse, pero también apareció el otro motor de su vida: Reyes Vázquez, casada con él desde hace más de treinta años. “Mi mujer me ha dado la tranquilidad que necesitaba, me ha ayudado a centrarme en mis objetivos. Siempre me ha hecho ver que está todo bien. Desde los dieciocho, cuando empezamos de novios, hasta nuestro matrimonio y como madre de mis hijos. Saber que las cosas en casa se hacen bien te permite ser mejor deportista, y ese apoyo incondicional me lo ha dado ella”. Lo afirma sin grandilocuencia, consciente de que toda carrera de fondo —también la emocional— necesita una estructura firme, alguien que sostenga el equilibrio mientras uno trabaja a más de ciento cincuenta por hora.
Piloto y persona conviven en un mismo cuerpo, pero operan en universos paralelos: se apoyan, se moldean entre sí y, al mismo tiempo, permanecen separados cuando la exigencia lo requiere.
“En la vida no solo se recordará lo que hayas hecho en el paddock, sino también lo que generas en los demás”
“El Carlos que compite con casco es muy diferente al Carlos del día a día. Debes concentrarte al máximo, pero al mismo tiempo no olvidar que parte de tu éxito depende del equipo que te acompaña y que, con ellos, también debes ser persona. Esa dimensión solo se diluye cuando estás en el coche; fuera de él, la vida del deportista es más momentánea, con mucha exposición, pero detrás hay una persona con amigos, con relaciones, con una vida que se extiende mucho más allá de la pista, y creo que eso es lo importante. Al final, en la vida no solo se recordará lo que hayas hecho en los tramos o en los paddocks, sino también lo que eres capaz de generar en los demás”.
“Hoy en día todos los deportistas tienen psicólogos, antes se veía como algo raro”
Sainz habla de la importancia de la mente, un aspecto que hace años no estaba en primera línea del deporte de élite: “Hoy en día prácticamente todos los deportistas cuentan con el apoyo de un psicólogo. Quizá en nuestra época hablar de ello estaba mal visto, porque se asociaba inmediatamente con problemas; hoy es todo lo contrario. Ahora se aprovechan todos los recursos para estar en las mejores condiciones posibles, y eso es enormemente positivo”, reflexiona.
El piloto también destaca una de las cualidades que más admira de su hijo, Carlos: su capacidad de no rendirse y mantener la calma incluso en las peores rachas deportivas. “Mentiría si dijese que no sentí miedo cuando mi hijo decidió seguir su pasión y su sueño. Era una decisión que afectaba a todo su núcleo familiar, a todos los que le queremos. Nosotros, como padres, y sus hermanas, lo apoyamos, estableciendo unas líneas rojas, unos límites y condiciones; mientras se cumplieran, siempre íbamos a estar ahí”, relata.
“He aprendido de mi hijo la tranquilidad con la que aborda cualquier situación”
Entre los recuerdos que guardará siempre, hay uno que encarna su resiliencia: apenas catorce días después de ser operado de apendicitis, Carlos hijo regresó a la pista y ganó el Gran Premio de Australia, un gesto que habla por sí mismo del rigor y la disciplina que exige llegar a la élite de la Fórmula 1. “He aprendido de él la capacidad de análisis, la tranquilidad con la que aborda cada situación; es una gran virtud. Y, además, es una persona que, aunque atraviese malas rachas en el deporte, nunca baja los brazos: siempre sigue adelante y, cuando parece al límite, revive con fuerza. Yo también he intentado darle ese ejemplo desde sus inicios. Como padre, es un orgullo incomparable”, cuenta mientras ríe recordando algunas anécdotas que vivieron durante el rodaje de la campaña para Hackett London.
“La campaña con Hackett ha sido lo primero que hacemos juntos, teníamos ropa de la marca y nos gusta”
“Era la primera vez que hacíamos algo publicitario padre e hijo y decidimos salir de nuestra zona de confort. Lo hicimos, además, porque antes de la propuesta ya teníamos ropa de Hackett en nuestro armario. La firma comparte valores con los que nos sentimos identificados, y creo que cuando cedes tu imagen a algo, debe representarte de algún modo.
Fueron días largos, pero disfrutamos cada instante; compartir eso en familia, interpretando un papel de modelos, nos hizo reír y vivir la experiencia con complicidad”, relata Sainz. Reflexiona también sobre la relación entre la moda y la ostentación que a veces se asocia con los deportistas de élite: “La moda es parte intrínseca de cada persona; cada uno la entiende a su manera y se siente cómodo según sus gustos. Lo primero es respetar eso. En mi caso siempre he buscado la discreción y un punto clásico; Carlos es más moderno que yo, una diferencia generacional, pero también una cuestión de sencillez”, añade.
El espíritu de esa sencillez quedó claro en aquel vídeo viral en el que, al ser preguntado por los coches que tenían otros pilotos —Ferrari, Porsche—, Carlos Sainz hijo respondió simplemente: “Yo tengo un Golf”. Esa normalidad y autenticidad se refleja también en la campaña de Hackett: dos deportistas de élite que son sinónimo de elegancia y sobriedad, capaces de hacer de la discreción su mayor logro y de convertirla en lo que hoy se reconoce como lujo silencioso.
“El día que me retire correré para disfrutar, hoy sigo haciéndolo para ganar”
Además de compartir la pasión por el motor, padre e hijo procuran cultivar otras conversaciones, explorar intereses que trascienden la velocidad: “Hablamos de política, de familia, de deportes como el golf, que nos gusta jugar juntos… intentamos que no todo sea motor, motor, aunque a veces inevitablemente volvemos a nuestro tema”, confiesa. A sus sesenta y tres años, Carlos Sainz sigue movido por la misma ambición y entusiasmo que lo empujó desde la infancia: “Sigo corriendo a nivel profesional junto a Ford, compitiendo en un equipo oficial, con un objetivo claro: ganar. El día que deje de hacerlo, y participe esporádicamente en carreras como aficionado o carreras de coches históricos, será diferente, lo haré para disfrutar. Hoy corro para ganar, con la disciplina, la tensión y la preparación que eso exige”, explica.
“Ahora que empezamos a tener nietos, sí pienso en pasar más tiempo con ellos”
Al mismo tiempo, piensa en los tiempos que vendrán, dedicados a la vida personal y a sus nietos: “Somos abuelos primerizos; el mayor tiene ahora un año y tres meses, ya empieza a mostrar su carácter, y lo disfrutamos. Y espero poder disfrutar mucho más, sobre todo porque vienen más detrás; es una emoción enorme”, añade. Así, conocemos el lado más humano de Sainz: más allá de ser uno de los pilotos más importantes de rallies y el padre de un piloto que ya ha hecho historia en Fórmula 1, encarna la demostración de que una vocación no se diluye con el tiempo.
Que la edad no es un obstáculo si hay preparación, disciplina y pasión. Que es posible equilibrar la exposición del deporte de élite con la solidez de la vida personal, con quienes sostienen lo más esencial. Toda una vida dedicada al deporte y compartida con su compañera de vida. Carlos Sainz es padre, amigo, marido, abuelo, piloto y, ahora, también imagen de Hackett London junto a su hijo. Pero, sobre todo, es la prueba viva de que la verdadera grandeza reside en mantener intacta la curiosidad, la ambición y la humanidad mientras pasan los años: ganar en la pista y en la vida no son caminos separados, sino la misma carrera, y él sigue cruzando la meta una y otra vez
“¿Te imaginas la pasión que uno debe sentir cuando mantiene la misma ilusión desde los doce o trece años?”, se pregunta Carlos Sainz, padre, tras más de medio siglo compitiendo de manera profesional.