Sonia Díaz Rois, mentora y coach: "Tendemos a rechazar lo que nos incomoda y a etiquetarlo rápidamente como “tóxico”
No todas las emociones se interpretan de la misma manera, y algunas reacciones generan distancia casi automática sin que nos detengamos a entender qué hay detrás
La tristeza suele despertar ternura. El miedo, comprensión. Pero el enfado no siempre recibe la misma lectura. Cuando alguien responde con un tono seco, se muestra más tajante de lo habitual o habla desde la tensión, muchas veces la reacción inmediata no es preguntar qué le ocurre, sino ponerle una etiqueta.
Sobre esta idea reflexiona Sonia Díaz Rois, mentora especializada en gestión del enfado y comunicación consciente, y autora de 'Y si me enfado, ¿qué?'. Según explica, no reaccionamos igual ante todas las emociones: mientras unas generan empatía, otras activan distancia, juicio o rechazo.
El miedo a mostrarle a la otra persona nuestro lado más vulnerable. (Pexels)
El enfado suele interpretarse como una señal de mal carácter, pero esa lectura puede quedarse corta. Díaz Rois señala que, muchas veces, detrás de una reacción enfadada puede haber dolor, miedo, frustración o vulnerabilidad. Es decir, emociones que la persona quizá no sabe expresar de otra manera.
El problema, por tanto, no siempre está en el enfado en sí, sino en la forma en la que lo recibimos. El tono, los gestos o la intensidad pueden ocupar todo el espacio y hacer que se pierda el mensaje de fondo. En lugar de escuchar qué necesidad hay detrás, nos quedamos con cómo ha sido dicho.
La coach advierte de una tendencia cada vez más habitual: llamar “tóxico” a todo aquello que incomoda. Esa etiqueta puede ser útil cuando hay dinámicas dañinas reales, pero usada de forma automática también puede cerrar conversaciones necesarias y aumentar los malentendidos.
Comprender el enfado no significa justificar una mala contestación ni aceptar cualquier reacción. Significa intentar mirar un poco más allá antes de responder en automático. A veces, lo que parece un ataque puede ser una forma torpe de pedir ayuda, marcar un límite o expresar algo que llevaba tiempo acumulándose.
Esa pausa antes de etiquetar puede cambiar mucho la forma en la que nos relacionamos. Permite responder con más claridad, evitar escaladas innecesarias y abrir un espacio para hablar desde otro lugar.
La idea de Díaz Rois apunta a una cuestión sencilla, pero difícil de aplicar en el día a día: no quedarse solo con el tono. Porque cuando se escucha lo que hay detrás del enfado, la conversación deja de girar únicamente alrededor de la reacción y puede empezar a centrarse en lo que realmente está pasando.
La tristeza suele despertar ternura. El miedo, comprensión. Pero el enfado no siempre recibe la misma lectura. Cuando alguien responde con un tono seco, se muestra más tajante de lo habitual o habla desde la tensión, muchas veces la reacción inmediata no es preguntar qué le ocurre, sino ponerle una etiqueta.