Estas mujeres están cambiando el sector legal en España: poder, ambición y renuncias
Reunimos en exclusiva a siete mujeres, referentes de una generación que está reescribiendo las reglas del universo legal, un sector tradicionalmente dominado por hombres... hasta ahora
Es una mañana de noviembre en Madrid, llevamos meses preparando esta cita. Aún no están todas, pero, mientras esperan, el hilo del café caliente va tejiendo la complicidad entre ellas. No comparten despacho, ni especialidad, ni siquiera una idea única de lo que significa el éxito profesional. Algunas lideran áreas jurídicas en multinacionales con miles de empleados; otras levantaron su firma desde cero, sin capital ni padrinos. Las hay penalistas, expertas en protección de datos, estrategas del Derecho de familia, directivas bancarias, socias de grandes despachos. Todas son mujeres, abogadas y todas forman parte de una transformación silenciosa pero profunda: la de un sector legal que, por primera vez, empieza a parecerse más a la sociedad a la que sirve.
Las hemos citado para reflexionar sobre cómo las mujeres (y ellas son buen ejemplo de ello) están cambiando la abogacía en España. Hablan de vocación y de azar, de ambición y de culpa, de liderazgo y de renuncias. De cómo se llega y de lo que cuesta llegar a los puestos donde se toman decisiones. El resultado es una conversación coral que dibuja con nitidez el nuevo mapa del poder jurídico en España gracias a ellas: menos jerárquico, más humano, más estratégico. Y, sobre todo, más consciente de que el talento no es una cuestión de género.
Casi ninguna llegó al Derecho siguiendo una línea recta. Algunas lo hicieron por tradición familiar, otras por descarte, otras por pura intuición. Paloma Arribas, hoy socia responsable del área de Protección de Datos y tecnología en Baylos, soñaba con estudiar Enfermería, pero entró "provisionalmente" en Derecho y se encontró con una revelación: entender que la vida cotidiana está atravesada por contratos invisibles y que nuestros derechos están en juego todos los días. Años después, esa pasión descubierta casi por azar se cruzó con la visión del socio director del despacho, que vio en ella la oportunidad de abrir y desarrollar un área entonces incipiente. Paloma llegó para impulsarla y hoy la dirige. Y no para de crecer.
Aurora Mora, penalista y socia cofundadora de Vizuete & Mora Abogados, tampoco romantiza sus inicios. Llegó a Madrid desde Ciudad Real para ejercer como abogada penalista. "Mi primer sueldo fueron 300 euros y el abono transporte", dice. Eligió el turno de oficio, los juzgados, las comisarías y los centros penitenciarios. "Todo el mundo quería irse a grandes empresas y yo tenía clarísimo que quería ejercer". En 2009 se lanzó por su cuenta sin red junto a la que sigue siendo su socia. "No sabía si íbamos a poder pagar el alquiler del despacho o comer, pero siempre he confiado mucho en nuestra capacidad de trabajo". Después de veinte años, su despacho se ha hecho hueco en un área tan dura y exigente como es "la penal" que hasta hace poco estaba dominada por el genero masculino.
En otras casas, el Derecho era la lengua materna. Ana Isabel Montero, directora legal de JTI (Japan Tobacco International) para la región Iberia y miembro del comité de dirección, creció escuchando conversaciones jurídicas alrededor de la mesa. Procede de una familia de policías, un entorno marcado por el Derecho penal. Estudió piano al mismo nivel que Derecho y tuvo que elegir entre dos disciplinas que exigen excelencia. Eligió la abogacía y la llevó a un terreno que entonces era poco habitual: el internacional. Con 34 años recibió el encargo de construir desde cero el departamento legal de una multinacional para el clúster ibérico, que abarca cinco mercados. En aquel comité de dirección había solo dos mujeres y una de ellas era ella. "Seguro que más de uno, al verme entonces, debió de pensar que era demasiado joven y, además, mujer, para un puesto de tanta responsabilidad. Pero me gané su respeto".
Montero: "Más de uno debió de pensar que era demasiado joven, y mujer, para un puesto de tanta responsabilidad. Pero me gané su respeto"
Irene Martínez-Calcerrada, directora legal y VP de Grupo Santander, se ríe cuando recuerda que su padre, magistrado del Supremo, quería que fuera juez. "Yo quería ser bailarina", confiesa. Acabó siendo una brillante estudiante de Derecho, se marchó a Londres y entró en banca casi por intuición. "Llevo toda mi vida en el Santander, pero tras fusiones, compras y demás es como si hubiera estado en siete empresas distintas". Hoy es la responsable de la coordinación de los equipos legales en los distintos países. "Santander tiene 1.900 abogados por el mundo y estamos en 17 jurisdicciones importantes con equipos muy potentes. Mi labor se centra en crear una cultura de pertenencia a un solo equipo de todos nuestros abogados, y en esa labor me ha ayudado mucho ser mujer".
Llanos Manzanares, Chief Legal & Compliance Officer de Astara, eligió Derecho por pragmatismo y se especializó en tecnología cuando nadie hablaba de ello. "Pensé: si soy la primera que aprende esto, seré la que más sepa". Apostó por las nuevas tecnologías cuando eran terreno de "frikis", se convirtió en experta en protección de datos y acabó entrando sin manual de instrucciones en el sector de la automoción, un mundo de hombres donde fue durante años la única mujer en los comités de dirección. Aprendió lo mismo de cada etapa: estudiar más, saber más, controlar mejor. "He tenido jefes fantásticos de los que aprendí muchísimo y que han valorado el talento por encima de todo, he tenido tres hijos y me he podido desarrollar plenamente. Todo lo que soy se lo debo a ellos. Creyeron en mí", dice.
Delia Rodríguez, fundadora y CEO de Vestalia Abogados, llegó desde otro lugar. La infancia, la comunicación y el emprendimiento marcaron sus primeros pasos. Mientras estudiaba Derecho, montó proyectos educativos, salió en televisión y radio, y entendió que su vocación no estaba en reproducir modelos existentes, sino en crear uno nuevo. Así nació Vestalia, un despacho de familia que ha incorporado una visión global y empática a estos conflictos, incorporando psicólogos cuando nadie lo hacía. Ese enfoque, pionero en su momento, no solo transformó la relación entre abogado y cliente, sino que anticipó una forma de ejercer el Derecho que hoy empieza a consolidarse en todo el sector: más preventiva, más transversal y profundamente humana. "Entendemos esta rama del Derecho no solo como reacción al conflicto, sino como un acompañante que actúe preventivamente en todos los pasos importantes de la vida". Los grandes despachos han empezado a copiar su enfoque.
Rodríguez es fundadora de Vestalia, un despacho que ha incorporado una visión empática a estos conflictos, incorporando psicólogos
Marlén Estévez, socia y directora del Departamento de Litigación, Arbitraje y Mediación, así como miembro del Consejo de Administración de RocaJunyent, tampoco renunció del todo a sus primeros sueños. Quiso ser actriz y periodista, creció entre juristas y cineastas, estudió Derecho y ADE y encontró en el arbitraje, la empresa y la gestión una forma distinta de estar en escena. Ha trabajado en banca, en despachos nacionales e internacionales, ha visto proyectos crecer y quebrar, y hoy se define sin complejos como empresaria del sector legal. "Creo que las mujeres vivimos nuestra profesión desde otro lugar. Tengo claro, como el poema de Ítaca, que al final lo importante no es la meta, es el camino, ir disfrutándolo. Y eso ha sido lo que ha dado lugar en mi caso a que haya dedicado mucho tiempo no solo a la parte más empresarial, sino a lo que puedo aportar también a nivel social. Yo tengo una vocación política muy clara que nunca he canalizado, quiero devolver a la sociedad lo que me ha dado, cuando veo que podemos ayudar de alguna forma, no puedo evitar parar de trabajar hasta conseguirlo".
Estévez: "Creo que las mujeres vivimos nuestra profesión desde otro lugar. Al final lo importante no es la meta, es el camino"
Siete trayectorias distintas y una intuición compartida, la que Marlén evoca al recordar una frase de Churchill: "La cometa se eleva más alto en contra del viento que a su favor". Todas tuvieron que arriesgar en algún momento para seguir avanzando. En cada una de ellas (y también en esta mesa, en esta mañana de noviembre) late una energía interior que se manifiesta de formas distintas: la firmeza serena de Ana Isabel, la personalidad vibrante de Llanos, la luz de Delia, el carisma de Marlén e Irene, la fuerza de Aurora y Paloma. Una certeza común atraviesa el encuentro: si está en sus manos, todo saldrá bien. Ahora entramos en el debate.
Transformando desde dentro
Muchas de las mujeres sentadas a esta mesa comenzaron su carrera intentando adaptarse al molde que habían construido los hombres a lo largo de los años, en un sector muy jerarquizado, muy masculino y más centrado en el negocio que en las personas. Todas han vivido un momento en que han dudado en cómo vestirse o si en ponerse tacones para no darse más visibilidad. Hoy coinciden en que ese ha sido el verdadero cambio que ha provocado la mujer. No ha sido ocupar esos espacios, sino transformarlos desde dentro.
"No hemos venido a sustituir a los hombres, sino a complementarlos”, apunta Arribas. El mayor triunfo ha sido que los hombres lideren mejor
La llegada de mujeres a los puestos de decisión ha introducido una forma distinta de ejercer el liderazgo. No menos exigente, pero sí más empática. Más consciente de que el Derecho no es solo técnica, sino personas. Irene Martínez-Calcerrada lo resume con claridad: "La mujer es más humana a la hora de liderar, sin perder rigor ni calidad técnica; hemos demostrado que podemos tener ambición sin entrar en competiciones. Se ha humanizado muchísimo el sector jurídico, que hace 25 años era un sector muy masculino y mucho más jerárquico. Con la incorporación de la mujer se ha convertido en algo más horizontal y mucho menos vertical".
El liderazgo femenino ha ido erosionando estructuras rígidas y modelos de autoridad, y lo ha hecho de la mano de los compañeros hombres. "No hemos venido a sustituir a los hombres, sino a complementarlos”, apunta Paloma Arribas. En su experiencia, el mayor triunfo no ha sido solo ejercer el liderazgo de otra manera, sino lograr que ellos también lo hagan mejor: más empáticos, más conscientes, más completos. El resultado es un sector menos vertical y más colaborativo.
Marlén Estévez pone el acento, sin embargo, en que el verdadero impacto no está en la presencia femenina en la base (ya mayoritaria en muchas facultades), sino en su llegada a la cúpula. Ahí el avance sigue siendo lento, especialmente en los grandes despachos, donde las socias continúan siendo una minoría ínfima. Y, sin embargo, cuando las mujeres llegan, no replican el modelo anterior, lo humanizan. "Al final esto es una industria de personas", insiste, "y eso es lo que nos va a diferenciar con toda la irrupción de la IA, la confianza la generan las personas y en eso las mujeres vamos con ventaja".
Martínez-Calcerrada: "La mujer es más humana a la hora de liderar, sin perder rigor; podemos tener ambición sin entrar en competiciones"
La consecuencia de todo este proceso es un sector que empieza a mirarse al espejo de otra forma, sin renunciar a la ambición pero menos obsesionado con el ego o la competitividad. Como todos los cambios, este también ha exigido su precio. En algún momento de la conversación, el tono cambia. Ya no se habla solo de liderazgo ni de transformación del sector, sino de lo que casi nunca aparece en los discursos oficiales: el coste personal para las mujeres de llegar arriba.
Todas coinciden en esa reflexión incómoda: no se puede tener todo, al menos no al mismo tiempo. Y asumirlo ha sido, para muchas, un proceso largo y doloroso. Aurora Mora es la primera en poner palabras a esa realidad sin adornos. "Yo no tuve cuatro meses de baja ni lactancia. A mi hijo pequeño lo metí en la guardería con menos de cuatro meses", cuenta. Recuerda el día que dio a luz a su primer hijo: estaba negociando un asunto y las contracciones empezaron en el despacho. No lo dice como una heroicidad, sino como la realidad de una abogada que decidió emprender en un sector donde nadie espera.
Irene Martínez-Calcerrada habla de la culpa sin rodeos. De los años en los que el trabajo lo ocupaba todo y sus hijos se criaban con otras personas. De haber "llorado físicamente" por la presión, hasta entender que ambición y maternidad no son conceptos incompatibles, pero sí exigentes. "Tuve que perdonarme", explica, convencida de que ninguna mujer debería sentirse peor madre por querer llegar lejos. La renuncia, en su caso, no fue a la familia, sino a la autoexigencia imposible.
Otras vivencias son distintas, pero el fondo es común. Ana Isabel Montero no tiene hijos y lo expone con naturalidad: cada trayectoria personal es legítima y no debe convertirse en un factor de juicio. Para ella, la pregunta clave es otra: "¿Ha sido nuestra vida personal un obstáculo para llegar hasta dónde estamos? En mi caso, no". Acceder a un comité de dirección con 34 años exigió demostrar (dice) no el doble, sino el triple. "Hoy siento que puedo decir lo que pienso, que tengo voz. Es algo que llegó con el tiempo. Eso antes no pasaba".
Llanos Manzanares: "Si tienes clara tu ambición profesional, tienes que tener igual de claro lo que estás dispuesto a dejarte por el camino"
La idea de que hay que tener bien resuelta la organización familiar para poder dedicarle tiempo a la carrera profesional, aparece una y otra vez. Marlén Estévez formula su punto de vista con una imagen precisa: una familia es una pyme y debe gestionarse en condiciones de igualdad. "Mi casa funciona como un equipo. No hay un rol fijo de madre o padre, depende de los momentos y de las oportunidades". La igualdad, recuerdan, no se puede improvisar: hay que pactarla.
Llanos Manzanares introduce en esto de las renuncias la derivada generacional: muchas profesionales jóvenes quieren llegar a puestos de alta responsabilidad sin asumir el sacrificio que implica. Habla no desde la crítica generacional, sino desde la experiencia. "Si tienes clara tu ambición profesional, tienes que tener igual de claro lo que estás dispuesto a dar y a dejarte por el camino", afirma. Para formar parte de un comité de dirección o liderar una gran negociación hay que trabajar mucho, y eso exige renuncias previas "y un entorno familiar bien organizado porque no vas a estar". No es una cuestión de género, sino de elecciones personales. Ana Isabel Montero coincide plenamente: "Tú has elegido esta profesión voluntariamente, has tenido la sana ambición de llegar alto y eres una privilegiada. No pasa nada, pero las nuevas generaciones deben saber que no se llega hasta aquí queriendo tenerlo todo y sin renunciar a nada".
Delia Rodríguez añade una capa más: la carga emocional. No tanto la visible (horas, agendas, renuncias) como la invisible. "Las mujeres estamos muy formadas y liderando proyectos, pero la carga psicológica que soportamos es mayor". Habla de la autoexigencia constante, de la sensación de no llegar nunca del todo, de la presión por hacerlo bien en todos los frentes. Frente a eso, propone una idea clave: congruencia. Elegir qué quieres, sostenerlo en el tiempo y dejar de castigarte por lo que no eliges. "Todas las opciones son respetables, pero hay que mirarse con más condescendencia".
Lejos de negar esa realidad, estas mujeres la integran en su discurso. No se trata de romantizar el esfuerzo ni de desincentivar la ambición, sino de ponerle nombre al precio a pagar y permitir que cada una decida si quiere (o cómo quiere) pagarlo.
El cambio que describen no es solo cultural, también es estructural. El sector legal se ha expandido hacia territorios que hace apenas una década eran marginales o inexistentes: compliance, sostenibilidad, ciberseguridad, protección de datos y tecnología, Derecho preventivo, resolución alternativa de conflictos. Ámbitos donde el valor ya no está únicamente en el conocimiento técnico, sino en la capacidad de anticiparse y acompañar, dos habilidades netamente femeninas.
Si algo atraviesa toda la conversación es la conciencia de privilegio. Ninguna de ellas lo oculta: han llegado lejos, han tenido oportunidades y han sabido aprovecharlas. Precisamente por eso sienten la responsabilidad de hablar con honestidad a las generaciones que vienen detrás. El mensaje no es que todo sea posible sin coste, sino que se puede llegar siempre que haya talento, trabajo y ambición consciente. La autenticidad, coinciden, ha sido una de las grandes conquistas: hoy se puede liderar sin renunciar a la propia identidad, sin esconder la voz ni imitar el carácter masculino.
También hay una llamada clara a la visibilidad. Durante años, muchas mujeres hicieron (y siguen haciendo) un trabajo excelente sin contarlo. Aprender a comunicar, a ocupar espacio, a poner en valor lo que se aporta ya no es una cuestión de ego, sino de supervivencia profesional. "Si no se cuenta, no existe", recuerdan, conscientes de que el talento necesita relato para abrir camino. Por eso estamos aquí.
Aurora Mora recuerda el día que dio a luz a su primer hijo: estaba negociando un asunto y las contracciones empezaron en el despacho
El sector legal ya no es el mismo que encontraron al empezar. Es más diverso, más permeable, más humano. En parte gracias a ellas. No porque hayan llegado para ocupar un lugar, sino porque lo han transformado. Esa es la herencia que dejan y el reto que lanzan: ejercer el Derecho no solo como profesión, sino como una forma de estar en el mundo.
* Agradecimientos: Sara Santos, de Venize Comunicación
Es una mañana de noviembre en Madrid, llevamos meses preparando esta cita. Aún no están todas, pero, mientras esperan, el hilo del café caliente va tejiendo la complicidad entre ellas. No comparten despacho, ni especialidad, ni siquiera una idea única de lo que significa el éxito profesional. Algunas lideran áreas jurídicas en multinacionales con miles de empleados; otras levantaron su firma desde cero, sin capital ni padrinos. Las hay penalistas, expertas en protección de datos, estrategas del Derecho de familia, directivas bancarias, socias de grandes despachos. Todas son mujeres, abogadas y todas forman parte de una transformación silenciosa pero profunda: la de un sector legal que, por primera vez, empieza a parecerse más a la sociedad a la que sirve.