La desconocida vida de Ferran Torres: de una infancia complicada a visibilizar la salud mental
Tras la victoria de España ante Austria, Vanitatis recorre la historia personal de Ferran Torres para reflexionar sobre la presión que soportan quienes, antes que futbolistas, son personas
Ferran Torres junto a Arantxa, su hermana mayor y su padre en una imagen de álbum familiar
'I refuse to sink'. La frase, en inglés, podría confundirse con el eco de una canción antigua, quizá de los Beatles. Pero no pertenece a una canción. Es un tatuaje. Y es, sobre todo, una filosofía que comparten Ferran Torres y su hermana Arantxa.
A su lado, una silueta de un ancla. El símbolo no es casual. “Fue un recordatorio para que no nos dejásemos hundir por nada ni por nadie”, explicó Arantxa en una entrevista para El Desmarque. La tinta compartida entre hermanos no es solo un gesto estético: es la huella visible de una brújula familiar que, incluso en la adversidad, ha sabido mantenerse a flote.
Ferran es hoy uno de los nombres recurrentes en el debate futbolístico reciente. No solo por su rendimiento en el campo, sino por una exposición mediática que ha amplificado cada gesto, cada cambio en su apariencia y cada transformación pública.
En redes sociales, esa evolución se ha convertido en objeto de viralidad, hasta el punto de situarlo en rankings ajenos al juego, más próximos a la estética que al fútbol. En paralelo, otro episodio —captado durante el partido de la fase de grupos del Mundial entre España y Arabia Saudí, cuando susurraba“por favor, que sea gol”— abrió un debate mayor: el de la presión emocional sobre los futbolistas en competición.
Ferran Torres junto a Álvaro Morata y otros jugadores de la Selección en la celebración de la victoria de la Eurocopa. (Europapress)
Un debate que algunos jugadores, como Morata, ya habían verbalizado antes, denunciando la exposición constante y la carga psicológica que acompaña al alto rendimiento.
Ferran Torres ha sido también uno de los primeros futbolistas de su generación en hablar abiertamente de la terapia psicológica. Sin eufemismos. Sin disfrazarlo de fortaleza impostada. Con una naturalidad poco habitual en el entorno profesional.
Mucho antes de la élite, su historia ya contenía una dimensión emocional compleja, atravesada por etapas que rara vez aparecen en el relato público del éxito.
Orígenes
Nació en Foios (Valencia), una localidad que él mismo ha descrito como acogedora. Allí creció junto a sus padres y su hermana Arantxa, seis años mayor. En un bajo familiar, un detalle repetido aparece en distintos testimonios: una portería improvisada en el exterior, y unos perros que hacían de defensores en los partidos infantiles.
Ese juego temprano no solo fue fútbol. Fue también un primer vínculo con los animales, una sensibilidad que con el tiempo derivaría en su apoyo a protectoras y entidades como Wild at Heart Foundation.
A los siete años entró en las pruebas del Valencia CF y se incorporó a los equipos de prebenjamines. El fútbol empezaba a convertirse en estructura.
Pero el punto de inflexión llegó a los doce años, cuando sus padres se divorciaron. “Fue un shock para mí. Era bastante pequeño y no sabía cómo afrontarlo”, explicó en conversación con Jordi Wild en The Wild Project.A partir de entonces, sus representantes consideraron que lo más adecuado era que se alojara en la residencia del Valencia. Un entorno donde convivían jóvenes de procedencias muy diversas.
“Me daba vergüenza decir lo que me pasaba, recuerdo que mentía y decía que vivía más lejos”, confesó. Las despedidas de los domingos se convirtieron en un ritual doloroso: “Cada domingo me despedía llorando porque sabía que no iba a volver a verlos hasta el viernes siguiente”.
El fútbol como prueba
El salto de cadete a juvenil marcó otra frontera. Hasta entonces había destacado con naturalidad. Pero el cambio de categoría implicó enfrentarse a cuerpos más formados, a un ritmo más físico, a una exigencia distinta.
“Lo pasaba mal al ir con 14 o 15 años a choques con gente de 17 o 18 que ya estaban fuertes. Esa impotencia de no poder ganar, de no poder hacer lo que tú quieres, me costaba asimilarla”, explicó en una entrevista a la revista Panenka. En dicha publicación resumía esa etapa con una crudeza aún mayor: “Yo era un enano… salía llorando”.
Ferran Torres en una imagen actual de la selección. (Gtres)
A los veintiséis años, Ferran Torres ha pasado por el Valencia CF, el Manchester City y el FC Barcelona, donde continúa su carrera.
El salto a la élite no solo implicó crecimiento deportivo, sino una transformación vital completa. “Llegar a primera división tan joven e ir haciéndote conocido te hace cambiar tu estilo de vida completamente y tener una vida diferente a la de cualquier niño de veinte años”.
En ese proceso, una figura aparece de forma constante: su hermana Arantxa. “Ha pasado momentos muy difíciles y muy complejos, los ha afrontado, y ahora tiene su carrera, tiene su máster, tiene su trabajo, y eso es su mérito. Siempre me ha sobreprotegido”, reconocía Ferran en la revista Panenka.
La presión
El éxito deportivo no eliminó la exigencia. La intensificó. Como explicó el propio jugador en The Wild Project, la diferencia entre su etapa en Inglaterra y su llegada a España fue significativa en términos de presión mediática.
En el documental de Netflix La Liga: más allá del gol, el exentrenador del FC Barcelona Xavi Hernández lo resumía así: “No es fácil estar en una aureola mediática constante… O eres muy fuerte mentalmente o no puedes ser jugador del Barça. Ferran lo pasó muy mal, no es fácil de digerir teniendo veinte años, muy dificil la situación”.
El propio delantero lo verbaliza con una claridad poco habitual: “Llegué a un momento en el que no tenía ni ilusión de jugar al fútbol… hasta que empecé con un profesional de la salud mental”.
Ferran Torres durante un partido junto al Barcelona en un abrazo con Lamine Yamal. (Gtres)
En ese proceso aparece una figura clave: el psicólogo deportivo José Ángel Caperán, con quien trabaja y con quien el documental muestra parte de su proceso terapéutico.
Las críticas no desaparecieron. Pero cambiaron de impacto. Mientras el debate externo discutía su continuidad o su nivel, los números ofrecían otra lectura: 19 goles en 1.742 minutos en una temporada, con una media cercana a un gol cada noventa minutos.
Una producción sostenida sin continuidad fija, alternando titularidades y entradas desde el banquillo, adaptándose a distintas posiciones ofensivas. No como una historia de estabilidad, sino de eficacia fragmentada.
Familia: paz ante el ruido
En el documental 'Denominación de origen', producido por RTVE, se traza un recorrido por los orígenes personales de los jugadores de la Selección Española, reconstruyendo los lugares, las familias y los contextos que han marcado sus trayectorias.
No se trata únicamente de un relato deportivo, sino de una exploración íntima del entorno del que proceden: una mirada que se detiene en las raíces, en las conversaciones familiares y en los espacios cotidianos que han acompañado su crecimiento.
Ferran Torres junto a su familia y su equipo tras ganar la Copa del Rey con el Barcelona. (@ferrantorres)
En ese marco aparece la voz de Arantxa, que aporta una lectura más amplia sobre la forma en la que el deportista ha gestionado la presión: “Hay veces que solo funcionamos cuando nos ponen entre la espada y la pared y nos dicen o muero o hablo”, señala Arantxa. Una reflexión que conecta directamente con esa idea de supervivencia emocional dentro del alto rendimiento.
A esa lectura se suma una conclusión que amplía el foco más allá del deporte: “Tiene que luchar para conseguirlo, que seguramente sea más difícil que para otros, porque tiene ese handicap de las críticas que atrae. Él sabe que tiene su camino, quiere llegar hasta el final. Sabe que el límite lo pone él”.
La secuencia cierra con una imagen que regresa al origen: la terraza del bajo familiar en Foios, el mismo espacio donde se reconstruye la memoria de la infancia. Allí, Arantxa resume el deseo colectivo de la familia en una frase sencilla: “Ahí estaremos todos: la tía, la mamá, el papi… todos iremos para allí”.
Cuando se le pregunta a Arantxa por un deseo para 2026, no habla de goles ni de cifras. Dice simplemente: “Que sea feliz”.
Ferran Torres en una imagen durante un partido junto a su equipo. (Gtres)
Esta no es una historia individual. O no del todo.
Porque lo que se cuenta aquí no pertenece solo a un futbolista, ni a una familia concreta, ni siquiera a un vestuario. Forma parte de un lenguaje más amplio, el de un deporte que se juega también fuera del campo, entre titulares, redes sociales y juicios que llegan antes que el pitido inicial.
En ese espacio difuso donde la exigencia se mezcla con la exposición, los jugadores dejan de ser únicamente deportistas para convertirse en lienzos donde otros proyectan expectativas, certezas y frustraciones.
Y, sin embargo, detrás de cada nombre sigue existiendo una persona que intenta convivir con el futbolista al que miles de aficionados exigen cada fin de semana y que, durante un Mundial, termina representando también las ilusiones de todo un país.
La pregunta ya no es solo qué esperamos de ellos dentro del campo, sino desde qué lugar los juzgamos cuando el balón deja de entrar.
'I refuse to sink'. La frase, en inglés, podría confundirse con el eco de una canción antigua, quizá de los Beatles. Pero no pertenece a una canción. Es un tatuaje. Y es, sobre todo, una filosofía que comparten Ferran Torres y su hermana Arantxa.