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ENTREVISTA

Irene Rain, influencer: “Comparamos nuestra vida real con la versión editada de la vida de los demás”

Después de más de una década viviendo de Internet, Irene Rain ha hecho del cansancio digital el punto de partida de su nuevo proyecto: cartas en papel para una generación que empieza a preguntarse qué ha perdido entre tanta conexión

Foto: La influencer Irene Rain en un posado. (Cortesía)
La influencer Irene Rain en un posado. (Cortesía)

Hay una contradicción difícil de ignorar en la generación que ha crecido con un teléfono en la mano. Nunca había sido tan fácil encontrar a alguien, hablar con él, saber dónde está, descubrir qué hace o incluso conocer a una persona sin haber coincidido jamás físicamente con ella. Tampoco habíamos tenido acceso a tantas vidas ajenas. Y, sin embargo, una parte de esos mismos jóvenes que aprendieron a relacionarse a través de una pantalla empieza ahora a buscar maneras de alejarse de ella. Irene Rain conoce bien esa contradicción.

Lleva más de una década compartiendo su vida en Internet y ha construido allí buena parte de su trayectoria como creadora de contenido. Precisamente por eso resulta significativo que su último proyecto tenga poco que ver con lo que cabría esperar de una influencer: manda cartas por correo postal. La idea surgió a finales de 2025, después de atravesar lo que define como “una saturación muy grande del mundo digital”. De aquel cansancio nació El Estudio Rain y su primer proyecto, La Cartota Mail Club, un club de suscripción con el que recupera algo tan sencillo como esperar a que llegue un sobre al buzón, abrirlo y leerlo sin necesidad de mirar una pantalla.

placeholder Irene Rain, la influencer que manda cartas físicas a su comunidad. (Cortesía)
Irene Rain, la influencer que manda cartas físicas a su comunidad. (Cortesía)

No echo de menos una época concreta”, explica. Tampoco pretende hacer una reivindicación nostálgica de un mundo que, por edad, apenas llegó a conocer. Lo que quiere recuperar son algunos hábitos que la velocidad ha ido desplazando: “Escribir, leer, hacer algo con las manos, recibir algo que no sea inmediato”. Porque quizá la cuestión no sean únicamente las horas que pasamos mirando el móvil, sino la forma en la que esa inmediatez ha cambiado nuestra manera de esperar, relacionarnos e incluso prestar atención.

Compramos en segundos, recibimos respuestas al instante, saltamos de un vídeo a otro y tenemos prácticamente cualquier entretenimiento a un clic. “Creo que, de alguna manera, esto nos ha hecho más impacientes. Todo tiene que ser rápido e inmediato”, reconoce.Puede parecer paradójico que sean precisamente los jóvenes quienes estén redescubriendo los vinilos, las cámaras analógicas, los libros en papel o las cartas.

placeholder Irene Rain, la influencer que manda cartas físicas a su comunidad. (Cortesía)
Irene Rain, la influencer que manda cartas físicas a su comunidad. (Cortesía)

Para Rain, sin embargo, tiene sentido. “Gran parte de mi generación, la Gen Z, está viviendo un momento de bastante cansancio mental con respecto a las redes sociales. Llevamos toda la vida creciendo rodeados de pantallas”.

Ese cansancio alcanza también a la manera en la que nos relacionamos. Hoy podemos conocer buena parte del día de alguien sin haber intercambiado una sola palabra con esa persona. Sabemos dónde ha cenado, con quién se ha ido de vacaciones o qué canción escucha, pero esa acumulación de información puede producir una falsa sensación de cercanía. “Las stories de Instagram que ves de una persona no significan que sepas realmente cómo es su vida, ni mucho menos que la conozcas. Tenemos más información que nunca sobre las personas que nos rodean, pero eso no significa que las conozcamos mejor”.

placeholder Irene Rain, la influencer que manda cartas físicas a su comunidad. (Cortesía)
Irene Rain, la influencer que manda cartas físicas a su comunidad. (Cortesía)

La misma paradoja aparece cuando habla de la soledad. “Podemos estar hablando con diez personas a la vez y, aun así, sentirnos solos. Estamos permanentemente conectados, pero no siempre estamos presentes”. No reniega de las redes —sería difícil hacerlo cuando reconoce todo lo que le han dado personal y profesionalmente—, pero sí cuestiona el espacio que les hemos permitido ocupar en nuestras relaciones.

También han cambiado las posibilidades. Nunca habíamos tenido acceso a tanta gente ni tantas herramientas para conocerla. Basta abrir una aplicación para encontrarse ante un catálogo prácticamente infinito de potenciales parejas, amistades o comunidades. Pero tener más opciones no necesariamente ha facilitado construir mejores vínculos. “A veces parece que siempre puede haber alguien mejor o que hay infinitas posibilidades de conocer a alguien simplemente abriendo una aplicación de citas”.

placeholder Ana Dorado preparando las cartas físicas que manda a su comunidad. (Cortesía)
Ana Dorado preparando las cartas físicas que manda a su comunidad. (Cortesía)

Y después está la comparación. Por primera vez podemos comparar nuestra vida cotidiana con cientos de vidas ajenas prácticamente a cualquier hora del día. Viajes, cuerpos, trabajos, casas, relaciones, bodas o éxitos profesionales aparecen mezclados en una misma pantalla, aunque lo que vemos sea apenas una selección de cada uno de ellos. Dorado conoce bien esa sensación. “A mí personalmente, la comparación en redes sociales siempre me ha hecho sentir muy insegura”. Con el tiempo ha entendido también la trampa que encierra: “Gran parte del contenido que consumimos está seleccionado y editado para mostrar una realidad determinada que, en muchas ocasiones, ni siquiera es real”.

Quizá por eso, cuando se le pregunta qué hacemos los jóvenes para parecer felices que en realidad puede hacernos menos felices, su respuesta se reduce a una palabra: “Aparentar”. “Todo gira en torno a ser más, conseguir más y tener más éxito, y muchas veces acabamos comparando nuestra vida real con la versión editada de la vida de los demás”. No cree, sin embargo, que la solución pase por demonizar Internet. Habla de una generación con más libertad y oportunidades que las anteriores, pero también sometida a presiones nuevas. “Recibimos expectativas constantes sobre cómo deberíamos ser, qué deberíamos conseguir o cómo deberíamos vivir, y muchas veces acabamos creyendo que tenemos que cumplirlas”.

Su propia relación con las redes también ha cambiado. Después de tantos años exponiendo una parte de su vida, ha aprendido que naturalidad no significa acceso ilimitado. “Hay cosas que prefiero vivir antes de compartirlas, o incluso guardármelas para mí”. Una frontera especialmente difícil para quienes han convertido precisamente compartir en parte de su trabajo. Tal vez ahí esté también la explicación de que una carta pueda encontrar sitio en 2026. No porque una generación quiera regresar a un pasado que no vivió, sino porque empieza a cuestionarse algunas de las costumbres que asumió como inevitables. Esperar. No estar disponible. Hacer algo sin publicarlo. Hablar con una sola persona en lugar de con diez. O dedicar unos minutos a algo que no puede acelerarse deslizando un dedo.

Cuando se le pide resumir en una frase lo que Internet ha supuesto para su generación, Rain responde sin pensarlo demasiado: “Las redes sociales nos han dado oportunidades, pero nos han quitado atención y tiempo”.Y si pudiera utilizar una de sus cartas para escribirle a toda su generación, tampoco necesitaría demasiadas líneas. Empezaría así: “Sal ahí fuera y vive tu vida. Desconecta el móvil todo lo que puedas porque la vida real está mucho más allá de las redes sociales”.

Hay una contradicción difícil de ignorar en la generación que ha crecido con un teléfono en la mano. Nunca había sido tan fácil encontrar a alguien, hablar con él, saber dónde está, descubrir qué hace o incluso conocer a una persona sin haber coincidido jamás físicamente con ella. Tampoco habíamos tenido acceso a tantas vidas ajenas. Y, sin embargo, una parte de esos mismos jóvenes que aprendieron a relacionarse a través de una pantalla empieza ahora a buscar maneras de alejarse de ella. Irene Rain conoce bien esa contradicción.

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