Los otros ruedos de Jesulín de Ubrique
El arte del toreo hay quien lo practica con estusiasmo también fuera de las plazas. Y es que, para el común de los mortales el escaqueo,
El arte del toreo hay quien lo practica con estusiasmo también fuera de las plazas. Y es que, para el común de los mortales el escaqueo, al menos en nuestro país, es un arte, y también se le llama torear. Eso fue lo que hizo el diestro Jesulín de Ubrique, que se puso el mundo -y a su mujer, María José Campanario- por montera, y se lanzó al ruedo contra un toro que no estaba dispuesto a seguirle en una verónica, pero que también embestía. Y claro, en lugar de contestar y dar pases de pecho hasta pegar la estocá que diera por zanjados los dimes y diretes sobre su vida personal, el matador prefirió salir por la puerta de chiqueros, sin pudor ni arrepentimiento, para no hablar sobre la polémica que le rodea.
Y hubo, a quien eso no le hizo demasiada gracia. Claro que también se dieron otra serie de situaciones que de graciosas tenían más bien poco, al menos a quienes estaban allí pacientemente con la cámara en la mano. El evento en cuestión eran los trofeos ‘Página de la historia’, otorgados a los ganadores de la Feria de San Isidro, que se celebraba en la Sala Gabana 1800. Entre los asistentes, el citado Jesulín, José Prados ‘El Fundi’, Jaime Ostos, que lo mismo te maneja una piragua, que pasea por la finca, que mata un toro, e incluso un Álvarez del Manzano que tuvo que atender alguna que otra petición desde el escenario. No crean que los presentes hicieron al ex alcalde arrancarse por bulerías. La petición era mucho más taurina: reclamaban su ayuda para conseguir una baldosa. Como si del hollywoodiense Paseo de la Fama se tratase, reclamaban un nombramiento en la plaza de Las Ventas para un periodista taurino, hasta este año presidente del jurado que otorga los premios por su aportación al mundo del toro.
Que hubiese un periodista entre quienes tomaban las decisiones resulta, cuanto menos, un hecho curioso, máxime si tenemos en cuenta la situación de los medios. Un photocall en la calle para empezar. La imposibilidad de acercarse a los toreros que acudían –siempre hay que quedarse tras el cordón- para seguir. Por supuesto, nada de saludos ni de ósculos. Pura medida aséptica de una organización más pendiente de mantener esas distancias que de atender a sus invitados. No fuera a ser que los paparazzi les pudieran pegar algún bicho malo a los comensales.
Ya entre el descontento, la gota que colmó el vaso. La entrega de premios se realizaría tras la cena. Con los horarios hemos topado. En resumidas cuentas, un posado ante las cámaras evitando que los invitados tuvieran que poner a prueba su esencia de Brumen (recuerden que en las distancias cortas es donde un hombre se la juega), una cena en la que las cámaras debían permanecer apagadas, por aquello de que es de mala educación retratar a la gente comiendo, y los periodistas separados por el mítico cordón de los invitados. Camareros y manteles para unos, y barra y verduras hervidas para otros. Cuando el ágape había finalizado llegó el acto en sí: la entrega de premios. Aunque para entonces, muchos habían abandonado la sala. Y sí. Sin ni tan siquiera saludar.
Los afortunados que lo consiguieron, tuvieron que irse con un palmo de narices, que siempre es mejor que con una palmadita en la espalda y la cínica interrogación sobre si habían conseguido concluir el acto salutatorio. Y es que hay algunos organizadores que pretenden convertirse en capitanes de fragata, aunque solo sea por una noche sin ser conscientes de que sin medios, no hay convocatoria. Si es que, como diría aquel, más cornás da el hambre.
El arte del toreo hay quien lo practica con estusiasmo también fuera de las plazas. Y es que, para el común de los mortales el escaqueo, al menos en nuestro país, es un arte, y también se le llama torear. Eso fue lo que hizo el diestro Jesulín de Ubrique, que se puso el mundo -y a su mujer, María José Campanario- por montera, y se lanzó al ruedo contra un toro que no estaba dispuesto a seguirle en una verónica, pero que también embestía. Y claro, en lugar de contestar y dar pases de pecho hasta pegar la estocá que diera por zanjados los dimes y diretes sobre su vida personal, el matador prefirió salir por la puerta de chiqueros, sin pudor ni arrepentimiento, para no hablar sobre la polémica que le rodea.