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FALLECE A LOS 79 AÑOS EN MADRID

Isidoro, el "eterno novio de El Corte Inglés"

Trabajo, trabajo y trabajo. Ese era el lema y la constante vital de Isidoro Álvarez. El día de su ingreso, el miércoles pasado, seguía dando órdenes

Quiso marcharse sin hacer apenas ruido y 'eligió' un domingo por la tarde para despedirse de un mundo en el que dejó huella. Desde que la familia decidiera trasladar su cuerpo a la Fundación Ramón Areces, en Madrid, el mundo de la política y de la empresa no dudó en darle su adiós apenas se conoció su fallecimiento.

Ana Botella y José María Aznar, Alberto Cortina y su esposa, Elena Cue; Agatha Ruiz de la Prada y Pedro J. Ramírez, Esperanza Aguirre, Gallardón, Florentino Pérez y una cabizbaja y triste Nieves Álvarez fueron algunos de los muchos que quisieron despedirse de Isidoro Álvarez. Incluso la infanta Elena se ha acercado a primera hora de la mañana de este lunes para dar el pésame a la familia. 

Austero y con pocas habilidades sociales

Trabajo, trabajo y trabajo. Ese era el lema y la constante vital de Isidoro Álvarez. El día de su ingreso hospitalario, el miércoles pasado, seguía dando órdenes y firmando documentos. El Corte Inglés era su vida. Sus colaboradores más directos decían que “soñaba con la empresa” y no era un comentario en sentido figurado, sino que era real. Su mujer, sus hijas, los nietos y los amigos más cercanos lo sabían y por eso a ellos no les llamaba la atención que no tuviera aficiones ni hobbies. Los únicos, la caza y jugar al mus una vez que terminaban las jornadas cinegéticas.

“Era un hombre muy austero, muy adusto, parco y con pocas habilidades sociales. No le interesaba figurar y, a pesar de que cada día recibía invitaciones de todo el mundo para participar en foros universitarios, empresariales y fiestas sociales, prefería quedarse en su casa”, aseguran desde su entorno más próximo, que destaca además que Isidoro Álvarez “no tenía facilidad de palabra y por eso enviaba a directivos cuando había que hablar de la firma”.

Aquellos afortunados que lo trataban habitualmente recuerdan que una de las cosas buenas que tenía era que sabía de sus limitaciones y la oratoria no era lo suyo. En cambio, era muy humano y en más de una ocasión solventó problemas personales de sus empleados que, por casualidad, llegaban a sus oídos. Hace años pagó la boda de una chica y además se presentó en el convite. Hay historias para todos los gustos y unas forman parte de la leyenda y otras son realidad. Como las referidas a sus nietos, a los que habitualmente daba “la charla”, como así lo denominaban los niños de Marta y Cristina, las hijas de su mujer María José, a las que siempre ha considerado como si fueran suyas. Las dos trabajan en El Corte Inglés, ocupando cargos directivos, después de haber pasado la prueba del algodón, que no era otra cosa que empezar desde abajo.

Isidoro Álvarez junto a su mujer María José (Gtres)
Isidoro Álvarez junto a su mujer María José (Gtres)

Los nietos eran su debilidad. No era una persona muy dada a los besos y achuchones, pero sí estaba pendiente de su evolución académica. Los domingos en la comida familiar miraba las notas y si un trimestre flojeaban venían las conversaciones tú a tú. Aunque, eso sí, el abuelo era el que hablaba y los nietos se limitaban a escuchar. Les marcaba las pautas, el código del esfuerzo y que no todo vale en la vida para conseguir un fin. Más de una vez se llevaba a los niños a uno de sus centros para explicarles el funcionamiento interno.

Todos los trabajadores sabían que se paseaba de incognito por los establecimientos de toda España para ver si las cosas estaban en orden. Y más aún. Cuentan que “sus vacaciones estaban en función de los almacenes. Si viajaba a París era para darse un paseo por las galerías Lafayette. Y en Londres, para visitar Harrods y en Milán la galería Vittorio Emanuelle y así siempre. Preguntaba: “¿Hay centros comerciales? Y si le decían que sí, se desplazaba, si no se instalaba en su casa de Marbella, tras asegurar que “ya no tenía edad para perder el tiempo”. También solía viajar a Covadonga para ver a “su Santina”.

Hace años sí solía almorzar en el chiringuito de Marisa, a pie de playa y muy cerca de Las Cañas, la casa de la duquesa de Alba. Este lugar era un clásico. Isidoro Álvarez llegaba con su asistente, que aparentemente parecía más elegante que el jefe. Se sentaba en una mesa, pedía huevos fritos y tomate aliñado. Después, cuando llegaba la juerga flamenca se marchaba a su casa.

Isidoro Álvarez con el Rey Felipe VI y la Reina Letizia (Gtres)
Isidoro Álvarez con el Rey Felipe VI y la Reina Letizia (Gtres)

Eso eran para Isidoro Álvarez las vacaciones. Irse quince días a un paraíso perdido no entraba en sus cálculos. Se aburría soberanamente, porque lo único que le gustaba era trabajar. Que no le hablaran de viajar a las islas Mauricio o a las playas del Caribe. No le interesaba nada. Vivía para y por su empresa. En plan de broma su mujer María José decía que “era el eterno novio de El Corte Inglés”. Hay gente del barrio de Salamanca que lo recuerda cruzando la calle Alcalá para entrar andando por la puerta principal de la sede de Goya. Habitualmente iba con dos escoltas, que en vez de seguridad parecían dependientes de lo elegantes que vestían. Isidoro Álvarez comparaba todo en sus almacenes y se molestaba cuando alguien de su entorno decía que en tal o cual sitio había gangas: “A ver, ¿tú de qué comes? Pues si quieres que esto funcione a seguir comprando en El Corte Inglés”. Descansa en paz Isidoro.

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