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A solas con la viuda de vicente sartorius

Así es la finca ‘ecológica’ de Nora de Liechtenstein, la princesa agricultora

A sus 66 años, ha convertido su propiedad extremeña en su paraíso y proyecto personal. Recorremos la finca de la que fue madrastra de Isabel Sartorius

“Voy a ver si me embarranco”, dice con la sonrisa de una niña traviesa dibujada en su rostro. Quien pronuncia estas palabras es la princesa Nora de Liechtenstein, viuda de Vicente Sartorius, marqués de Mariño. A sus 66 años nos lleva a caballo de un potente cuatro por cuatro a visitar su proyecto personal Dehesa Vivencia en la finca Valdepajares del Tajo, situada en el término municipal de Peraleda de la Mata (Cáceres), en la que ella se siente como una agricultora más. “Aunque un poco tardía”, apunta riendo. Salimos del barro con un giro de volante y un rebuzno del motor y enfila por el sendero que recorre este paraíso extremeño de 250 hectáreas. No se pierdan este paseo lejos de la corte en un paraje que linda con la sierra de Guadalupe y la sierra de Gredos.

Nora en un paseo por su finca extremeña (Vanitatis)
Nora en un paseo por su finca extremeña (Vanitatis)

Madrastra de Isabel Sartorius

Nora nació el 31 de octubre de 1950. Es la cuarta y única niña del príncipe Francisco José II de Liechtenstein y la condesa Georgina de Wilczek. Los Liechtenstein son una de las familias más ricas de Europa. Dirigen el pequeño país situado entre Austria y Suiza desde un castillo de cuento al borde del Rin. El padre se ocupa de la gestión de su fortuna personal procedente de la gestora privada Liechtenstein Global Trust, un grupo bancario, mientras que el primogénito y heredero al trono, el príncipe Alois, actúa como regente desde 2004, o sea representante del jefe del Estado y encargado de las tareas de Gobierno. La suya es una monarquía a la antigua usanza, aislada de los focos. Curiosamente su sobrina, Tatiana, estuvo en los titulares como posible candidata a ser 'novia' del príncipe Felipe.

Isabel Sartorius junto a su familia (EFE)
Isabel Sartorius junto a su familia (EFE)

A pesar de haber nacido en una familia mediática, recela de la prensa. “No entiendo el interés de la gente por mi vida privada. En nuestro país nunca hemos salido en la prensa porque mis padres no estaban en eso. No había este tipo de interés y ahora mis hermanos y mis sobrinos salen lo justo; en los actos oficiales”, remarca sin ocultar su timidez. Pero en España estuvo sometida al escrutinio público justo el tiempo que duró la relación de Isabel Sartorius, hija de su marido, con el ahora Rey Felipe VI. “Lo llevaba fatal”, confiesa. Vicente y Norberta (su nombre real) se casaron el 11 de junio de 1988. Él estaba separado de Isabel Zorraquín, con la que tuvo tres hijos: Isabel, Cecilia y Luis.

La princesa lo conoció cuando llegó a España por unos temas humanitarios en los que trabajaba y quedó prendada de él. "Era arrollador. Siempre estaba gastando bromas y riéndose", recuerda. En la década de los 90, los focos pusieron sus ojos en este matrimonio discreto cuando el príncipe se fijó en Isabel. En los alrededores de la finca extremeña llegaron a verle pasar unos dias de relajo envuelto en el ambiente familiar del clan Sartorius. Cuenta la hemeroteca que incluso acudía a misa al pueblo y saludaba uno a uno con increíble naturalidad. Vicente y Nora tuvieron otra hija, Teresa, que ahora trabaja en Nueva York. Viuda desde 2002, la princesa Nora se dedica en cuerpo y alma a varias fundaciones en España y en su país. Pero cada vez la atrae más la vida tranquila y relajada extremeña.

Del castillo de cuento a Extremadura

La finca de 250 hectáreas está situada en Peraleda de la Mata, un enclave privilegiado a tan solo 180 kilómetros de Madrid. La pareja cayó rendida al paisaje y decidieron hacerse con esta propiedad un poco antes de casarse. “La compramos a los herederos de un abogado madrileño y la reformamos. A Nicolás le gustaba mucho Extremadura. De hecho, su segundo apellido (Cabeza de Vaca) es bastante conocido en la tierra”. La casa principal es una vivienda de sabor extremeño de dos plantas en el que brincan varios perros y anda trajinando el matrimonio que trabaja la casa y el campo.

La vida gira en torno a un gran salón con una chimenea que saluda nada más abrir la puerta. Nora confiesa que no es ella la artífice de la decoración orquestada en un puzle de fotos personales y muebles de campo presididos por un imponente armario de madera que recicló del castillo medieval de la familia. “Mi hermano tenía demasiadas muebles en el castillo, así es que me lo dio. Llegó en piezas y tuvimos que montarlo”, explica divertida. Dice que la gente se imagina que la vida en un castillo es sinónimo de una vida de ensueño, pero no fue su caso.

Nora junto a la infanta Elena en un acto (EFE)
Nora junto a la infanta Elena en un acto (EFE)


Pregunta: ¿Cómo recuerda su infancia?

Respuesta: La nuestra era tremendamente sencilla. Nuestros padres no eran muy grandiosos. Una de sus máximas y que repetía siempre mi padre es que no éramos ni mejor ni peor que el resto. Crecimos como el resto de los niños: peleándonos.

P: La suya es una monarquía muy diferente a la española. Su hermano no recibe salario por ejercer como jefe de Estado. ¿Está asentada?

R: Está bastante asentada. Obviamente siempre hay algunas minorías que cuestionan, pero en un país tan pequeño la cosa excepcional es la monarquía.

P:¿Cree que la monarquía española debería seguir su ejemplo? ¿Cómo ve nuestra institución?

R: No tengo por qué decir nada al respecto, pero me parece que la monarquía es una forma de gobierno que tiene su razón de ser. En unos países va muy bien y en otros no. Es difícil decir que la monarquía debe ser moderna… Nosotros teníamos patrimonio y dinero y nunca tuvimos que pedir un sueldo, pero el trabajo que hace un jefe de Estado, sea monarca o no, tiene unos gastos que no tendría si no lo fuera y en algunos casos hasta menos que otros jefes de Estado. Los cálculos no están tan claros.

Nora junto a Fátima Guzmán, su cuñada (Vanitatis)
Nora junto a Fátima Guzmán, su cuñada (Vanitatis)

P: ¿No echa de menos su país?

R: Sí, pero no en plan de llorar por las esquinas, aunque me encanta encontrarme con los amigos y la familia. Somos un país pequeño y nosotros somos muy accesibles a todo el mundo. Nunca vamos con guardaespaldas, salvo en los actos oficiales, que van motoristas delante del coche oficial.

P: ¿Y cómo es Nora?

R: Muy sencilla y tranquila. No soy la típica que le gusta estar de fiesta en fiesta. Curiosa, con cierta inquietud espiritual. Me gusta la música clásica, Mozart y de la música moderna los Beatles.

De veterinaria a agricultora

De pequeña tenía vocación de veterinaria, aunque decidió iniciar los estudios de Biología que abandonó (confiesa que por largos y complicados) y se embarcó en Ciencias Políticas. “En casa se hablaba mucho de política e historia…, las grandes cosas del mundo”, dice. Hizo prácticas en el Banco Mundial, después en una ONG orientada al medioambiente y colaboró con la Iglesia. “Luego ya encontré a mi marido y me case”, dice.

El marqués de Mariño no pudo ver cumplido el sueño de dar un destino a la finca, pero Nora siguió adelante por los dos y, tras años de lucha, consiguió convertir su campo privado en un ecosistema puro. En esa finca han crecido sus hijos, los de su marido y los de su cuñada Fátima Guzmán, que se ha convertido en su hermana. Es su refugio de fin de semana, su remanso de paz, pero también su relanzamiento como emprendedora. Anda ocupada estos días en su nuevo proyecto que aúna a la perfección su inquietud por el medio ambiente con su pasión por esta finca. Lo bautizó Dehesa Vivencia porque “es un cúmulo de las vivencias y de las sensaciones de todas las personas que participan". Sus ojos azules se mueven inquietos y vivos mientras habla del proyecto. No la gusta decir que es suyo, sino el de un equipo. Uno de los empleados, Miguel Benito, la corrige. “Sin tu entusiasmo esto no saldría adelante. Eres la líder. Das lo que se te pide. Nosotros aportamos nuestro tiempo y tú, tu dinero y tu finca”. La relación es cordial y cercana.

Nora junto a su equipo en la finca (Dehesa Vivencia)
Nora junto a su equipo en la finca (Dehesa Vivencia)

De su cosmética al coto de caza

Nora es una más aquí. "No me voy a implicar si al fertilizante le ponen más caca de vaca o de oveja, pero me implico en el tipo de acciones que hay que hacer y siempre hablando con la gente, porque son los que saben. No soy experta en cremas ni en agricultura y tengo que dejarme asesorar, pero sí tengo visión a largo plazo”, explica. Y dice cremas porque su nueva aventura es Vivencia Natural Skin Care, una marca de cosmética artesana que surgió casi sin quererlo. A Nora todos le decían que debía hacer algo con su finca. Cuando la compró con su marido, pensaron en explotarla. No podían dedicarla a la caza porque no había más que algún pato.

“Mi marido no cazaba. Tenía amigos que sí lo hacían, pero él no era muy aficionado”. En 2004 amigos y otros propietarios de la zona se quejaban de que la dehesa y las encinas morían. “Había que hacer algo”, se repetía. Un cúmulo de casualidades y gente que conoce a otra gente la pusieron en el sendero de ‘naturalizar la tierra'. El diagnóstico fue terrorífico: la propiedad estaba sobrepastorada, mal podada y, sin embargo, las hierbas medicinales crecían con un increíble potencial.

Nora explica las propiedades naturales de las cremas Dehesa Vivencia (Vanitatis)
Nora explica las propiedades naturales de las cremas Dehesa Vivencia (Vanitatis)

Y así surgió la idea. En un rincón llamado el Jardín de los Sueños de la extensión empezó todo. Una encina estaba seca y revivió gracias al tratamiento del suelo. Lo tuvieron claro. Miriam Díaz, la hija del 'capataz', sabía hacer cremas e Inmaculada Moreno, farmacéutica, puso los conocimientos científicos que faltaban. “Yo me las pongo en la cara y en el cuerpo, pero ellas son las que saben. La tierra se ha regenerado y el suelo es muy rico. Tenemos la mejor materia prima y hemos creado una cosmética excepcional", explica. Inmaculada, a su lado, asiente y añade: "Nuestro secreto es el ozono, que potencia los ingredientes naturales de las plantas y los eleva al máximo". Plantas medicinales y aromáticas mimadas convertidas en el perfecto alimento para la piel: una línea facial y corporal, jabones y aceites reparadores para todo tipo de pieles, incluso para las que sufren la agresión de la radioterapia.

Tiene otros muchos planes en su mente inquieta. Los animales ya han vuelto a la finca. “Venados, jabalís, nutrias…tengo de todo. Los jabalís destrozan por donde pisan y se acercan peligrosamente a la zona de la piscina”. Se plantea convertirlo en un coto de caza si no fuera porque no tiene las 500 hectáreas que exige la Junta de Extremadura para ello. “Quizás me junte con otra finca”, piensa. De momento, tiene su agenda apretada: fundaciones, cremas y seguir reinventando la dehesa, este espacio único en España y Portugal.

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