Durante los meses de verano, muchas personas notan una pérdida de apetito. Este fenómeno, lejos de ser una simple casualidad, tiene una base fisiológica. La ciencia ha demostrado que el cuerpo humano, al enfrentarse a temperaturas elevadas, modifica ciertos procesos internos para protegerse del sobrecalentamiento. Uno de esos mecanismos es la reducción del apetito. Comer implica digestión, y la digestión genera calor —un proceso conocido como efecto térmico de los alimentos—. En condiciones de calor extremo, este aumento de temperatura interna puede resultar contraproducente, por lo que el organismo, en un intento por mantener el equilibrio térmico, inhibe de manera natural las señales de hambre.
Descubre cómo funciona el cerebro cuando tienes hambre. (Pexels)
Este patrón se repite en humanos: cuando la temperatura ambiental supera los 30 °C, se produce un descenso en el deseo de comer, especialmente alimentos grasos o muy calóricos. El motivo principal es que el cuerpo necesita evitar el esfuerzo extra de procesar comidas copiosas en condiciones donde ya se encuentra luchando por disipar el calor.
Además del componente térmico, hay una explicación hormonal. El calor afecta la producción y liberación de hormonas relacionadas con el hambre. Por ejemplo, los niveles de grelina, la llamada “hormona del hambre”, disminuyen en ambientes calurosos, mientras que los niveles de leptina, responsable de la sensación de saciedad, tienden a aumentar. Esto modifica la percepción subjetiva del hambre y contribuye a que las personas coman menos. Investigaciones publicadas en la revista Nutrition & Metabolism respaldan estos cambios hormonales como uno de los factores que modulan el comportamiento alimentario en climas cálidos.
Ante una situación de estrés, el cerebro paraliza las señales de hambre y saciedad. (iStock)
También influye el sistema nervioso central. Se ha descubierto que ciertos canales neuronales sensibles al calor —como los receptores TRPV1, que también reaccionan al picante— envían señales de saciedad al cerebro cuando detectan un aumento de temperatura corporal. Estos receptores no solo ayudan a regular el equilibrio térmico, sino que también interfieren con el sistema de recompensa del apetito, haciendo que ciertos alimentos resulten menos atractivos bajo el calor intenso. Investigadores de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia) han explorado esta relación, señalando cómo el calor y la transpiración podrían estar directamente relacionados con la supresión temporal del apetito.
Otro estudio realizado en China demostró que, durante los días más calurosos, los estudiantes universitarios comían menos, especialmente al mediodía, cuando la temperatura alcanzaba su pico. Se observó una reducción en la cantidad total de alimento consumido y en el deseo previo a la comida. Estos resultados refuerzan la idea de que el cuerpo humano responde al calor con una adaptación alimentaria consciente e inconsciente. Comer menos no solo alivia el malestar digestivo, sino que también permite al organismo priorizar funciones básicas como la regulación térmica y la hidratación.
Durante los meses de verano, muchas personas notan una pérdida de apetito. Este fenómeno, lejos de ser una simple casualidad, tiene una base fisiológica. La ciencia ha demostrado que el cuerpo humano, al enfrentarse a temperaturas elevadas, modifica ciertos procesos internos para protegerse del sobrecalentamiento. Uno de esos mecanismos es la reducción del apetito. Comer implica digestión, y la digestión genera calor —un proceso conocido como efecto térmico de los alimentos—. En condiciones de calor extremo, este aumento de temperatura interna puede resultar contraproducente, por lo que el organismo, en un intento por mantener el equilibrio térmico, inhibe de manera natural las señales de hambre.