La clave está en utilizar un paño de microfibra ligeramente humedecido. Este material atrapa el polvo con facilidad y evita que se esparza por el aire, algo que suele ocurrir cuando usamos un trapo seco o un plumero. Para lograr un acabado impecable, basta con envolver el paño alrededor de la mano y deslizarlo por cada lama, de un lado a otro. De esta forma se limpia en una sola pasada y sin necesidad de desmontar la persiana. Si la suciedad está más incrustada, lo mejor es preparar una solución casera con agua tibia y unas gotas de jabón neutro o vinagre blanco. Mojar el paño en esta mezcla y escurrirlo bien antes de pasarlo por las lamas ayuda a deshacerse de la grasa y las manchas, sobre todo en las persianas de cocina. Después, solo hay que repasar con un trapo seco para evitar marcas de humedad.
Nuestras persianas quedarán impolutas. (Pexels)
En el caso de las persianas exteriores, donde el polvo y la polución se acumulan más rápido, un pulverizador con agua y vinagre resulta muy práctico. Rociamos la superficie, dejamos actuar un par de minutos y luego retiras la suciedad con un paño limpio. Es un método rápido que además tiene un efecto repelente contra el polvo, lo que alarga el tiempo hasta la siguiente limpieza. Otro consejo útil es aprovechar los días nublados para hacer esta tarea. Si el sol incide directamente, el agua jabonosa puede secarse demasiado rápido y dejar cercos. Y, siempre que sea posible, debemos limpiar las persianas de arriba hacia abajo: así evitamos que la suciedad vuelva a caer sobre las lamas ya limpias.
Con este truco simple y productos que todas tenemos en casa, las persianas recuperan su brillo y aspecto original en pocos minutos. Una manera fácil y práctica de mantener el hogar más fresco, luminoso y cuidado sin que la limpieza se convierta en un quebradero de cabeza.