El charol es un tipo de cuero tratado con una capa de barniz que le da ese aspecto espejo tan característico. Pero justamente por su acabado, atrae el polvo, las huellas y las pequeñas rayas con facilidad. Según los expertos, la clave está en no usar productos abrasivos ni cepillos duros, ya que pueden opacar el brillo o dañar la superficie. Para ello hay una fórmula sencilla y eficaz en la que solo necesitamos: un paño sueño o a una gamuza de microfibra, agua templada con unas gotas de jabón neutro y un poco de aceite mineral o vaselina neutra (aunque esto sería más opcional).
En tres sencillos pasos tendremos unos zapatos como nuevos. (Pexels)
Primero, humedecemos el paño en la mezcla de agua y jabón, los escurrimos bien y lo pasamos con movimientos circulares sobre el zapato para retirar la suciedad superficial. Luego, secamos con otro paño limpio. Si queremos recuperar el brillo de estreno, aplicamos una mínima cantidad de vaselina o aceite mineral con un algodón y pulsamos suavemente hasta que el charol vuelva a brillar. Este paso final no solo mejora el aspecto, sino que protege el material frente a la humedad y las grietas, prolongando la vida útil del calzado. Aunque pueda parecer buena idea, no debemos usar alcohol, toallitas húmedas ni limpiadores de muebles, ya que pueden deteriorar el acabado del charol. Tampoco conviene exponerlos al sol directo o guardarlos en lugares con mucho calor: el brillo podría volverse opaco con el tiempo. Es mejor depositarlos dentro de una bolsa de tela o con papel de seda, para evitar roces y conservar su forma.
Cuidar los zapatos no es solo una cuestión estética; también tiene un efecto emocional. Mantener nuestro calzado impecable transmite orden, cuidado y confianza, tres ingredientes esenciales para sentirnos bien con nosotros mismos. Y si el truco para lograrlo se reduce a un poco de agua, jabón y cariño, no hay excusa para no darle a nuestros zapatos una segunda vida.