Estos son los 2 tipos de felicidad que analiza la psicología positiva y cual deberías potenciar en tu vida diaria
Potenciar el propósito, la conexión y el crecimiento personal es, según la ciencia, la mejor inversión emocional que podemos hacer
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La felicidad es un concepto tan antiguo como la propia filosofía, pero en las últimas décadas la psicología positiva ha logrado ponerle nombre, método y evidencia científica. Lejos de ser una emoción pasajera, el bienestar tiene dos caras complementarias que conviene conocer: la felicidad hedónica y la felicidad eudaimónica. Entender sus diferencias —y aprender a equilibrarlas— puede transformar nuestra manera de vivir y de relacionarnos con el entorno.
La felicidad hedónica es la más popular y la más fácil de reconocer: está ligada a las emociones agradables, la diversión y la satisfacción inmediata. Comer nuestro plato favorito, escuchar música que nos gusta o recibir un elogio son ejemplos cotidianos de placer hedónico. Este tipo de bienestar se mide con escalas como la Positive and Negative Affect Schedule o la Satisfaction With Life Scale. Sin embargo, tiene una trampa: la llamada adaptación hedónica. El cerebro, acostumbrado al estímulo, necesita cada vez más intensidad para generar la misma sensación de placer. Es como una montaña rusa emocional que siempre busca una subida mayor, pero con bajadas cada vez más pronunciadas.
La otra cara es la felicidad eudaimónica, un concepto que hunde sus raíces en la filosofía de Aristóteles y que se asocia con vivir de acuerdo con nuestra mejor versión ética, intelectual y emocional. La psicóloga Carol Ryff la definió a través de seis dimensiones fundamentales: autonomía, dominio del entorno, crecimiento personal, relaciones positivas, propósito vital y autoaceptación. Este tipo de bienestar no depende de estímulos externos ni de la intensidad del momento, sino de una trayectoria coherente y significativa a lo largo del tiempo.
La ciencia lo respalda con fuerza. Mientras que la orientación hedónica explica solo una parte de la satisfacción vital, la eudaimonía se relaciona con beneficios duraderos: mayor longevidad, mejor salud cardiovascular, menor inflamación, más resiliencia, mejor calidad del sueño y menor riesgo de deterioro cognitivo o demencia. En cambio, perseguir únicamente el placer momentáneo puede derivar en conflictos de metas o emociones mixtas que nos alejan del bienestar real.
Para comprender cómo pasar del placer al propósito, la Teoría de la Motivación Autodeterminada (SDT) aporta una clave esencial. Según esta teoría, todas las personas tenemos tres necesidades psicológicas básicas: autonomía (sentir que elegimos libremente), competencia (sentirnos capaces y eficaces) y relación (sentirnos conectados con los demás). Cuando estas necesidades se satisfacen, nuestra motivación se vuelve más auténtica, es decir, actuamos porque algo tiene sentido para nosotros y no por obligación o recompensa.
En la práctica, esto se traduce en pequeños cambios: disfrutar de una caminata por la naturaleza no solo como un placer sensorial, sino como una forma de conectar con uno mismo y con el entorno; trabajar no solo por un salario, sino porque la tarea contribuye a algo mayor; cultivar relaciones que aporten crecimiento y apoyo mutuo.
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La felicidad es un concepto tan antiguo como la propia filosofía, pero en las últimas décadas la psicología positiva ha logrado ponerle nombre, método y evidencia científica. Lejos de ser una emoción pasajera, el bienestar tiene dos caras complementarias que conviene conocer: la felicidad hedónica y la felicidad eudaimónica. Entender sus diferencias —y aprender a equilibrarlas— puede transformar nuestra manera de vivir y de relacionarnos con el entorno.