¿Por qué algunas personas logran levantarse tras un golpe duro y otras quedan paralizadas por la adversidad? La pregunta atraviesa la psicología, la filosofía y la experiencia cotidiana. Para Viktor Frankl, neurólogo, psiquiatra y pensador austríaco, la diferencia no está en el carácter ni en la suerte, sino en algo más íntimo y silencioso: “El factor decisivo es la decisión, la libertad de elección”.
Frankl no parte de una visión ingenua del ser humano. Reconoce que estamos condicionados por la biología, la historia personal y el entorno social. “Un ser humano nunca es completamente libre”, admite. Sin embargo, insiste en que existe un espacio que ninguna circunstancia puede ocupar del todo: la capacidad de decidir la actitud con la que se afronta lo que ocurre. “Si no podemos cambiar la situación, siempre la última libertad es cambiar nuestra actitud ante esa situación”, afirma.
Si no podemos cambiar la situación, siempre la última libertad es cambiar nuestra actitud ante esa situación (Pexels/ Karola G)
Uno de los ejes de su pensamiento es la crítica a la idea de que las personas están completamente determinadas por su contexto. Frankl advierte de que, cuando se elimina la noción de libertad interior, el ser humano deja de ser alguien para convertirse en algo. Frente a esa visión, reivindica la responsabilidad personal: la de “hacer algo o alguien a partir de sí mismo”.
Esta postura cobra especial fuerza cuando se observa el comportamiento humano en situaciones extremas. Frankl se apoya en estudios y testimonios de personas que sobrevivieron durante años en condiciones límite, como los campos de prisioneros de guerra o los campos de concentración. Su conclusión es clara: incluso bajo una presión extrema, puede reconocerse una libertad última, la de decidir cómo responder internamente a lo que no se puede evitar.
En su reflexión sobre la desesperanza, Frankl introduce una definición poco habitual. Explica la desesperación como una ecuación: “desesperación es sufrimiento sin sentido”. No es el dolor en sí lo que rompe a la persona, sino la imposibilidad de encontrarle un significado. Cuando el sufrimiento aparece vacío, sin propósito alguno, aumenta el riesgo de hundimiento psicológico.
Por el contrario, sostiene que el sentido puede transformar la experiencia del dolor. “En el momento en que pueden ver un significado en su sufrimiento, pueden moldearlo en un logro”, señala. No se trata de negar la tragedia ni de justificarla, sino de integrarla en una historia vital que todavía puede orientarse hacia algo valioso.
La responsabilidad de hacer algo o alguien a partir de sí mismo
Para ilustrar esta idea, Frankl relata la historia de un joven que, con solo 17 años, sufrió un grave accidente practicando buceo y quedó paralizado del cuello para abajo. En una carta, el muchacho le escribía una frase reveladora: “Me rompí el cuello, pero no me despertó”. A pesar de asumir que su discapacidad sería permanente, decidió continuar sus estudios y orientar su futuro a ayudar a otras personas: “Quiero convertirme en psicólogo para ayudar a los demás”.
El joven estaba convencido de que su sufrimiento no sería un obstáculo, sino una fuente de comprensión: “Mi sufrimiento contribuirá de manera esencial a mi capacidad de comprender a los demás”. Años después, aquel estudiante fue invitado a dar una conferencia internacional titulada 'El poder desafiante del espíritu humano'. Entonces, Frankl desveló el dato clave: “Sé que esto es cierto porque ese hombre era yo”.
¿Por qué algunas personas logran levantarse tras un golpe duro y otras quedan paralizadas por la adversidad? La pregunta atraviesa la psicología, la filosofía y la experiencia cotidiana. Para Viktor Frankl, neurólogo, psiquiatra y pensador austríaco, la diferencia no está en el carácter ni en la suerte, sino en algo más íntimo y silencioso: “El factor decisivo es la decisión, la libertad de elección”.