Byung-Chul Han ha descrito con precisión quirúrgica uno de los rasgos más inquietantes de nuestro tiempo: la dificultad de rebelarse cuando la presión ya no viene de fuera, sino de dentro. En el centro de su diagnóstico aparece una frase tan incómoda como reveladora: "Resulta muy difícil rebelarse cuando víctima y verdugo son la misma persona". La autoexigencia sustituye al látigo externo.
La dificultad de rebelarse surge precisamente ahí: si el verdugo es interior, ¿contra quién levantarse? El filósofo subraya que la violencia actual es más eficiente porque se ejerce sin coerción visible. Se trabaja más, se duerme menos y se compite incluso en el ocio, convencidos de estar ejerciendo autonomía. Este mecanismo produce una sensación constante de insuficiencia.
La consecuencia es una erosión silenciosa del bienestar. La vida se convierte en rendimiento medible, y cualquier pausa parece sospechosa. Sin tiempo para la contemplación o el encuentro, la existencia se estrecha hasta reducirse a tareas y objetivos. La felicidad queda desplazada por la urgencia de cumplir.
El pensador alemán de origen surcoreano, Byung-Chul Han. (EFE)
La frase sobre víctima y verdugo no es una metáfora dramática, sino un diagnóstico cultural. Si queremos recuperar la capacidad de disentir, sugiere Han, primero debemos reconocer el mecanismo que nos empuja a autoexplotarnos. Solo así será posible imaginar otra forma de vivir menos sometida al imperativo del rendimiento y más abierta a una libertad verdaderamente humana.
Byung-Chul Han ha descrito con precisión quirúrgica uno de los rasgos más inquietantes de nuestro tiempo: la dificultad de rebelarse cuando la presión ya no viene de fuera, sino de dentro. En el centro de su diagnóstico aparece una frase tan incómoda como reveladora: "Resulta muy difícil rebelarse cuando víctima y verdugo son la misma persona". La autoexigencia sustituye al látigo externo.