Nazareth Castellanos, neurocientífica: "Cuando tenemos una emoción que es muy intensa, el cuerpo tiene que manifestar de alguna forma"
La neurocientífica explica cómo el cerebro activa distintas respuestas físicas cuando una emoción es intensa y por qué gestos como sonreír o llorar forman parte natural de ese proceso
Las emociones no solo se sienten, también se muestran. Para la neurocientífica Nazareth Castellanos, el cuerpo cumple un papel clave en ese proceso. Cuando una emoción alcanza cierta intensidad, explica, el organismo necesita expresarla de algún modo. “Cuando tenemos una emoción que es muy intensa, el cuerpo tiene que manifestar de alguna forma”, afirma al abordar la relación entre mente, cerebro y expresión corporal.
El cerebro y el cuerpo mantienen una comunicación constante, y lo que ocurre en uno influye directamente en el otro. Una prueba conocida de esa interacción se observó en un experimento de los años ochenta que dio lugar al concepto de retroalimentación facial. En ese estudio, los participantes sostenían un lápiz entre los dientes, un gesto que activa los músculos de la sonrisa, aunque no se les pidiera sonreír. El resultado fue que quienes adoptaban esa posición tendían a percibir las situaciones de forma algo más positiva.
Llorar a veces nos ayuda a soltar emociones (Pexels)
El efecto cambiaba cuando el lápiz se sujetaba entre los labios, una postura que recuerda a la expresión facial asociada al enfado. En ese caso, las respuestas mostraban una tendencia más negativa. Para la investigadora, este tipo de experimentos ilustra cómo la expresión facial puede influir en la manera en que interpretamos lo que nos rodea.
Dentro de ese mismo campo, Castellanos distingue entre dos tipos de sonrisa. Una es la sonrisa Duchenne, considerada la expresión auténtica de alegría. Cuando aparece, explica, se activan en el cerebro zonas relacionadas con los estados emocionales positivos. La otra es una sonrisa más superficial, en la que solo se mueven los músculos de la cara. En ese caso, el gesto no va acompañado de la misma activación cerebral y, por tanto, no produce el mismo efecto sobre el estado de ánimo.
Las lágrimas constituyen otro ejemplo claro de cómo el cuerpo refleja lo que ocurre en el plano emocional. Según Castellanos, cuando una emoción se vuelve especialmente intensa, la amígdala, una región cerebral vinculada a las emociones, envía señales al hipotálamo, encargado de coordinar la respuesta del organismo. A partir de ahí se desencadenan diferentes reacciones físicas, como cambios en la respiración, tensión muscular o alteraciones en el ritmo cardíaco. Entre esas respuestas aparece también el llanto.
La neurocientífica explica que no todas las lágrimas son iguales. Existen lágrimas basales, que mantienen húmedos los ojos; lágrimas reflejas, que se producen cuando algo irrita el ojo; y las llamadas lágrimas emocionales, que aparecen ante situaciones de tristeza, alivio o alegría intensa. Estas últimas tienen una composición química distinta y contienen sustancias como la encefalina, relacionada con un efecto analgésico natural que ayuda a aliviar el malestar.
Desde esta perspectiva, llorar no es solo una reacción emocional, sino también un mecanismo que ayuda al cuerpo a regularse. Expresar la emoción evita lo que Castellanos describe como una incongruencia entre lo que se siente y lo que el cuerpo muestra. Cuando esa diferencia se produce, explica, puede generar un malestar adicional.
Durante mucho tiempo, sin embargo, el llanto se ha interpretado socialmente como una señal de debilidad, especialmente en determinados contextos o en el caso de los hombres. Castellanos considera que esa visión está cambiando poco a poco y que reconocer la dimensión emocional de las personas resulta necesario.
Para la neurocientífica, comprender cómo funcionan estas respuestas corporales forma parte de una tarea más amplia. Desarrollar inteligencia emocional, aprender a reconocer lo que sentimos y permitir que el cuerpo lo exprese son habilidades que, en su opinión, deberían formar parte de la educación desde edades tempranas.
Las emociones no solo se sienten, también se muestran. Para la neurocientífica Nazareth Castellanos, el cuerpo cumple un papel clave en ese proceso. Cuando una emoción alcanza cierta intensidad, explica, el organismo necesita expresarla de algún modo. “Cuando tenemos una emoción que es muy intensa, el cuerpo tiene que manifestar de alguna forma”, afirma al abordar la relación entre mente, cerebro y expresión corporal.