John Lennon y su desperdicio
  1. Celebrities
LA INJUSTICIA DEL PRESENTE

John Lennon y su desperdicio

Lennon merecerían una atención más consciente, una revisión más frecuente y un análisis más profundo

placeholder Foto: John Lennon. (Getty)
John Lennon. (Getty)

Se cumplen esta semana cuarenta años de vida y cuarenta años de muerte de John Lennon. Me pregunto si le estamos colocando, al cumplirse el redondo aniversario, en el lugar, no ya que se merece, sino en el que necesitaría nuestra sociedad ponerlo al encarar esta nueva década llena de confusos referentes.

Me temo que probablemente no, y me da la sensación de que la potente imagen que generó con su vida está empezando a disiparse con su muerte. Cuarenta años y cuatro tiros por la espalda para formarse y cuarenta tibios aniversarios centrándose en cómo perdió su vida más que en cómo de bien se la ganó, y google, bastan para demostrar su desgaste.

Foto:  Ilustración de Yoko Ono (Jate)

El buscador siempre se me hace referencia de relevancia y charco comparador en el que me meto de vez en cuando y del que, en cuanto me descuido, salgo con barro hasta los ojos. A pesar del riesgo de acabar viendo algún animal haciendo cosas de personas o alguna persona haciendo cosas de animales decidí hacerlo para confirmar mi teoría.

placeholder John Lennon y Yoko Ono en una imagen de archivo. (EFE)
John Lennon y Yoko Ono en una imagen de archivo. (EFE)

Si escribes John Lennon, google informa de 111 millones de referencias, si pones Cristiano Ronaldo casi 200. Si pones Taylor Swift 770 millones. Media hora después y sorprendido por los aullidos vocalizados y perfectamente entendibles de un husky siberiano, conseguí volver a mi comparativa mental de los iconos. Y la acabé negándome a pensar que los regates y horteradas de uno y las piernas y vestidos de la otra tengan hoy el peso cultural y moral que alcanzó John con los chicos de The Quarrymen, que así empezaron a llamarse en el colegio los Beatles. Peso e influencia que tuvieron en unos años tan trascendentales además como fueron aquellos en los que, probablemente por primera vez en la historia, de verdad los jóvenes empezaron a ser jóvenes y se empeñaron en demostrar que lo eran, e incluso actuaron convencidos de serlo y de poder cambiar el mundo hasta conseguir adaptarlo a su nueva forma de verlo.

Mi conclusión final es clara: creo que, como sociedad, llevamos cuarenta años disfrutando de aquel impulso sin habérselo agradecido lo suficiente, sin haberlo aprovechado del todo.

Quizá los que lo vieron de cerca, durante los siguientes 20 años fueron conscientes y lo decían. Probablemente duró el agradecimiento hasta que esa generación perdió preponderancia por ley natural y sus valores y logros se fueron diluyendo en la vorágine de los noventa y el cambio vertiginoso de siglo que pareció pillarles de improviso.

placeholder John y Cynthia Lennon, en 1964. (Getty)
John y Cynthia Lennon, en 1964. (Getty)

Aquella generación consiguió un mensaje casi unánime en torno a una cultura de la paz, que a punto estuvo de generalizarse durante treinta años en el mundo consiguiendo mejoras en todos los frentes. Generando una tendencia de mejora económica y mayor reparto, socavando el peso de la religión y el fanatismo político que redujeron a su vez la tensión entre bloques.

La liberalización de la mujer dio pasos de gigante teniendo en cuenta el trato feudal o victoriano al que se le sometía dependiendo de la ubicación más anglosajona o latina en la que estuviera sojuzgada.

La libertad sexual, la mezcla racial, la movilidad accesible, la exaltación del espíritu avanzaron de forma exponencial y diferente. Hasta la tecnología se enfocó hacia el ocio, consolidando en Occidente un ser humano diferente al que solo trabajaba y se reproducía si no gozaba por cuna o por iniciativa empresarial (o delincuencia) de un estatus destacado.

No digo que John Lennon consiguiera todo eso, pero tener a alguien de su inquietud espiritual y su capacidad creativa, sin olvidar su enorme valentía para enfrentarse al status quo, como referencia permanente en los medios de comunicación tuvo que ser muy relevante. Y creo que no se lo estamos agradeciendo bastante.

Tampoco quiero decir, por comparación, que los referentes actuales, excepto el mundo reguetonero, que esos sí, nos aboquen a la guerra, el extremismo y la superficialidad a la que parece encaminarse en bloque nuestra sociedad. O sí. Sí, sí quiero decir exactamente eso justo después de visitar sin querer el Instagram de Ronaldo y ahora no poder borrar de mi cabeza el carrusel de coches caros, piscinas doradas y abdominales aceitados

placeholder Los Beatles en una imagen de archivo. (Reuters)
Los Beatles en una imagen de archivo. (Reuters)

Seguro que las marcas sí que le estarán eternamente agradecidas a Ronaldo y que, Dios no lo quiera, si tiene un final parecido al de Lennon, o peor aún al de Maradona, tendremos religión al canto: los ronaldianos. Medirán su espiritualidad en quilates y sus méritos para ganarse el cielo en la acumulación de caballos de vapor en un garaje. El ser que no les adule hasta la náusea o les sirva sumiso la comida o les limpie eficiente y discretamente el avión privado simplemente no existirá como prójimo para ellos. Tiempo al tiempo y tiempo a twitter o a Instagram.

Pero al margen del insoslayable peso de las redes, lo que probablemente esté empezando a ocurrir es que estamos olvidando lo importante del legado de aquellos años en general y en particular de quienes los hicieron posibles. Lennon dijo que eran más populares que Jesucristo, era verdad. Más populares y más influyentes sin duda y, creo que, claramente más en la línea de la influencia adecuada para la mejora de las personas de lo que hoy se está haciendo con la “productización” –termino que se acuña ahora para explicar la conversión de servicios o personas en productos- de nuestros ídolos contemporáneos.

Hoy, la perspectiva del tiempo nos permite acreditarlo. En tiempos de todo tipo de guerras -frías, templadas y calientes- las voces que en los sesenta gritaban contra la violencia eran escuchadas y seguidas. Desde ámbitos variados y en principio nada conectados emergían líderes que alineaban sus miradas en torno a la paz y la libertad individual. De Luther King a Sartre o de Kennedy a Mohamed Alí. Y por supuesto de Lennon a Woodstock como icono del sitio, el día y la hora donde todo lo sembrado prendió y comenzó a crecer y dar frutos por todo el mundo.

placeholder Los Beatles en Abbey Road, 1969. (Iain Macmillan, cortesía de Apple Corps vía Reuters)
Los Beatles en Abbey Road, 1969. (Iain Macmillan, cortesía de Apple Corps vía Reuters)

Hoy, incluso aquel que cantaba que no creía ni en la magia, ni el yoga, ni en Elvis, ni en Kennedy, ni en Jesús, ni Buda, ni en Zimmerman y ni siquiera en los Beatles. Aquel que solo creía en él y en el amor a su Yoko y a su hijo, aquel que se encerró en un hotel de lujo para luchar contra la guerra, aquel que vivía en el mejor edificio de Nueva York, aquel con tantos defectos como hoy queramos achacarle, por no obviar lo evidente de algunas de sus contradicciones, merecerían una atención más consciente, una revisión más frecuente y un análisis más profundo para que entre todos finalmente no le desaprovechemos como icono porque estoy convencido de que lo necesitamos y más aún lo necesitaremos en el futuro.

Tengo un lista de unos treinta referentes actuales que no aguantarían ni diez segundos de comparación, ni artística ni intelectual, y ahí los tenemos gobernando el mundo desde sus altavoces patrocinados. Y me temo que seguirán ahí o sustituidos por otros parecidos durante mucho mucho tiempo. Conclusión: un desperdicio de Lennon.

John Lennon
El redactor recomienda