Florsheim: la marca de zapatos que regala Donald Trump, ya era la favorita de los barceloneses
Mucho antes de que los oxford de Florsheim circularan por la Casa Blanca, ya había una barcelonesa que los recomendaba desde una zapatería de Rambla Catalunya.
Trump en Davos con Marco Rubio, Scott Bessent o Howard Lutnick (Reuters)
Durante años, en el número 3 de Rambla Catalunya de Barcelona, hubo una zapatería que muchos hombres de la ciudad recuerdan bien. Se llamaba Calzados Güell y tenía algo que hoy suena casi improbable: más de 30.000 pares de zapatos almacenados bajo el subsuelo barcelonés. Un pequeño universo del calzado clásico que funcionaba con una lógica muy simple: buenos materiales, modelos fiables y clientes que volvían temporada tras temporada.
Entre todas las marcas que pasaban por aquellas estanterías había una que se repetía especialmente. Florsheim. Para algunos clientes era casi una recomendación fija. Chús Manresa, una de las responsables de la tienda, solía aconsejarlos con bastante convicción. “Son los mejores mocasines: cómodos, de buena calidad y a buen precio”, decía a quienes dudaban entre varios modelos. Muchos acababan llevándoselos.
Las remesas de Florsheim llegaban cada año y se vendían con cierta facilidad. No era una marca especialmente ruidosa ni aspiracional en el sentido moderno de la palabra. Funcionaba más bien como esas etiquetas clásicas que se transmiten por recomendación: alguien te habla de ellas, pruebas un par y repites.
Décadas después, ese nombre vuelve a circular con fuerza, pero por una razón bastante distinta. Esta semana Florsheim ha acabado en titulares internacionales por culpa de Donald Trump.
No solo los compra para él. También los regala
El presidente estadounidense ha convertido estos zapatos en una especie de pequeño símbolo interno de su entorno político. Según contaba recientemente 'The Wall Street Journal' hace unos días Trump está completamente fascinado con un modelo concreto de la marca: unos oxford negros de horma clásica que cuestan alrededor de 145 dólares (unos 125 euros).
El artículo del diario neoyorquino explica que Trump suele aparecer con cajas de Florsheim destinadas a colaboradores, asesores o miembros de su gabinete. A veces incluso calcula la talla a ojo. El gesto se ha convertido en una especie de ritual informal dentro de su círculo político.
Los zapatos que le gustan a Trump (Florsheim)
“Todos los chicos los tienen”, decía una fuente anónima de la Casa Blanca citada por el periódico. Otra añadía, medio en broma, que algunos se sienten obligados a ponérselos para no quedar mal con el presidente. En el reportaje lo bautizan incluso como “el Vendedor de Zapatos en Jefe”.
La instantánea que terminó por disparar la conversación se tomó en enero, durante el Foro Económico Mundial de Davos. En ella aparecen Donald Trump y varios miembros de su equipo, como Marco Rubio, Scott Bessent o Howard Lutnick, posando juntos y, según parece, todos con el mismo modelo de zapato negro.
El detalle resulta aún más curioso si se tiene en cuenta el perfil de algunos de los presentes: varios son multimillonarios poco habituados a llevar calzado de precio moderado. Precisamente ahí reside parte del atractivo de Florsheim. No es una firma de lujo. Sus diseños evocan a los clásicos de Sebago, aunque con un coste bastante más contenido.
El equipo con los zapatos que le gustan a Trump (Florsheim)
Rubio también protagoniza uno de los momentos más comentados de esta pequeña historia. En una de las imágenes que circulan estos días se aprecia que sus Florsheim parecen quedarle ligeramente grandes. La explicación, según recoge The Wall Street Journal, es bastante simple: Trump trató de acertar su número… pero no dio exactamente con la talla.
La imagen ha servido, además, para recordar un episodio de la campaña presidencial de 2016. Aquel año Rubio, entonces aspirante a la nominación republicana, apareció en varios actos con unos botines de Florsheim con algo de tacón. El detalle dio pie a bromas continuas por parte de uno de sus rivales: el propio Trump, que por entonces lo apodaba “Little Marco”.
Mientras la marca vive ahora esta inesperada ola de visibilidad, la empresa matriz, Weyco, atraviesa un momento bastante más complejo. La compañía, fundada en Wisconsin en 1892 por la familia Florsheim, presentó una demanda contra el Gobierno estadounidense por el impacto de los aranceles impuestos durante la política comercial de Trump.
Según la empresa, esos gravámenes encarecieron la producción, ya que buena parte de sus zapatos se fabrican fuera del país. Calculan que las tarifas provocaron pérdidas de unos 16 millones de dólares y obligaron a subir el precio de algunos modelos alrededor de un 10%.
Es decir: el presidente que ahora regala Florsheim como si fueran parte del uniforme oficioso de su equipo es también responsable indirecto de que esos mismos zapatos sean hoy algo más caros.
Mientras tanto, en Barcelona, Calzados Güell ya no existe. La tienda terminó cerrando en medio del complicado contexto económico y político que vivió Cataluña hace unos años. Pero muchos de sus antiguos clientes probablemente reconocerán el nombre de esta marca al leer los titulares de estos días. Y los vendía una barcelonesa con un argumento mucho más sencillo que cualquier estrategia política: que eran buenos zapatos, cómodos y que valían lo que costaban.
Durante años, en el número 3 de Rambla Catalunya de Barcelona, hubo una zapatería que muchos hombres de la ciudad recuerdan bien. Se llamaba Calzados Güell y tenía algo que hoy suena casi improbable: más de 30.000 pares de zapatos almacenados bajo el subsuelo barcelonés. Un pequeño universo del calzado clásico que funcionaba con una lógica muy simple: buenos materiales, modelos fiables y clientes que volvían temporada tras temporada.