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Crítica de 'Superestar' (Netflix): la arriesgada vuelta al tamarismo que será amada y odiada a partes iguales
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ESTRENO ESTE VIERNES 18

Crítica de 'Superestar' (Netflix): la arriesgada vuelta al tamarismo que será amada y odiada a partes iguales

Producción original y arriesgada que poetiza lo freak, también es una imposible ensalada de elementos a la que le cuesta encontrar el tono y resulta emocionalmente inerte a la hora de abordar sus personajes

Foto: El elenco de 'Superestar'. (Netflix)
El elenco de 'Superestar'. (Netflix)

Cuando se anunció la puesta en marcha de 'Superestar' muchos esperaban, sabiendo los nombres que están detrás (los Javis en la producción; Nacho Vigalondo en la dirección), una nueva 'Veneno'. O mejor aún, un 'Ed Wood' televisivo; una versión españolizada de aquella cinta en la que Tim Burton reivindicaba al autor de la peor película de la historia (o eso dicen).

El efecto Dunning-Kruger, ese que provoca que una persona con bajas habilidades en una determinada área sobrestime su competencia, nunca tuvo un mejor reflejo en pantalla. Aquel ingenuo director era capaz de compararse con el mismísimo Orson Welles. Si le ponía las mismas ganas a eso de rodar películas que el autor de 'Ciudadano Kane', ¿quiénes eran los demás para decir que no era un verdadero artista?

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placeholder El tamarismo, revisitado por los Javis y Vigalondo. (Netflix)
El tamarismo, revisitado por los Javis y Vigalondo. (Netflix)

Apelar al Dunning-Kruger también parecía apropiado para recuperar en pantalla a las figuras que pueblan 'Supesestar'; a esos seres de otra galaxia que, de Tamara (hoy Yurena) a Leonardo Dantés, Loly Álvarez o Tony Genil, irrumpieron cual cometas en la televisión de principios de los 2000.

'Crónicas Marcianas' (aquí Tiempo de Marte') convirtió a aquellos famosos fugaces en caricaturas y carne de chiste. Solo la primera ha conseguido tener una carrera postrera y ser más o menos reivindicada más allá de la sombra de lo freak o de su aspecto digno de cualquier personaje de John Waters.

Pero 'Superestar' no es una crítica a la telebasura o un análisis sesudo sobre el frikismo catódico, pese a ser la primera serie española verdaderamente de autor que llega a Netflix. El tamarismo es explorado por Nacho Vigalondo a través de seis episodios (algunos dirigidos por Claudia Costafreda).

Cada uno de ellos está dedicado a uno de los 'freaks' para ahondar en su personalidad y en sus razones para hacer lo que hizo. De fondo, el ruido de esos programas salvajes, imposibles de replicar hoy día. La absurdez y el delirio, reforzados por una puesta en escena que poetiza lo cutre y eleva el trash con ráfagas (no siempre logradas) de ternura y sentido del humor.

Algo que también se puede decir de la interpretación de Ingrid García Jonsson, una Tamara que desprende un sentimiento naif y se convierte en uno de los pocos personajes con los que el espectador logra empatizar.

Ocurre lo mismo con su madre, la Margarita Seisdedos a la que da vida Rocío Ibáñez. A esta actriz, cuya experiencia previa se reduce a la comentadísima 'Espíritu Sagrado', le bastan dos miradas y cuatro gestos para que el espectador sienta como propio el amor desmedido que siente por su hija.

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placeholder Loly Álvarez, a través del rostro de la gran Natalia de Molina. (Netflix)
Loly Álvarez, a través del rostro de la gran Natalia de Molina. (Netflix)

Desde los primeros minutos es evidente que Vigalondo no pretende hacer un biopic al uso. Aunque cada capítulo comienza exactamente igual (presentación del sujeto en cuestión a cargo del Vigalondo actor y con la imagen de una sombra chinesca del mismo) todos recurren a elementos dispares.

Muy dispares, de hecho: de los alter ego del protagonista que cuestionan sus dos realidades a las visiones estridentes que convierten su universo en algo único. Cromas indisimulados, ladrillos como armas épicas de spaghetti western y cameos inesperados. Un cóctel explosivo.

Atentos, por cierto, al capítulo dedicado al Paco Porras interpretado por un Carlos Areces en su salsa. Ni el mismísimo Spike Jonze se habría metido así en la cabeza del rey del pepino.

En algunos casos, como en el primer y el último capítulo (los mejores y los más emocionales, dedicados a Margarita Seisdedos y a la propia Tamara, respectivamente) hay signos de verdadera genialidad.

Esa madre que nunca deja de ver a su hija como una niña (y el espectador tampoco gracias a la visión de Vigalondo) o esa Tamara que, como si fuese la protagonista de 'La vida en un hilo' de Edgar Neville y gracias a un túnel lewiscarroliano (perdonen la pedantería), es capaz de ver la medianía que hubiese sido su existencia en el caso de vivir como su otro yo, como una sencilla cajera de Baracaldo.

placeholder Tamara y Paco Porras en la casa de este último. (Netflix)
Tamara y Paco Porras en la casa de este último. (Netflix)

El problema es que, incluso en esos dos episodios es difícil saber qué nos quieren contar los creadores de esta serie. O a qué público se quieren dirigir: ¿los que vieron de pasada a estos personajes en la tele de los 2000? ¿los jóvenes que no habían nacido o aún estaban en pañales cuando el tamarismo se adueñó del país? ¿los que se han pasado estos años despreciándolos? La serie pega tiros al aire sin saber muy bien cuál es la diana.

Surrealista y esperpéntica, 'Superestar' parece divagar sin saber si quiere ser el relato pop de una realidad alternativa basada en esa realidad de hace 25 años; una comedia delirante con apuntes sci-fi o un drama onírico sobre la tragedia de unos freaks con poca conciencia de serlo.

La máxima era acercarse a ellos sin distanciamiento, de meternos en su cabeza (algo muy evidente en el capítulo dedicado a Porras, el más Spike Jonze de todos) sin juzgarlos, para ver el mundo tal cual ellos lo vieron... o lo siguen viendo.

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placeholder Margarita Seisdedos y Tamara, inseparables. (Netflix)
Margarita Seisdedos y Tamara, inseparables. (Netflix)

Resulta paradójico que esa imprecisión y esa ensalada de géneros no solo impida que empaticemos con los protagonistas sino que convierta a la serie en un producto emocionalmente inerte. Incluso cuando está claro (atentos a la última secuencia y a ese final) que pretende justo lo contrario.

Hay capítulos con momentos brillantes y otros en los que parece prevalecer el disparate por el disparate; un teatro del absurdo con el que se conectará o no según sea aquel que lo vea.

Los hay que prefieren a Flaubert y los que prefieren a Valle-Inclán ('Superestar' tiene, por cierto, mucho de esperpento); los que prefieren a los dos y los que sencillamente huyen de lo experimental (y de leer, ya que estamos) como de la peste.

placeholder Tamara y Dantés, en plena grabación del 'No cambié'. (Netflix)
Tamara y Dantés, en plena grabación del 'No cambié'. (Netflix)

'Superestar' es un producto a celebrar, un salto al vacío 'arty' y español en un Netflix no muy afín a los riesgos creativos (salvo si te llamas Martin Scorsese o Alfonso Cuarón).

Lástima que el resultado sea muy desigual y parezca estar más preocupado por la experimentación o el riesgo formal que por conectarnos con esos personajes que fueron víctimas y verdugos de una televisión que los explotó sin piedad. La serie horrorizará y apasionará a partes iguales, pero no dejará indiferente a nadie. Y eso, sin duda, también es un mérito.

Cuando se anunció la puesta en marcha de 'Superestar' muchos esperaban, sabiendo los nombres que están detrás (los Javis en la producción; Nacho Vigalondo en la dirección), una nueva 'Veneno'. O mejor aún, un 'Ed Wood' televisivo; una versión españolizada de aquella cinta en la que Tim Burton reivindicaba al autor de la peor película de la historia (o eso dicen).

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