Carla de La Lá, feminista liberal: "El patriarcado se asienta en la maternidad, nuestra vulnerabilidad biológica"
La periodista publica 'Feminismo irreverente' un ensayo en clave de humor en el que analiza en profundidad el papel de las mujeres y cómo nuestras condiciones físicas han marcado el machismo
Una rubia despampanante y descarada destacaba sentada a la barra con un vino en la mano. Y eso que todos íbamos vestidos de negro. Era un viernes de noviembre, frío y desangelado, con lluvia, como tenía que ser, porque estábamos ahí, en la Azotea Madrid, para despedir a uno de los mejores periodistas que he conocido, pero sobre todo a una de las mejores personas. Le decíamos adiós para siempre a quien nos rompió el corazón, Javier Cid.
Ya solo por eso, por esta ahí, por ser amiga de Javi, esa rubia me cayó bien. Pero quisimos indagar y mis amigas, que me conocen, me nombraron enviada especial a la barra del bar. Allí descubrí a Carla de La Lá, una de esas personas que deja huella con el primer gesto. Desde entonces seguimos en contacto y ahora que publica un libro insolente, como es ella, más todavía, porque leer sus pensamientos negro sobre blanco demuestra que la inteligencia y la belleza muchas veces van de la mano, sobre todo en el caso de Carla. No se la pierdan, señores.
Porque Carla de Lalá abre melones a cada página. Es imposible no pararse a reír o a reflexionar con su libro ‘Feminismo irreverente’, un ensayo humorístico en el que empieza por reírse de sí misma para después reírse del resto de la humanidad, feminismo enfadado incluido.
La periodista se plantea cuestiones como si estamos victimizándonos como mujeres, si la menopausia se ha convertido en un negocio, si el piropo es tan ofensivo y hasta reflexiona sobre leer libros escritos solo por hombres en los que las mujeres aparecen tangencialmente (lo que vendría a ser la literatura universal hasta finales del siglo XX).
Pero sobre todo, mientras una lee sus pensamientos, como que “las medidas de conciliación perpetúan el desequilibrio”, o que “la nueva maternidad es una fábrica de ansiedad”. Ella lo enfoca todo con humor, porque “la intolerancia y la falta de humor van de la mano hacia un destino mediocre”. El debate, con su libro y con sus afirmaciones, está servido en mantelito de hilo, blanco y planchado, como lo hacían (la mayoría de) nuestras madres.
Pregunta. ¿Cómo te atreves a escribir de feminismo cuando el feminismo parece que pertenece solo a una facción de la sociedad muy determinada?
Respuesta. Por eso mismo lo he hecho, porque no pertenece a la izquierda marxista. Se dicen propietarios de todo, pero yo soy liberal, no soy de derechas y el feminismo pertenece a todos.
P. Sin embargo, tu feminismo reniega de la igualdad.
R. Claro que no defiendo la igualdad tal cual. Yo defiendo la igualdad en derechos y oportunidades. La igualdad legal ya la tenemos. Esperar a la igualdad es pobre. Yo quiero cambiar, mejorar. No quiero ser igual ni a mí misma. Quiero ser libre”.
"Las feministas marxistas han carbonizado el feminismo"
Desde ahí articula una crítica directa a lo que considera una deriva del movimiento feminista y hasta en lo que supone ser mujer: un negocio. “El feminismo se ha convertido en una industria. Ahora el Gobierno usa esa industria para ganar votantes y ganar dinero”. A su juicio, el concepto se ha vaciado hasta en el lenguaje. “Empoderar, que es una palabra que tiene sentido, también la han carbonizado. Las feministas marxistas han carbonizado el feminismo”.
Los hombres, a la hoguera
Y en se fuego quien mas ha ardido son los hombres, "los hombres blancos heterosexuales", puntualiza, a quienes se ha culpado de todo aunque no siempre han sido culpables. Dice, entre risas, que el patriarcado no se inventó en una reunión de hombres pensando en cómo fastidiar a la mujer, que fue algo orgánico, natural. Su teorías vienen apoyadas por lecturasd intensas de informes, estudios y ensayos de todos los calibres. Hay un término, la 'weaponized incompetence', la incompetencia masculina convertida en arma. Y se ríe ante la incompetencia doméstica de algunos hombres: "Es fascinante cómo el mismo cerebro capaz de calcular la estructura de un puente colapsa ante el misterioo insondable de separar la ropa blanca de la de color".
P. ¿Cómo resolviste tú la situación?
R. Yo lo resvoli con el divorcio. La otra solución es, como digo en el libro, que nosotras, aunque hemos sido entrenadas para ser eficaces, pacientes y culpables, asusmimos que es más rápido hacerlo solas que enseñarles.
Se ríe de todo, lo decíamos. Con esa mirada irónica que no esquiva los puntos más conflictivos. “Ser mujer no es una ilusión, es una realidad, quieras o no”, afirma, y lamenta que en el movimiento femisnista se englobe a todo tipo de mujer y no solo a quien lo es por nacimiento.
P. Pero entonces, personas como Bibiana Fernández, en tu opinión, no son mujeres?
R. No puedo decir que Bibiana Fernández no es una mujer, pero lo es porque lo ha querido ella. Los problemas de las personas transexuales son otros, no los de las mujeres que gestamos, quizá son peores, pero no son los mismos. La base de toda brecha es la maternidad. Es la mayor vulnerabilidad biológica de la mujer y sobre la que se asienta el patriarcado.
"Antes a un tío le salía gratis acosar a una mujer y te tenías que reír"
Ese argumento recorre toda la conversación. “Todas las mujeres que conozco han sufrido algún tipo de agresión física o psicológica, y eso ha sido siempre gratuito”, sostiene. Recuerda además un cambio de época que, en su opinión, no está exento de matices. “Antes a un tío le salía gratis acosar a una mujer y te tenías que reír. Eso no mola. Ahora, con esta furia, ya nadie te echa piropos y eso tampoco es”. La línea, dice, está en el malestar.
Plancharse el pelo
A esa construcción de la desigualdad añade otro factor menos señalado: el tiempo y la exigencia estética. “Las mujeres pasamos 300 horas al día alisándonos el pelo, maquillándonos, mientras ellos estudian, trabajan y se preparan. Entonces van con ventaja”. No es, según su lectura, una cuestión menor, sino una forma más de desventaja estructural asumida como normal.
El análisis se desplaza también al terreno cultural y simbólico. “Nos compadecemos del burka, pero en Occidente nuestro yugo es la Virgen María, que es la creación de un tío”, apunta, introduciendo la religión como uno de los marcos que han moldeado el papel de la mujer. En ese contexto, lanza otra afirmación incómoda: “La mujer es imprescindible porque gesta, por nada más. Por eso nos han mantenido, pero eso nos ha dado vulnerabilidad”.
Pese a ese diagnóstico, no hay nostalgia. “Nacimos en el siglo XX con un corazón patriarcal y una cabeza feminista. Somos esclavas en una doble plantación”. Y, sin embargo, no duda al compararse con generaciones anteriores. “No me cambio por nuestras madres, aunque tengamos el doble de trabajo, porque ellas no tenían la libertad de poderse ir”. La dependencia económica, insiste, es la clave de todo. “Cuando dependes de alguien, ni siquiera sabes si lo quieres. Si no tienes libertad, no tienes libertad para amar”.
"Nacimos en el siglo XX con un corazón patriarcal y una cabeza feminista"
Su propuesta pasa por intervenir justo ahí. “Nadie tiene que tener hijos porque pagamos un precio por ello y ahora la maternidad está muy baja. Si queremos que Occidente siga, hay que financiar la maternidad”. Y concreta: “Hay países que dan ayudas, pero yo defiendo que se lo den directamente a la mujer”.
En paralelo, introduce una idea poco habitual en este tipo de discursos: el impacto del machismo también en los hombres. “El machismo lo sufrimos todos”, dice, antes de rechazar lo que considera una demonización simplista. “El hombre está demonizado y eso es una gilipollez”. Recuerda entonces una realidad incómoda: “Si miras hacia arriba, los grandes son hombres, sí, pero si miras hacia abajo, los más pobres también lo son: drogadictos, encarcelados, vagabundos, suicidios… en su mayoría, hombres”.
En medio de ese mapa complejo, la autora se aferra a una herramienta concreta para evitar el dogma y la solemnidad. “El humor es el único punto de vista contra el patetismo”. Es, en el fondo, la clave de su aproximación: cuestionar sin pontificar y abrir grietas en un debate cada vez más rígido. Por eso insiste en su idea inicial, la que atraviesa todo su discurso y que funciona casi como una declaración de intenciones. “No quiero ser igual”, repite. “Quiero ser libre”.
Una rubia despampanante y descarada destacaba sentada a la barra con un vino en la mano. Y eso que todos íbamos vestidos de negro. Era un viernes de noviembre, frío y desangelado, con lluvia, como tenía que ser, porque estábamos ahí, en la Azotea Madrid, para despedir a uno de los mejores periodistas que he conocido, pero sobre todo a una de las mejores personas. Le decíamos adiós para siempre a quien nos rompió el corazón, Javier Cid.