El último partido de Sergio Luyk
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El último partido de Sergio Luyk

La última vez que hablé con Paquita Torres sobre la salud de su hijo me decía que todo marcha igual. Es decir, mal. El tratamiento no

Foto: El último partido de Sergio Luyk
El último partido de Sergio Luyk

La última vez que hablé con Paquita Torres sobre la salud de su hijo me decía que todo marcha igual. Es decir, mal. El tratamiento no había dado el resultado esperado y los médicos que trataban al joven Sergio tampoco querían dar falsas esperanzas. Aunque la familia y sobre todo Paquita, una mujer luchadora y con mucha fe en la curación de su hijo nunca se les pasó por la cabeza que la muerte del mayor de la familia estuviera tan cercana. Murió el sábado de madrugada.

Sergio, un chaval con toda la vida por delante, deportista, buen hijo, buen amigo, buen novio -lo fue de Paula Vázquez- tenía tan solo 36 años. Cuando le detectaron el cáncer jugaba en el Breogan de Lugo. Antes estuvo en el Real Madrid y antes en un equipo norteamericano que le fichó a través de un “cazatalentos” cuando era muy jovencito. Siguiendo la estela de su padre, Cliford Luyk y gracias a la genética combinada de papá y mamá, muy pronto tuvo claro que lo suyo era el baloncesto. Y mientras Sergio se dedicaba al deporte, su hermana, la bella Estefanía, continuaba la saga materna como modelo internacional.

Ninguno de los dos ha vivido del cuento porque en ambos mundos -el deporte y la moda- se mueve demasiado dinero como para ejercer de “hijo de…”. Sergio era un chico muy competitivo, muy profesional y muy apegado a su familia. Por eso, cuando se marchó a Estados Unidos, donde estuvo jugando cinco temporadas en el equipo de la Universidad de Saint John, llevaba fatal no poder compartir las reuniones familiares. Con su hermana Estefanía se encontraba en los aeropuertos internacionales. Él viajaba con su equipo y ella para cualquier desfile o reportaje de moda. Cliford y Paquita le esperaban en la casa de Madrid donde siempre tuvo su cuarto.

No le gustaba que su madre pusiera orden en su territorio privado y muchos menos admitía las amenazas de “hacer limpia” cada vez que llegaba de vacaciones con nuevos trastos en forma de tablas de esquiar, balones y botas de baloncesto, cámaras de fotos, ordenador portátil… Cuando ya se instaló definitivamente en Madrid no se planteó emanciparse: “en casa se vive muy bien y por lo tanto ¿para qué voy a pagar un alquiler?”. En este sentido, la bondad de Paquita y Cliford tuvo mucho que ver para que los hijos, en vez de abandonar, el nido lo aumentaran con visitas de los amigos internacionales que muchas veces se quedaban de “okupas” durante un tiempo.

La vida para Sergio Luyk tenía todos los atractivos que se le suponen a un chico con futuro deportivo prometedor y una vida familiar y social óptima. Hace menos de un año, y tras un chequeo, le detectaron un cáncer. Tras superar la conmoción y el impacto que supone asumir la enfermedad, Sergio tuvo muy claro que tenía que echarle valor y fuerza porque jugaba su gran partido. Durante meses se sometió a diversas terapias. Hace exactamente dos semanas, Paquita me decía que el nuevo tratamiento no estaba dando los resultados que esperaban “pero confió en la fortaleza de mi hijo”. Puede ser que Sergio se cansara de luchar o quizá decidiera que ya era hora de jugar al basket en otro lugar o en otra dimensión. Querido Sergio: estés donde estés, sé feliz.