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El duque de Cádiz, dos décadas sin respuestas

Era un esquiador experto y, a pesar de ello, la fatalidad hizo que fuera en una pista de esquí donde Alfonso de Borbón y Dampierre, duque

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El duque de Cádiz, dos décadas sin respuestas
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    Era un esquiador experto y, a pesar de ello, la fatalidad hizo que fuera en una pista de esquí donde Alfonso de Borbón y Dampierre, duque de Cádiz, perdiera la vida un 30 de enero de 1989. Veinte años después del incidente que costara la vida al padre de Luis Alfonso, aún hay incógnitas sin desvelar sobre aquel suceso que marcaría un antes y un después en la vida de la familia. 

    Aquel día el duque de Cádiz, que contaba con 52 años de edad, se entrenaba junto a su amigo, el campeón austríaco Tony Sailer, y su esposa Gabi esquiando por las pistas de la estación de Beaver Creeks, en el norteamericano estado de Colorado. También se encontraba con ellos Ken Read, el encargado de seguridad de los campeonatos que iban a celebrarse esos días en ese enclave de las Montañas Rocosas.
     
    Eran las cuatro menos cinco de la tarde cuando, tras descender el austriaco, el duque de Cádiz, que medía algo más de 1,80 metros, se encontró con un cable situado a una altura de 1’65 metros, justo a la altura de su garganta y que actuó como fatal guillotina para el ex marido de Carmen Martínez Bordiú. De nada sirvió la advertencia que el esquiador hizo a Alfonso unos segundos antes de su fallecimiento. “Alfonso, cuidado que están trabajando”. Pero el cable que estaba en el suelo cuando Sailer y Read pasaron se alzó cuando el duque, que iba unos metros por detrás, llegó al punto en el que se encontraba.
     
    Dice el informe que fue Daniel Conway, un empleado de la estación, del que tras el incidente no volvió a saberse nada, quien sujetaba el cable que sostenía la pancarta de la meta para las carreras y que sesgó la vida del primo del Rey Juan Carlos. El español Paco Ochoa, gran amigo del duque y que también había acudido a Beaver Creeks para los campeonatos, recordaba años más tarde, tal y como recoge José María Zavala en su libro El Borbón Non Grato, la muerte del duque sobre la pista.
     
    Esa obra se hace eco también, a través del testimonio de Mirta Miller, quien fuera pareja del duque, la premonitoria frase que el propio Alfonso dijo unos meses antes de morir: “Si viviera en el siglo XVIII ya estaría guillotinado”. Casualidades de la vida o no, al final fue la muerte que esperaba al padre de Luis Alfonso, un caso en el que aún quedan muchos indicios.
     
    Destaca Zavala en su libro que en la investigación preliminar del caso se incluyeron fotografías que más tarde, por causas desconocidas, fueron destruidas. Esas instantáneas fueron recogidas en un impreso que llegó a sus manos años después del suceso y en el que se leía la palabra ‘Homicidio’. Más tarde, las conclusiones sobre el fallecimiento del duque apuntaban a un accidente, a pesar de que en un primer momento incluso las emisoras de radio locales calificaban lo sucedido de atentado.
     
    La cuestión, que se solventó con un acuerdo con la familia, mediante unos abogados contratados por Carmen Martínez Bordiú, por el que la aseguradora de los campeonatos pagó 600.000 euros destinados a Luis Alfonso, para que el hijo del duque pudiera acceder la los mejores centros de formación tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos. Pero la investigación exhaustiva de las causas es para el autor de otras obras como La maldición de los Borbones, un punto pendiente en la historia.  
     
     
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