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Broadway es una calle de Madrid

Madrid, durante una oscura tarde de noviembre. La Gran Vía madrileña bulle como en los viejos tiempos, aquellos del  Pasapoga, del estreno de Lo que el

Madrid, durante una oscura tarde de noviembre. La Gran Vía madrileña bulle como en los viejos tiempos, aquellos del  Pasapoga, del estreno de Lo que el viento se llevó y de las grandes estrellas del viejo Hollywood. Dentro del teatro Lope de Vega de Madrid se produce una reunión muy especial propiciada por Vanitatis. Los protagonistas de las mejores obras que se representan en Madrid se reúnen por primera vez para una sesión fotográfica. Algunos de ellos ni siquiera se conocen. Otros se abrazan porque se han cruzado interpretando algún musical que otro. Todos son testigos de un fenómeno que ha convertido a la cententaria Gran Vía madrileña y alguna otra calle de la capital en el foco de todas las miradas de aquellos que viven sus sueños dentro de un teatro.

El Lope de Vega ha sido testigo del éxito de uno de esos sueños, salidos de las cabezas pensantes de los creativos de Disney allá por 1994, El Rey León. Ese año nació la famosa película que nos contó la historia del pequeño Simba. En 1997 se convertía en un musical que, a fecha de abril de 2012, es el más taquillero con 5.530 representaciones en Broadway. En España lleva más de un año representándose. Scar y Nala son dos de los grandes protagonistas que esta tarde se maquillan para esta foto tan especial. Detrás de espesas capas de 'chapa y pintura' se esconden Sergi Albert y Daniela Pobega. Él catalán, ella brasileña. Los dos enamorados de El Rey León.

"Había visto 'El Rey León' seis veces entre Nueva York, Hamburgo y Londres. Mi sueño era participar en el musical de cualquier cosa, aunque fuese en el coro. Al final, el universo siempre te da más de lo que pides", asegura Daniela mientras le pintan unos enormes ojos que realzan aún más la bonhomía que desprende. La pequeña tienda de los horrores o Flashdance son algunas de sus credenciales a la hora de llegar a este musical.

Los de Sergi tampoco se quedan atrás. Él, que pensaba que siendo rubio y teniendo los ojos claros no tendría cabida en un musical que suele recurrir a actores negros, acabó interpretando al villano de la historia. Es más que consciente de lo mucho que gusta al público su personaje, aunque sea para abuchearle:  "Cuando acaba la función se ponen a abuchear a Scar. A mí me encanta porque es una señal de que han estado disfrutando y entendiendo la obra ", asegura mientras declara sentirse feliz de participar en una fotografía junto a compañeros de profesión.

Sonrisas y lágrimas, "un auténtico lujo, personal y profesionalmente" para él. Ella, la baronesa que le disputaba el amor de von Trapp a la monja María en la misma obra. El espectáculo en cuestión es un milagro en forma de musical que Rodgers y Hammerstein crearon hace más de medio siglo basándose en las peripecias de la familia von Trapp. Los dos están encantados. Saben que están dentro de un espectáculo que lleva a sus espaldas 52 años de historia, y que 45 millones de espectadores han sentido su esperanzador mensaje a lo largo y ancho del planeta. 

Y esperanza es lo que se lee en las brillantes miradas de Benito y Saizar. Ella, que también ejerce de monja en la función, está "encantada porque una vez a la semana me pongo de guapa rubia. Y cuando voy de monja puedo comer todo lo que quiera con ese hábito que llevo". Amparo es divertida, asegura que le ilusiona esta fotografía porque las gentes del teatro son unas "petardas y les encantan estas cosas" . No solo es una fábrica de crear risas;  también se intuye en ella el sentimiento de los grandes artistas cuando dice que este es uno de los "musicales que la gente recuerda con amor".

Carlos Benito es algo más sobrio, como si se le hubiese pegado algo de ese capitán von Trapp que manejaba a sus hijos como a un ejército. "El capitán lucha por sus ideales y a lo largo de la función va saliendo de su oscuridad personal porque descubre el amor verdadero, lo que le supone una auténtica transformación", asegura. Benito está orgulloso de ser parte de este hito y, tras su barba, se adivina la juventud de alguien que todavía tiene mucho que dar más allá de un personaje que le ha supuesto un "salto abismal" en su carrera.

Mientras todos se preparan concienzudamente y esperan que los focos estén listos para la sesión, los más rápidos en hacerlo son Jaime Zataraín y Diego París, Juan y Manitas en Más de cien mentiras, esa obra basada en las canciones de un simpático canalla como Joaquín Sabina. Ninguno de los dos estaba muy familiarizado con las canciones de este poeta urbano hasta que llegaron al musical: "Mi relación con la música de Sabina era bastante nula al principio. No era muy fan pero me propusieron cubrir los dos protagonistas y así fue como empecé a escucharle", asegura Jaime, que no había hecho un protagonista en su vida y que cumple de sobra en una obra que ideó David Serrano y que ha llenado el teatro Rialto de las princesas urbanas y los antihéroes cínicos de la obra de Sabina.

Ni la subida del IVA puede con ellos

Acaba el maquillaje, el proceso de vestuario y el reconocimiento mutuo. Tras los saludos y las reflexiones sobre el teatro, llega el momento de hacerse la esperada fotografia de conjunto, a la que se sumarán el resto realizadas para este reportaje. Verlos juntos, caracterizados, es como ver a los protagonistas de una gran mentira que hace que los espectadores seamos un poco más felices. Ellos saben muy bien lo positivo que es participar en esta maravillosa farsa. Y cuando llega el momento de hacer la fotografía central del reportaje no hay una sola pestaña fuera de lugar. Parece como si todos lo hubiesen hecho desde la cuna.

Aún tienen tiempo para comentar la polémica subida del IVA, la que ha hecho que este gran sueño que es el teatro corra peligro de muerte. "La emoción de poder casi acariciar a los actores con la mirada no es comparable a nada", dice Diego Paris, que piensa que ni la crisis ni nada van a impedir que muchas personas sigan llenando los teatros. Carlos Benito reconoce que las medidas de bajada de sueldo les afectan "un poco a todos", pero no hay más que verles juntos para saber que, con o sin medidas que les han pongan al borde del precipicio, siguen firmes a la hora de proporcionar un derecho fundamental al espectador: el de soñar. Y los espectadores que pagamos por verles no encontramos ese derecho 'más allá del arco iris' como diría Judy Garland, sino a la vuelta de la esquina, allá donde se cruzan los caminos, en ese resplandeciente Madrid que, gracias a ellos y a pesar de los nubarrones que planean sobre el teatro, brilla más que nunca.

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