Uno de los principales factores es el cambio de rutinas. El cuerpo se acostumbra a unos horarios regulares de sueño, comidas y visitas al baño, y cualquier alteración puede ralentizar el tránsito intestinal. Cuando viajamos, solemos acostarnos y levantarnos a horas diferentes, comer en momentos poco habituales y consumir alimentos distintos a los de nuestra dieta habitual.
La postura es muy importante a la hora de ir al baño. (Pexels / Miriam Alonso)
La alimentación también juega un papel clave. Durante las vacaciones o desplazamientos, es frecuente aumentar el consumo de comidas procesadas, con menos fibra y más grasas, así como disminuir la ingesta de frutas, verduras y agua. Esta combinación reduce el volumen de las heces y dificulta su evacuación. Otro factor es la deshidratación. Viajar, sobre todo en avión, provoca una pérdida de líquidos más rápida debido a la baja humedad ambiental y a que, a menudo, bebemos menos agua para evitar interrupciones. La falta de hidratación endurece las heces y complica el paso por el intestino.
También interviene el componente psicológico. Cambiar de entorno, dormir en camas distintas o sentir cierto estrés por la planificación del viaje puede activar el sistema nervioso simpático, que tiende a frenar la actividad intestinal. A esto se suma que, en lugares nuevos, algunas personas retrasan voluntariamente ir al baño por incomodidad o falta de intimidad.
Para prevenir el estreñimiento en los viajes, los expertos recomiendan mantener una buena hidratación, priorizar alimentos ricos en fibra, aprovechar cualquier momento para moverse y respetar, en la medida de lo posible, los horarios habituales de evacuación. Con estos hábitos, el tránsito intestinal puede mantenerse más estable, incluso lejos de casa.