En un mundo que a menudo celebra lo fuerte, lo visible y lo imponente, hay quienes sienten con una intensidad inusual: perciben los matices del ambiente, se conmueven con facilidad y necesitan retirarse para recargar energías. La psicología identifica a estas personas como Personas Altamente Sensibles (PAS), un rasgo de personalidad que va más allá de ser emotivo o empático. Ser extremadamente sensible implica una forma particular de procesar el mundo.
La alta sensibilidad no se considera una enfermedad ni un defecto emocional. Más bien, es una cualidad innata, ligada al temperamento, que se manifiesta en un sistema nervioso más receptivo. En estudios recientes se estima que entre un 15 y 20 % de la población podría identificarse con este rasgo. Los especialistas coinciden en que para que alguien sea considerado una PAS, suele manifestar cuatro dimensiones esenciales. Una de ellas es el procesamiento profundo de la información, es decir, estas personas no actúan impulsivamente. Reflexionan mucho, dan vueltas a sus ideas, sienten la necesidad de analizar las situaciones antes de decidir cómo actuar; también poseen una reactividad emocional y empatía intensa, traducida a que las emociones, buenas o malas, se sienten de forma más aguda. La alegría es más luminosa, el dolor, más doloroso. Y suelen resonar profundamente con el estado emocional de los demás; por otro lado, la sensibilidad sensorial debido a que estímulos que otros ni notan pueden generarles incomodidad o saturación. Del mismo modo, reconocen texturas suaves, matices de color, sonidos o fragancias que otros pasan por alto, y, por último, tienen tendencia a la sobreestimulación o saturación. Ante entornos cargados (multitud, ruido, estímulos continuos), pueden sentirse abrumadas, fatigadas o necesitadas de retirarse para “recargarse”.
Este tipo de personas suelen sentir cosas que los demás no pueden. (Pexels)
Ser PAS implica una mezcla de luces y sombras: sensibilidad emocional, sí, pero también vulnerabilidad a la fatiga mental si no se cuida el propio límite. Entre los desafíos a los que se enfrentan, se encuentra la dificultad para establecer límites, cansancio emocional cuando se enfrentan a críticas, conflictos o entornos cargados, así como la tendencia a absorber las emociones de otros. Sin embargo, tienen una gran capacidad para captar detalles y sutilezas que otros no ven, una empatía genuina, mucha creatividad y sensibilidad y una gran profundidad interior.
Una persona extremadamente sensible puede desarrollarse plenamente si aprende a cuidarse con intención. Algunas recomendaciones que psicólogos y especialistas suelen ofrecer es reconocer el rasgo como una parte legítima de su identidad; diseñar momentos de desconexión para poder recuperarse; practicar rutinas de autocuidado emocional y físico, fijar límites claros, es decir, aprender a decir que no y por último, buscar ambientes y relaciones compatibles, con personas que respeten su sensibilidad en lugar de verla como debilidad. Aceptar esta particularidad puede convertirse en una fuente poderosa de conexión, creatividad y autenticidad.
En un mundo que a menudo celebra lo fuerte, lo visible y lo imponente, hay quienes sienten con una intensidad inusual: perciben los matices del ambiente, se conmueven con facilidad y necesitan retirarse para recargar energías. La psicología identifica a estas personas como Personas Altamente Sensibles (PAS), un rasgo de personalidad que va más allá de ser emotivo o empático. Ser extremadamente sensible implica una forma particular de procesar el mundo.