El momento suele llegar sin previo aviso. El pie empieza a “bailar” dentro de la zapatilla, la suela aparece visiblemente desgastada, la espuma ya no amortigua como antes o incluso surge un pequeño agujero que confirma lo inevitable: toca cambiar de zapatillas. Para muchos corredores, estirar la vida del calzado es una práctica habitual, pero los expertos advierten de que esta decisión puede tener consecuencias directas sobre la salud.
La doctora Marta Molina, médica y traumatóloga del Hospital Vithas Valencia Consuelo, lo explica con claridad: cuando una zapatilla de running ha superado su vida útil, deja de cumplir su función protectora y puede aumentar el riesgo de lesiones. “Las zapatillas de running se deben cambiar cuando lleguen a los 700 kilómetros aproximadamente. A partir de ese punto, empiezan a perder parte de sus propiedades de amortiguación, sujeción y estabilidad, lo que puede derivar en molestias o lesiones”, señala la especialista.
Salir a correr de forma regular es perfecto para mantener a raya el colesterol LDL. (iStock)
Aunque muchos corredores solo deciden renovar su calzado cuando el deterioro es evidente, el problema comienza antes. La pérdida progresiva de amortiguación y estabilidad influye directamente en la biomecánica de la pisada, afectando no solo a los pies, sino también a tobillos, rodillas e incluso a la cadera. Según Molina, este desgaste puede derivar en sobrecargas musculares y aumentar la probabilidad de sufrir lesiones.
Debemos tener cuidado con las horas que elegimos para correr. (Pexels)
Existen indicios claros que alertan de que ha llegado el momento de cambiar de zapatillas, aunque aparentemente sigan “aguantando”. Entre ellos destacan la sensación de menor comodidad al correr, la pérdida de capacidad para absorber impactos o la falta de flexibilidad en los movimientos. “No hay que esperar a que aparezca el dolor o que se vayan desprendiendo por el camino para cambiar de zapatillas. La prevención es clave”, insiste la traumatóloga. Escuchar al cuerpo y revisar periódicamente el estado del calzado puede marcar la diferencia entre disfrutar del running o encadenar molestias y lesiones.
En el mercado actual existen opciones que destacan por su calidad y prestaciones. Modelos como las Nike Pegasus Premium, con un diseño que se adapta al perfil natural del pie; las Brooks Glycerin 22, reconocidas por su comodidad, suavidad y transición de pisada estable; o las Salomon Aero Glide 3 GRVL, pensadas para superficies mixtas gracias a su pisada suave y su gran agarre, se sitúan entre las más valoradas por corredores y especialistas.
El momento suele llegar sin previo aviso. El pie empieza a “bailar” dentro de la zapatilla, la suela aparece visiblemente desgastada, la espuma ya no amortigua como antes o incluso surge un pequeño agujero que confirma lo inevitable: toca cambiar de zapatillas. Para muchos corredores, estirar la vida del calzado es una práctica habitual, pero los expertos advierten de que esta decisión puede tener consecuencias directas sobre la salud.